Crítica 120 BPM—el cuerpo como símbolo de militancia social

Con 120 BPM Robin Campillo se consolida como uno de los realizadores más potentes e interesantes de cine LGBT de nuestro tiempo. Su visión logra poner en escena dinámicas disparejas de poder, voces elocuentes de denuncia al mismo tiempo que una poética visual imposible de ignorar.

Muchas historias han representado el VIH SIDA en la pantalla grande: clásicos como Philadelphia (1993), adaptaciones como RENT (2005) o The Normal Heart (2014), y realizaciones más recientes como Test (2013) o Dallas Buyers Club (2013) han tratado el tema con distintos registros y tipos de sensibilidad, enfocándose en los años críticos de la pandemia. 120 Battements par minute (120 BPM) pareciera no ser diferente y ubicarse sin problemas en este grupo de películas: es una historia sobre SIDA y muerte en la Francia de los años noventa. Sin embargo, la película logra construir una capa de análisis adicional y dinamizar el género desde su subtexto (y con su “infecciosa” banda sonora).

El largometraje, escrito y dirigido por Robin Campillo, retrata las vidas de algunos miembros de ACT UP PARÍS, una organización no gubernamental creada a finales de los ochentas, originalmente en Estados Unidos, para luchar contra el SIDA y la estigmatización social. A esta asociación activista no le bastaba con marchar por las calles o participar de foros públicos. Para visibilizar a la enfermedad y, sobre todo, a las víctimas de la misma, ACT UP utilizaba intervenciones heterodoxas, llamadas también acciones “zap”, que bien podían involucrar performances masivos que simulaban la muerte en sitios públicos (die-ins), como la transgresión del sector privado (por ejemplo, compañías farmacéuticas) mediante el “vandalismo” con sangre falsa. La primera escena arranca con una bolsa de “sangre” estallada en la cara de un panelista en una conferencia, por si no quedó claro qué se quiso decir con “heterodoxo”.

Foto: Variety

Aunque muchas veces se tildó de polémica y violenta la manifestación del colectivo social, ACT UP proponía una forma de activismo basada en la construcción de símbolos, el repensar la comunicación y la militancia social a partir del cuerpo. Todos estos elementos son conjugados muy bien en 120 BPM, una película en la que el cuerpo es contenedor de disfrute a la vez que dolor, es un instrumento de protesta y de placer, es la sustancia en la que se materializan juventud y deterioro. La corporización del miedo, la impotencia, la alegría y la valentía, es uno de los aspectos mejor logrados del film, gracias en parte a la teatralidad y fluidez performativa de Nahuel Pérez Biscayart (Sean) y la presencia física imposible de pasar por alto de Arnaud Valois (Nathan).

Otra cualidad de la película es saber puntuar una duración extensa (dos horas y veinte minutos) con elementos visuales (y sonoros) que complementan muy bien el desarrollo de la historia. A veces clips cortos de televisión francesa que dan una idea del papel de los medios de la época, dándole al film un aire de documental, y otras veces composiciones cinematográficas de una estética cautivadora: la suspensión de partículas de polvo en una discoteca que transicionan hacia imágenes microscópicas para metaforizar la adherencia del virus en células sanas, decenas de cuerpos inmóviles tendidos sobre el asfalto en el más sepulcral de los silencios, o un Sena escarlata filmado en la madrugada, desvelándonos parte del desenlace, son ejemplos de la poética visual de 120 BPM.

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Foto: cortesía Watermark

Aunque no tiene la audacia argumentativa de su trabajo anterior, Eastern Boys (2013), con 120 BPM Robin Campillo se consolida como uno de los realizadores más potentes e interesantes de cine LGBT de nuestro tiempo. Su visión logra poner en escena dinámicas disparejas de poder, voces elocuentes de denuncia imposibles de callar al igual que dimensiones sociales aparentemente ocultas pero sin las cuales no se podría analizar de manera profunda los problemas que nos aquejan hoy como sociedad. En este sentido, y porque establece un lazo que une pasado y presente, 120 BPM no es un film más sobre SIDA, es una llave para entender que la lucha contra el VIH implica una mirada más política, así como una reflexión más crítica de cómo las comunidades científicas (y farmacéutica), políticas, de negocios y de comunicaciones nunca son neutrales vis-à-vis el VIH y siempre juegan un papel determinante en la lucha por eliminar el virus. Al menos eso me quedé pensado yo en el silencio absoluto (y quizás incómodo) con el que Campillo decidió rodar los créditos del final.

Ficha técnica

Director: Robin Campillo
País: Francia
Música: Arnaud Rebotini
Productora: France 3
Reparto: Nahuel Pérez Biscayart, Adèle Haenel, Arnaud Valois, Antoine Reinartz

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