Ver la música: Breve repaso a la videografía de Bomba Estéreo

En los últimos cinco años Colombia ha exportado más música que nunca, en una época de verdadero auge musical que parece no palidecer. Sin embargo, esta proliferación de cantantes, bandas, ritmos y subgéneros no necesariamente ha implicado un despertar del videoclip como medio artístico. Shakira, Maluma o J-Balvin reposan de manera sexy en el pedestal de los videos más vistos en YouTube, pero sus videografías suelen no ser interesantes, comprobando que no necesariamente la factura de un proyecto audiovisual está subordinada al presupuesto disponible.

Bomba Estéreo, que nada con destreza en los meandros de lo no totalmente mainstream no totalmente indie, es una banda que se la ha jugado de manera audaz y acertada por consolidar no solo un carrera musical sino además una propuesta estética. Aquí repaso algunos videos de su corpus audiovisual.

En la era Estalla

Antes de los grammys y el glamour, incluso antes de ser la Bomba Estéreo que conocemos, la banda ya curioseaba con los potenciales del lenguaje visual. Con «Ritmika» (2002), una canción que nadie conoce, Bomba Estéreo experimenta con imágenes y textos superpuestos para interrogar un relato de una realidad social. Para 2010, y ya con una canción impregnada en el imaginario colectivo de Colombia y alrededores, «Fuego» del álbum Estalla (2008) anuncia dos tropos visuales de la banda que acompañarán casi todos sus videos: el paisaje samario colombiano y el calor tórrido caribeño.

En la era Elegancia tropical

En Elegancia tropical (2013), en mi opinión el mejor álbum del dúo, es más evidente el deseo por comunicar no solo en el plano musical sino además en el visual. «Pure Love» y «El alma y el cuerpo» son ya trabajos audiovisuales profesionales, de alta calidad. En el primero hay un pulso por contar historias que quieren ser contadas, y el segundo define la imagen inequívoca de Bomba: un ser emergiendo del/sumergido en el agua.

En la era Amanecer

Amanecer (2015) es quizás el disco que consolidó la internacionalización de Bomba Estéreo. Aquí el dúo colombiano plantea dos propuestas en el plano visual: la primera es mostrar lo local al mundo: «Somos dos», por ejemplo, es una bella oda a la pareja y al Tayrona. La segunda es más política: «Soy yo», un himno contagioso sobre la importancia de ser uno mismo, se la juega por mostrar imágenes que tienen algo para decir sobre el bullying, el feminismo, las comunidades inmigrantes en Estados Unidos… Dirigido por el danés Torben Kjelstrup y hecho éxito viral gracias a la interpretación de Sarai Isaura González como máster de la flauta y el amor propio a los 11 años, «Soy yo» es un parteaguas en la carrera de Bomba. El guiño a «No Rain» de Blind Melon hacia el final del video hace de la canción un trabajo audiovisual perfecto.

En la era Ayo

En 2017 la banda va por más, lanza Ayo y sorprende con el primer sencillo, «Duele», del director Sam Mason, un video que abraza un enfoque cinematográfico para la música que la banda ya no soltará más. Este enfoque no solo significa una dirección de fotografía, producción y postproducción más robustas, sino además una sensibilidad visual inquieta: el video cuenta con una respiración surrealista, con al menos dos almodovárazos —el teléfono de disco descolgado, la extrapolación del dolor en el rojo (del tomate)— y con un leve tinte a Hitchcock en su espiral vertiginoso. La propuesta visual continúa buscando asideros distintos en «Internacionales», «Química» y «Amar así», todos sencillos del mismo disco, todas pequeñas historias/búsquedas audiovisuales.

Inciso: paradójicamente, el video más visto en YouTube de la banda, después de «Soy yo», es «To my love» (35 millones de vistas), una canción del Amanecer, que nunca fue sencillo, pero que por los caprichos de la música se viralizó en 2018 en internet y en discotecas. Allí, en la pista de baile, es donde pertenece esta canción, y no vale la pena detenerse en el video, que pareciera haber ocurrido más por asesoría comercial que por sed creativa.

De vuelta al Ayo, el siete de agosto de 2018 Bomba Estéreo estrena «Amar así», un videoclip en formato hiperpanorámico dirigido por el colombiano Iván Wild. Va de soldados que cohabitan una isla desierta del Caribe, donde parece no haber nada salvo la disciplina militar y la corporalidad de los cadetes, que viven en la repetición de sus formaciones y entrenamientos, en el tedio de la nada que es la misma siempre, en el calor exasperante de la tarde en esa parte del mundo. La primera vez que vemos el video pareciera que fuese a estallar a lo Apocalypse Now, pero no, la historia se va para otro lado, el lado queer de Bomba, en el que dos hombres se besan con miedo y ternura. La imagen es potente: hombre con hombre, blanco con negro, sargento con raso. Que el video se haya lanzado por decisión de la banda el día de la posesión de la nueva presidencia en Colombia, no es un dato menor. Bomba Estéreo quiere pronunciarse artísticamente frente a un gobierno conservador a ultranza. Es un gesto pequeño pero a la vez un acto político contestatario.

Bomba Estéreo parece sentirse más ella misma cuando integra el lenguaje sonoro con el audiovisual. Es una banda que, aunque se le complique reinventarse en una industria salvaje, sabe conjugar elementos artísticos locales, autóctonos e identitarios, sin caer en exoticismos para turistas globales; es una banda que va encontrando una posicionalidad política que no cae en panfletismos; es una banda que entra por los pies, por los oídos, por los ojos, por el corazón, de la que siempre quiero escuchar y ver más. Eso es mantener prendido el fuego.

Foto: Mike Reyes. Videos: Canal oficial de Bomba Estéreo en YouTube.

Crítica «Aniquilación»—subvertir una idea en clave Sci-Fi de terror

Una historia de ficción, nos dicen ciertas corrientes teóricas narrativas, siempre se subscribe a una de tres posibles macroestructuras: hombre contra hombre, hombre contra entorno, hombre contra sí mismo. Aniquilación (2018), escrita y dirigida por Alex Garland, a quien se elogió por su debut directoral con Ex Machina, pareciera incorporar los tres ethos: una protagonista que debe desconfiar hasta de su propio esposo, una expedición pseudo-tropical en la que aparecerán criaturas y acechanzas de este y otros mundos, y, quizás lo más interesante de la película, una reflexión sobria sobre la autodestrucción como condición sine qua non de la vida.

La película comienza mostrando un cuerpo sideral que entra en la biósfera e impacta un faro en una costa de lo que pareciera ser el sureste de Estados Unidos, pongamos Florida. Del impacto emana lo que conoceremos como el Resplandor, una gran bóveda amorfa que se expande de manera rápida como un campo magnético alienígena, como un tumor en la tierra. Lena (Natalie Portman), perturbada por la aparición enigmática y agónica de su marido Kane (Oscar Isaac), que ha regresado a casa después de una misión militar fallida en el Resplandor, decide unirse a una segunda excursión para completar lo que la primera no pudo: explorar el perímetro, recoger datos, ir hasta el núcleo de la anomalía y descubrir qué se ha instalado allí y, sobre todo, por qué nada ni nadie ha logrado salir vivo, excepto, como ya se dijo, su esposo.

annihilation2-1200x675El Resplandor, una membrana alienígena en expansión. Foto: space.ca (c)

A Lena, bióloga anteriormente enlistada en las fuerzas militares, la acompañan cuatro mujeres más: una geóloga, una física, una paramédica y una psicóloga (Tuva Novotny, Tessa Thompson, Gina Rodriguez, Jennifer Jason Leigh, respectivamente). Al traspasar la frontera, el equipo se encuentra con un paisaje tropical psicodélico y onírico, donde todo parece distorsionarse: la noción del tiempo, la estructura de los seres vivos, la materialidad de la naturaleza. A medida que la expedición avanza descubrimos que todo lo que ha sido contaminado por el Resplandor ha sido alterado en su estructura química: “el Resplandor es un prisma y todo lo refracta” en frecuencias mezcladas de código genético, haciendo que todo esté en constante estado de mutación. Found footage nos revela lo que le ha sucedido a la excursión anterior, especialmente lo que ocurrió con Kane, que es terrorífico y premonitorio para las excursionistas. Esa amenaza latente de lo desconocido recuerda tropos de terror como los consagrados en Alien (1979), la película que quizás haya reinventado el género de terror en su beta de ciencia ficción.

Pero Aniquilación difícilmente quiere ser un espécimen de género, la historia tiene otras ambiciones: Garland explora de manera subversiva la idea de naturaleza creadora —en el hombre prevalece un instinto de supervivencia— para contraponerla a la premisa de una naturaleza que es a su vez degenerativa. El trasfondo de la película construye así, a partir de una “naturaleza artificial”, un marco que circunscribe la trama en una metanarrativa sobre todo aquello que nos autodestruye: un tumor maligno, una enfermedad, la vejez, pero también las decisiones que nos hacen daño, las acciones con las que nos autoinfligimos dolor. Aquí encontramos los interrogantes y las obsesiones principales de la película: ¿De qué manera incorporamos la autodestrucción en nuestra narrativa como especie? ¿Qué tal que no sea un extraterrestre lo que nos quiera destruir; qué tal si somos autodestructivos por naturaleza? ¿Estar vivo no es acaso estar muriendo poco a poco?

annihilation-movie-image-5.pngMitosis o de la estructura de todos los seres vivos. Foto: Dallas Prospect (c)

Durante su segunda hora, Aniquilación se convierte en algo enrevesado, difícil de asir en su concepto. Especialmente en su clímax, argumento, estética y banda sonora se saturan y se distorsionan en su máxima potencia. En ese último arco narrativo imposible, el andamiaje argumental se empieza a desplomar, la tesis principal sobre la que toda la película se ha contado, se desdibuja, y en su lugar se nos entrega un final ambiguo con el que no queda más remedio que especular. No obstante, Aniquilación es una de esas películas con las que nos queda también la sensación de haber visto no solo una historia, sino un planteamiento astuto sobre las ideas que gobiernan el sentido común. Un planteamiento que quizá se presente con más hondura en la novela homónima de Jeff VanderMeer, que inspiró la película, pero que en todo caso es refrescante y estimulante bien sea en la literatura como en Netflix.

 

Ficha técnica
Año: 2018

Duración: 1h 55min
Género: Ciencia ficción, Terror, Drama
Director: Alex Garland
Guión: Alex Garland, basado en la novela Annihilation de Jeff VanderMeer
País: Reino Unido, Estados Unidos

 

 

Crítica Todos lo saben—las destrezas narrativas de Asghar Farhadi

Mitad culebrón mitad thriller, Todos lo saben es una historia angustiante a la vez que atrapante sobre lo que le pasa a una familia cuando cae en desgracia, es decir, cuando se conoce a sí misma.

“Pueblo chico, infierno grande” podría resumir el más reciente film del director iraní Asghar Farhadi, que abrió Cannes este año de la mano de la tríada astral Penélope Cruz-Javier Bardem-Ricardo Darín. Todos tres entregan actuaciones destacadas, aunque sin lugar a dudas el mérito de la película se encuentra en el ímpetu de su guión y en la ejecución directoral de Farhadi, que esta vez le apuesta a un registro mainstream en ambos reparto y trama, sin sacrificar su carácter y potencia autorales.

La historia transcurre en un pueblo de España, al que Laura (Penélope Cruz) regresa para visitar a su familia y unirseles en el festejo de bodas de una de sus hermanas (Inma Cuesta). Casi una extranjera en su propio pueblo natal, Laura, que desde hace muchos años reside en Argentina, viene al pueblo con sus con dos hijos, pero sin su marido, Alejandro (Ricardo Darín), que por temas de “trabajo” no ha podido viajar. El reencuentro familiar —el banquete de bodas— se convierte rápidamente en pesadilla cuando, vaticinado por una tempestad, la hija mayor de Laura, Irene, desaparece y la familia entra en desgracia. Desgracia que Paco (Javier Bardem), amigo de la familia y novio de juventud de Laura, no (se) podrá permitir. Quizá por lealtad a la familia, quizá porque el episodio le ha removido sentimientos profundos de su pasado, ¿quizá por algo más fuerte?

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De celebración a catástrofe familiar. Todos lo saben (2018). Foto: Imdb

Farhadi relata con mucha fluidez el drama de la desaparición, pero es durante la segunda hora de la película donde demuestra su talante como autor cuando desplaza la tensión de la trama hacia otros ejes: una dimensión espesa de intrigas cruzadas en la que se enredan zozobras y sospechas de la familia acerca de quién pudo haber planeado algo tan calculado a la vez que macabro. En este segundo acto, en el que se nos van mostrando secretos a medias, heridas del pasado aún abiertas, dolores y amarguras a medio fraguar, deudas no saldadas y cuentas pendientes, yace un planteamiento sobre la familia (y una amenaza constante de implosión) que hace que la cinta, mitad culebrón mitad thriller, ofrezca una propuesta narrativa original y atrapante. El director quiebra una verdad en el relato y le da a cada personaje un trozo de la misma (sobre la tenencia de la tierra, sobre la paternidad, sobre la pertenencia), a la vez que nos hace partícipes de un rompecabezas contrarreloj: ¿Tiene Irene sus medicamentos? ¿De dónde conseguirán los 300.000 euros que exigen de rescate? ¿O es todo un montaje cruel motivado por la venganza?

Todos lo saben es incisiva en su representación de las complejas dinámicas familiares. Viniendo de un contexto ajeno al y sin dominar el español, Farhadi captura magistralmente el drama de esta familia española, y en su representación aparece casi que con la claridad de un cristal un carácter universal de la familia en relación a la tragedia. Hacia el final de la cinta, lo que se ha tramado con destreza narrativa se resuelve en una coda que diluye súbitamente el misterio, pero que no por ello perdona al pasado, dejando a todos los personajes de vuelta en la espiral de la intriga, o peor aún, en la fatalidad de lo que se descubre y ya no se puede remediar.

Ficha técnica

Año: 2018
Duración: 132 minutos
Género: thriller, drama
País: España, Francia, Italia
Guión y dirección: Asghar Farhadi
Reparto: Penélope Cruz, Javier Bardem, Ricardo Darín, Bárbara Lennie, Jaime Lorente

Crítica 120 BPM—el cuerpo como símbolo de militancia social

Con 120 BPM Robin Campillo se consolida como uno de los realizadores más potentes e interesantes de cine LGBT de nuestro tiempo. Su visión logra poner en escena dinámicas disparejas de poder, voces elocuentes de denuncia al mismo tiempo que una poética visual imposible de ignorar.

Muchas historias han representado el VIH SIDA en la pantalla grande: clásicos como Philadelphia (1993), adaptaciones como RENT (2005) o The Normal Heart (2014), y realizaciones más recientes como Test (2013) o Dallas Buyers Club (2013) han tratado el tema con distintos registros y tipos de sensibilidad, enfocándose en los años críticos de la pandemia. 120 Battements par minute (120 BPM) pareciera no ser diferente y ubicarse sin problemas en este grupo de películas: es una historia sobre SIDA y muerte en la Francia de los años noventa. Sin embargo, la película logra construir una capa de análisis adicional y dinamizar el género desde su subtexto (y con su “infecciosa” banda sonora).

El largometraje, escrito y dirigido por Robin Campillo, retrata las vidas de algunos miembros de ACT UP PARÍS, una organización no gubernamental creada a finales de los ochentas, originalmente en Estados Unidos, para luchar contra el SIDA y la estigmatización social. A esta asociación activista no le bastaba con marchar por las calles o participar de foros públicos. Para visibilizar a la enfermedad y, sobre todo, a las víctimas de la misma, ACT UP utilizaba intervenciones heterodoxas, llamadas también acciones “zap”, que bien podían involucrar performances masivos que simulaban la muerte en sitios públicos (die-ins), como la transgresión del sector privado (por ejemplo, compañías farmacéuticas) mediante el “vandalismo” con sangre falsa. La primera escena arranca con una bolsa de “sangre” estallada en la cara de un panelista en una conferencia, por si no quedó claro qué se quiso decir con “heterodoxo”.

Foto: Variety

Aunque muchas veces se tildó de polémica y violenta la manifestación del colectivo social, ACT UP proponía una forma de activismo basada en la construcción de símbolos, el repensar la comunicación y la militancia social a partir del cuerpo. Todos estos elementos son conjugados muy bien en 120 BPM, una película en la que el cuerpo es contenedor de disfrute a la vez que dolor, es un instrumento de protesta y de placer, es la sustancia en la que se materializan juventud y deterioro. La corporización del miedo, la impotencia, la alegría y la valentía, es uno de los aspectos mejor logrados del film, gracias en parte a la teatralidad y fluidez performativa de Nahuel Pérez Biscayart (Sean) y la presencia física imposible de pasar por alto de Arnaud Valois (Nathan).

Otra cualidad de la película es saber puntuar una duración extensa (dos horas y veinte minutos) con elementos visuales (y sonoros) que complementan muy bien el desarrollo de la historia. A veces clips cortos de televisión francesa que dan una idea del papel de los medios de la época, dándole al film un aire de documental, y otras veces composiciones cinematográficas de una estética cautivadora: la suspensión de partículas de polvo en una discoteca que transicionan hacia imágenes microscópicas para metaforizar la adherencia del virus en células sanas, decenas de cuerpos inmóviles tendidos sobre el asfalto en el más sepulcral de los silencios, o un Sena escarlata filmado en la madrugada, desvelándonos parte del desenlace, son ejemplos de la poética visual de 120 BPM.

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Foto: cortesía Watermark

Aunque no tiene la audacia argumentativa de su trabajo anterior, Eastern Boys (2013), con 120 BPM Robin Campillo se consolida como uno de los realizadores más potentes e interesantes de cine LGBT de nuestro tiempo. Su visión logra poner en escena dinámicas disparejas de poder, voces elocuentes de denuncia imposibles de callar al igual que dimensiones sociales aparentemente ocultas pero sin las cuales no se podría analizar de manera profunda los problemas que nos aquejan hoy como sociedad. En este sentido, y porque establece un lazo que une pasado y presente, 120 BPM no es un film más sobre SIDA, es una llave para entender que la lucha contra el VIH implica una mirada más política, así como una reflexión más crítica de cómo las comunidades científicas (y farmacéutica), políticas, de negocios y de comunicaciones nunca son neutrales vis-à-vis el VIH y siempre juegan un papel determinante en la lucha por eliminar el virus. Al menos eso me quedé pensado yo en el silencio absoluto (y quizás incómodo) con el que Campillo decidió rodar los créditos del final.

Ficha técnica

Director: Robin Campillo
País: Francia
Música: Arnaud Rebotini
Productora: France 3
Reparto: Nahuel Pérez Biscayart, Adèle Haenel, Arnaud Valois, Antoine Reinartz

La insoportable vacuidad de Sense8

A pesar del tedio de la primera temporada, le di una segunda oportunidad a Sense8, la historia de ocho ciudadanos globales interconectados telepáticamente y destinados a vivir una experiencia extracorporal y suprahumana. Pero aunque esa premisa tenga cierto encanto, la serie original de Netflix tampoco cumple su promesa en la segunda temporada, y a pesar de las buenas intenciones, el tratamiento superficial de los temas centrales la hace incluso caer en la trampa de repetir discursos excluyentes.

Pero empecemos por algo bueno. La fotografía de Sense8 es extraordinaria. Por ejemplo, el primer episodio de la segunda temporada abre con una escena submarina de proporciones y belleza cinematográficas (bonus además por la elección musical que acompaña esta escena). También cuidadas con mucho esmero son las escenas de acción, coreografías que comprueban la destreza maestra de las Wachowski en el género. Y más allá del impacto visual del que Sense8 dispone, la serie no es tímida en abordar temáticas aún tabú en la televisión, logrando instalar una sensibilidad genuina y empática frente a las personas transgénero, por ejemplo, en parte gracias al excelente trabajo actoral de Jamie Clayton (Nomi). Otro ejemplo punzante es el que se intentó desarrollar con la historia de Capheus (interpretado por Toby Onwumere en la segunda temporada), un conductor de bus llamado a ser representante político de un partido progresista en Kenya, donde, por cierto, la orientación sexual sigue siendo un tema espinoso y un foco de estigmatización.

Sense8 le hace frente a estos temas de la agenda política mundial con tacto y sin miedo, pero entonces ¿por qué se accidenta tan estrepitosamente contra ella misma?

Trivializar la comunidad LGBTI

Yo sé que a todos nos gustó el homoerotismo de Sense8. Sin embargo, debo decir que no me parece que Sense8 sea el aliado LGBTI que cree ser. Lo que yo encontré en muchos episodios fue un exacerbado abuso de clichés relacionados a la homosexualidad y a la cultura que de esta subyace. Lito (Miguel Ángel Silvestre), un actor gay que sufre y disfruta la asunción de su propia sexualidad, desaprovecha todas las oportunidades que derivan de este conflicto y nos presenta una paleta de actitudes y roles que es predecible a la vez que desesperante, y que en ocasiones raya en lo paródico. El episodio en el que Marc Jacobs hace un cameo me causó escozor: ¿Todavía queremos mostrar la diversidad del mundo LGBTI limitada a un grupo eufórico de gente semidesnuda?

A mí me parece que ser aliado de una comunidad es estar a la altura de la misma y ser capaz de ofrecer una propuesta creativa que desafíe los estereotipos normalmente asociados a ella. Pero Sense8 no logra esto ni de lejos. Al menos no con Lito, que es una representación reiterativa y mal dibujada de ese conjunto de estereotipos solapados de hombre gay definido por su encanto corporal griego. La serie nos invita a ser valientes al mismo tiempo que perpetúa una imagen desacertada y dañina de la cultura gay, si se me permite utilizar ese término en esos términos. Netflix es mucho mejor que eso. O por lo menos así lo quiero creer yo cuando veo largometrajes como Oriented o Loev, o inclusive series como Please Like Me, todos productos distribuidos por Netflix, y en mi opinión apuestas mucho más constructivas frente al tema de identidad sexual.

Simplificar la multiculturalidad

Es cierto que en el gran esquema de Sense8 hay un marco discursivo que quiere proyectar la inclusión y la empatía como ejes esenciales de la experiencia humana. Pero al momento de traducir esa gran premisa en las historias entrelazadas de los personajes, las buenas intenciones se diluyen rápido por la trivialidad sistemática con la que se tratan temas como la diversidad.

El enfoque simplista de la serie muestra la multiculturalidad como una selección (monolingüe) de especímenes bellos atraídos hasta el punto de sincronizar una orgía, como la del capítulo 6 de la temporada 1. Los matices, las complementariedades, las tensiones, las idiosincrasias, las contraposiciones, e incluso las contradicciones que posibilitan, complejizan y enriquecen la diversidad cultural las habrá de tratar otra serie, porque Sense8 preferió pasar de largo con el artificio comercial de hiper-sexualizarlo todo.

Sense8 quiere transgredir narrativas sci-fi pero no elabora una mitología medianamente interesante. Quiere desarrollar personajes complejos pero, salvo a Nomi, a ninguno le alcanza mínimamente para proponer personalidades intrincadas. Quiere abarcar muchos temas de nuestro tiempo, pero no plantea preguntas profundas. Quiere afiliarse a muchas causas—la de la sexualidad liberada, la de la armonía multirracial, la de la diferencia valorada—pero es tan superflua en todo su abordaje que se atropella ella misma con todas las banderas que quiere cargar, y es tan insustancial en la historia que cuenta, que si uno quitase la sensualidad física de los ocho homo sensoriums, quedaría un vacío por el que se escurre cualquier intento de trama. Una televisión vacía. La nada misma.

¿A vos qué tal te pareció Sense8? ¿Estás en desacuerdo con lo que pienso? Escribí tus comentarios y contame qué tal te pareció la serie.