Hoy oí

7 de junio, en un país lejos de Colombia

«El acento [colombiano] me encanta» me dijo la camarera mientras yo pagaba la cuenta de lo que había comido. Para contrariarla, yo le dije de la manera más cortés que en Colombia había muchos acentos. Y después me supo mal ese desplante innecesario. No porque hubiera sido maleducado con ella, sino porque en el fondo yo sé que ambas cosas son ciertas: el acento colombiano es muchos, es plural; y, afuera es posible reconocer que alguien viene de Colombia cuando habla, aun cuando se provenga de regiones distintas del país. En todo caso, ella me dio un halago y yo, por no oír bien lo que me había dicho, por oír mal y rápido, le devolví una contrariedad. Ella fue generosa, yo reaccionario.

*

En una conferencia internacional, por ejemplo, uno se puede entretener adivinando —a veces con acierto y a veces errando— las nacionalidades de los panelistas mientras se les escucha hablar. En este caso, en el que quiero contar, era obvio. La panelista había titulado su presentación con algo que incluía la palabra Bogotá, pero aun si la hubiera titulado diferente, yo sabía de qué parte del mundo hablaba mientras hablaba, mientras la oía hablar. Ella trabajaba en un alto nivel del sector público que no voy a mencionar, y su presentación era además muy interesante y articulada, sobre cuidados y comunidades sostenibles, sobre coordinación de sectores e infraestructuras a favor de la igualdad en la capital. Los asistentes la escuchábamos con atención, asintiendo y tomando notas de vez en cuando.

Un par de días después la vi afuera de otro auditorio, esta vez ambos esperábamos entrar como parte de la audiencia. Me acerqué para saludarla, me pareció lo más lógico que si dos colombianos se encuentran fuera de Colombia, que por lo menos se saluden, se digan de que ciudad vienen, se congratulen por las presentaciones, si es que fueron buenas, como en su caso lo había sido. Mientras caminaba hacia ella me di cuenta que no estaba sola. Otra mujer la acompañaba, las dos estaban hablando y mientras yo me acercaba a ella(s) sin poder inteligir lo que conversaban, dudé sobre el tipo de relación que había entre las dos ¿profesional o sentimental? Y si estaban discutiendo sobre algo del trabajo, de la conferencia, del país donde estábamos, o algo más, algo personal, porque había en la manera en la que se comunicaban una tensión extralingüística, o a mí me lo pareció.

Mi saludo fue efusivo y quizá con muchas palabras. La colombiana me contestó cordialmente. Pero donde yo esperaba que la conversación despegara hubo un silencio carrasposo, un estábamos-más cómodas-antes-de-que-tú-llegaras. Reparé en la otra mujer, que era muy guapa, y que no había dicho nada, no había contestado mi saludo. (¿Era también colombiana?). Pensé que si la miraba sería ella la que diría algo, incluso un comentario sobre el clima o la ciudad, un lugar común de deferencia, small talk. Me di cuenta que se fijaba en mí con una mirada extraña, y en esa mirada se fue decantando un gesto que me descolocó y que me hizo confirmar que sí, que era colombiana: la gesticulación nefasta del ninguneo, del engreimiento segregante. Yo remendé esa incomodidad torpemente y dije que tenía que irme ⁠—lo cual era falso porque todos seguíamos esperando que abrieran el mismo auditorio para entrar a la misma charla⁠—. Así que simplemente me despedí y antes de irme vi que la mujer, sin articular nunca ninguna palabra, sin dejar de mirarme, hizo un gesto más. El rictus en posición de burla. 

Me hice a un lado, me senté en el borde de un muro bajo, hice carrizo y moví aceleradamente el pie que quedaba colgando. Esperé que abrieran el auditorio. Qué demora, pensaba. Qué hija de puta esta vieja, pensaba. Qué malestar reconocer a un colombiano, a una colombiana, por un gesto displicente. Qué país clasista, menos mal ya no vivo allá, pensaba. Y en mis pensamientos, que pasaban como carros a toda velocidad, había furia y tristeza. Alguien abre el auditorio. Nunca más las volví a ver.

*

La conferencia se terminó al cabo de tres días y yo tuve tiempo libre para descubrir la ciudad, en la que nunca había estado. Caminé y multipliqué las cuadras y el domingo encontré una librería, un pequeño oasis. Me senté a tomar un café. A mi lado estaban sentados tres amigos, dos chicos y una chica, a lo Y tú mamá también, pensé, porque no lograba captar la naturaleza de los vínculos entre ellos, entre uno de los manes y la mujer, entre la mujer con respecto a los dos hombres, entre los dos hombres mismos. Pero no había tensión entre ellos, solo un misterioso fluir chispeante.

Los oigo hablar mientras espero mi café, los oigo hablar para densificar mis teorías sobre el tipo de relación que hay entre los tres ⁠—⁠soy entrometido y novelero, qué le vamos a hacer⁠—, los oigo hablar y el sonido de sus voces me envuelve, es sobre todo ella quien habla, quien le da contornos a la conversación, su voz, su musicalidad, su ritmo, esos destellos de identidad. Los oigo hablar y me doy cuenta que, también, son colombianos, extranjeros en este país lejano. Y es después de que descubro de dónde vienen que oigo decirle a ella «la historia de Colombia es una historia triste», y comienzo a sentirme más y más atraído, y estoy a punto de decir algo, de insertarme en esa conversación, de la que estoy lejos porque ocurre en otra mesa, pero lo suficientemente cerca para no necesitar gritar para que se me oiga. Me contengo, y sigo oyendo, no profiero y prefiero oír: «el Magdalena fue el río que organizó el país».

Los oigo hablar sobre ríos, sobre historias, sobre internet, sobre teorías, sobre escribir, sobre sus sueños, y también sobre sus pesadillas, sobre becas y aspiraciones a estudios en otros países, sobre explorar, investigar, leer, conocer el mundo, sobre lo chévere que sería que a uno le pagaran por leer y escribir. Oigo su deseo. Oigo su sed. Y en ellos me parece oírme también a mí mismo, mi voz colombiana que oigo solo en mi mente, que no se atreve a emitir ningún sonido. Los escucho con el magnetismo invertido de cuerpos que se atraen y se repelen. Me ven y los veo mirarme. ¿Un instante relampagueante de reconocimiento? Ellos no paran de hablar, y yo no pronuncio ni una palabra. Yo oigo.

*

En Colombia empezamos las frases diciendo Oye —y en donde voseamos oíme— para romper el silencio, y a veces las terminamos diciendo ¿Oyó? para enfatizarlas, para subrayar lo que acabamos de decir: Oye, te quiero decir algo…; lo quiero mucho ¿oyó? Y en ocasiones retorcemos todavía más ese verbo y empleamos el pretérito oíste para llamar la atención sobre algo, como si  lo que vamos a decir ya se hubiera dicho y por lo tanto oído. Y me pregunto si en esas muletillas del lenguaje oral no hay una gran petición profunda por oírnos, por que nuestra voces sean fuertes y claras y por que haya alguien que nos oiga, que nos quiera oír. (Y aquí habría que retar esa falsa creencia de que escuchar es oír con atención y que oír es algo solo superficial o no sé qué tontería). Oír como el acto que completa la voz, como lo que en verdad, al percibirla, crea la realidad. Oír las voces, sus ritmos, sus pausas, sus musicalidades, sus entonaciones y sus declives, sus timbres, sus muletillas, sus deseos y su sed. Oír como antídoto de los gestos clasistas, oír —y ser conciente de ser oyente, de ese derecho y de esa responsabilidad— como gesto anti-clasista.

A los tres chicos que hay a mi lado, yo les oigo hablar y eso me gusta. Oírles me hace bien. Y luego se van. Se van sus voces. Y en el silencio que queda yo trato de acordarme de las voces de mis amigos, de la gente que quiero, las voces que hace mucho tiempo no escucho y quisiera oír otra vez, las voces que ya no escucharé más. Sus voces removieron en mí otras voces. Sonidos, ecos y murmullos como un río ascendente de voces, el torrente de la oralidad. Como el río que me traspasa y me organiza. Lo fundante es la voz, lo organizativo es el oído.

*

En el aeropuerto antes de irme de esa ciudad lejana, vuelvo a pensar en las dos mujeres de la conferencia, en los chicos de la mesa del lado en el café, en Colombia dispersa y diáspora. Se me viene a la mente un recuerdo más, el último sobre el que escribiré hoy, y uno que no ocurrió durante la conferencia, sino en otro lugar, en otro momento. En una calle de una ciudad triste, un hombre gritaba en un megáfono, lamentaba las muertes de compatriotas en las marchas del 2021. «¡Ellos viven en nuestras voces!», dijo después de pronunciar los nombres y apellidos de los muertos. Yo estaba ahí y creo que eso es lo más enigmáticamente poético y políticamente poderoso que oí decir a un colombiano en mucho tiempo.

El día que me regalaron una camiseta con tres latas de sopa Campbell

Si todo el mundo no es bello, entonces nadie lo es.

Cuando era joven decía, sin saber qué significaba realmente, que quería ser diseñador gráfico. Y entonces, sin tomármelo todavía muy en serio, una de mis primeras experiencias de acercamiento a ese «mundo» fue en un computador: descargué una fotografía mía, la edité en un programa (¿Photoshop?), la solaricé y luego, casi instintivamente la copié, la pegué sobre el lienzo digital, primero tres veces, y luego las dupliqué y las agrupé en dos líneas. Y luego, a cada una de las caras y a sus fondos cuadriculados, le asigné un color brillante. Y luego lo publiqué en lo que por esos días llamábamos Facebook, la hice mi foto de perfil. El recuerdo es embarazosamente warholiano y absolutamente criollo. Pero por más que lo intento, no recuerdo la primera vez que vi una pintura o una fotografía —ciertamente no un film— de Andy Warhol. O bueno, una reproducción, sea más preciso decir, en medio digital o telemático.

Pero mi fascinación hacia su trabajo debió haber transpirado en los detalles de mis años de juventud porque, en un cumpleaños, alguien que yo quise mucho me regaló una camiseta blanca que tenía estampadas en el pecho tres latas de sopa Campbell. Ese es otro recuerdo temprano y conciente que tengo de explícitamente acercarme a Warhol, al arte pop, y también uno de los primeros recuerdos en los que supe sin dudarlo que alguien me conocía, que me quería también. Recordar querer y ser querido.

[Suena Nature Boy en la voz de Nat King Col]

Lo primero que sorprende en Los diarios de Andy Warhol, la miniserie de Netflix dirigida por Andrew Rossi, es la conjugación formal y lo obsesivo del metraje. La voz generada por inteligencia artificial de Andy Warhol—finalmente el Andy robot que siempre se quiso fabricar—, la luz dulce y el torrente de imágenes de décadas pasadas, imágenes-época, son una especie de ensoñación y experiencia subconsciente.

Pero también sorprende, y es refrescante, ver el documental y no sentir que la máquina de la espectacularización celebraba otra vez el impacto cualitativo en el mundo del arte —lo que sea que eso sea— del genio del siglo pasado. Escuchar leer líneas de sus diarios que son incómodas, contradictorias, injustas, racistas, por él mismo (su avatar fonohologramático) o por otros, no necesariamente presenta a Andy Warhol en una nueva luz (los diarios se publicaron a finales de los ochentas) o en una nueva sombra, pero asegura que lo que estamos viendo (y oyendo) quiere correr del centro al artista y poner en su lugar al ser humano. (Aunque como se sabe, este desdoblamiento es casi imposible y especialmente en el caso de Andy Warhol.)

Y ese es un logro del documental: que del capítulo uno al seis se susciten por Warhol una multiplicidad de sentimientos, asombro y desdén, admiración y curiosidad, desconcierto y conmiseración. Cuando terminé de ver uno de los capítulos me sentí triste y no supe muy bien por qué. Y quise ver el capítulo siguiente, hilar esa tristeza que sentía a algo con la ilusión insospechada de encontrar respuestas en la narración del documental.

Y entonces descubrí que me sentí triste porque la historia allí contada era la historia del dolor.

El dolor físico de un cuerpo suturado y prematuramente decrépito, y el dolor de lo que señalamos como diferente, lo «inusual», lo «raro», lo «feo», lo freak, en palabras mismas de Andy, o como lo escribe mejor Olivia Laing: el dolor y la soledad de la diferencia, de lo indeseado, de lo inadmitido socialmente. Pero sabemos que Andy Warhol era un socialite, que siempre estaba rodeado de su entourage de élite, que su figura genera(ba) un apetito insaciable de medios de comunicación masivos, que los suyos fueron muchos más que quince minutos de fama. Pero qué doloroso fue saber que Andy Warhol se enamoró de alguien y que con esta persona estableció una relación asimétrica de reciprocidades extrañas. Qué doloroso que esa persona se apresurara a asegurar a sus amigos que no tenía sexo con Warhol, que lo suyo era otra cosa. Qué doloroso fue saber lo que ocurrió con ese cuerpo. Qué doloroso escuchar que Warhol sospechara que el hombre que él amaba lo quiso matar tirándolo de una moto-esquí… ¿Cuánta fortaleza (o lo que sea aquí contrario al dolor) se tiene que tener para escribir eso y seguir amando a esa persona? Una de las últimas líneas de los diarios dedicadas a él: 

Conoces a alguien, vive en tu casa, y después, de repente, ya no te conoce más

Copyright © The Andy Warhol Foundation for the Visual Arts, Inc.

Y descubrí que esa historia de dolor personal y privado era también una historia de sufrimiento público y colectivo. Del sufrimiento que nos dejan las personas que se marchan, que nos olvidan, de las personas que en la década de los ochentas murieron y vieron morir a causa de una pandemia letal. Del sufrimiento sútil y subterráneo que conlleva aún hoy ver imágenes de hombres jóvenes con sarcoma kaposi en el último hilo de sus vidas moribundas, condenadas, incomprendidas. Hombres a los que daba miedo rozar con la mano. Hombres con los que Warhol se pudo haber identificado en muchos sentidos. Hombres que Warhol amó e idealizó de tantas maneras.

Andy Warhol, el artista que no fue activista, que nos «quedó debiendo tanto» en lo que se podría entender como una deuda moral frente a la comunidad LGBTQ, de repente también nos recuerda otra forma de tocar, de entrar en contacto, de amar: amar al ídolo de lejos, amar con la mirada, amar con el lenguaje (con todos los lenguajes de los que se tenga un comando) y amar sin cuerpo, por imposición al mismo tiempo que por elección. Pensar que, a pesar del dolor, a Warhol le hubieran salido colores y formas estridentes de lo bello en su obra, que esa obra exprese tan solventemente el deseo queer, y que sea el testimonio de una historia de exclusión e inclusión, puede que nos ayude a verlo (y a los demás) de una manera nueva. Ciertamente a mí me ayudó a pensar en el chico que me regaló la camiseta, con quien ya no tengo ningún tipo de relación, de otra manera. Por último, después de ver el documental descubrí que en piezas de su obra (la de Andy) hay vestigios tenues de una herida, y que esa herida es propia y colectiva, es de muchos a la vez que mía, es la misma en todos a la vez que ninguna otra en nadie más, es una herida reciente al mismo tiempo que antigua. Y este borramiento de la herida original, de la originalidad, es lo que Andy Warhol también tiene para decirnos sobre lo que nos acecha y nos conecta como seres sensibles, como espectadores humanos.

Pasaje

Canciones dobladas

Cuando vemos cine sabemos casi con certeza que una película es foránea. Con los libros traducidos podemos sospecharlo. Pero ¿sabemos cuál es la proveniencia de la música que escuchamos?

Hace poco vi por primera vez 5×2 de François Ozon, una película linda de 2004 sobre la que no voy escribir. La menciono porque verla fue el disparador de una reflexión que tuve sobre la relación entre música e idioma, sobre originalidad y copia, que es de lo que se trata esta breve nota. Antes de terminar el primer tercio del film, hay una escena en particular que me conmovió, es decir, que no me dejó indiferente: los protagonistas (Valeria Bruni Tedeschi y Stéphane Freiss), ambos muy guapos, ofrecen una cena a dos personajes secundarios, también muy guapos, y todo en el ambiente es sexy y tensado y en un punto pareciera enturbiarse. En el fondo suena Sparring Partner de Paolo Conte. Y esa canción me desconcentró porque yo estaba seguro de haberla escuchado antes. Me suena, pensé. ¡Pero de dónde! Y a medida que la escena avanzaba yo reafirmaba mi sospecha y al mismo tiempo me crecía un desasosiego por no saber ubicarla exactamente en mi memoria, en mi registro de canciones. 

Esa sensación disparada por la música de la película me remontó a una noche de poca fortuna, hace un tiempo ya, en la que descubrí que una canción en español que a mí me gustaba mucho era en realidad una adaptación de una canción italiana. Yo soy hijo de la era de los covers —¿una palabra que parece no tener equivalente en español?— y tenía una noción, relativamente enterada, de que algunas canciones habían sido adaptadas al castellano, y en este idioma fue como las conocí primero, como las aprendí y como las canté. Después crecí y más de una vez me burlé de las traducciones que, habiendo sido éxitos en inglés, eran, en mi opinión, un desastre vergonzoso en español. Pero lo que quiero contar aquí es que esa noche ese descubrimiento me llevó a otro mayor: darme cuenta que muchas —muchas— canciones en español, que yo sabía y que amaba, eran en realidad copias en mi lengua de canciones originalmente escritas y cantadas en italiano. El sentimiento esa noche fue de desengaño, de desilusión; ese conocimiento me hizo daño, como si las palabras me hubiesen falseado, porque algunas de esas tantas canciones yo las cantaba con cierto alarde. Yo pensaba que el sueño erótico de Maldita primavera había ocurrido en español en la mente de su compositor, que las palabras, palabras, palabras que había entre Silvana Di Lorenzo y su amante eran palabras en español, en fin, que esas letras de amor y desamor eran parte de nuestro acervo cultural hispanoamericano.

Y lo son. Que no se me malinterprete. Pero sentía un poco de amargura, de despecho, al saber que esas canciones eran copias. En el fondo de ese sentimiento turbio había una frustración, una ruptura, una inmersión en una duda: si lo que yo conocía era el remedo de otra cosa, ¿entonces qué era lo que me gustaba realmente? Me quedé pensando intensamente en el poder de la interpretación, en la relación entre música y lengua, entre lengua y sentimientos, no ya para tratar de distinguirlos sino para darme cuenta de una vez por todas que esos tres lenguajes —música, lengua y sentimientos— son una y la misma cosa moviéndose en distintos planos de la expresión humana.

Fue esa suerte de «inocencia perdida» la que me hizo también desde entonces un fan del italopop. O quizás ya lo era sin siquiera saberlo. Italia no tiene nada que envidiarle a Estados Unidos o Reino Unido en cuanto a producción musical. Y que en América Latina y España cantemos con tanto fervor canciones prestadas —muchas veces sin que sepamos de dónde vienen— es la invasión subrepticia más bella de todos los proyectos expansionistas del siglo xx. Quedan aquí algunas de las canciones referidas:

Parole parole (Palabras palabras)

Alle porte del sole (A las puertas del cielo)

Un gatto nel blu (Un gato en la oscuridad)

Ma tu chi sei (La chica de humo)

Non voglio mica la luna (Yo no te pido la luna)

Sarà perché ti amo (Será porque te amo)

Gloria (Gloria)

Aspettami ogni será (Por qué me abandonaste)

Maledetta primavera (Maldita primavera)

Tornerò (Volveré)

Con il nastro rosa (La cinta rosa)

En un gesto snob, claro que sí, quise abandonar las versiones que yo conocía y amaba y escuchar aquellas que eran originales, las verdaderas, las fuentes. Pero eso también fue un autoengaño: porque lo que yo sentía cuando escuchaba a Ricchi e Poveri en italiano no era lo mismo que sentía cuando los escuchaba en español. La misma canción, las mismas melodías, los mismos arreglos (¿las mismas voces?) Otras palabras. Otros efectos. Y esto último hizo que no fuese capaz de abandonar la copia, que me decidiera por ella, y que me diera cuenta que las canciones son artefactos de la memoria más remota. Que la música hubiera copiado a la música ya era suficientemente pasmoso; que la copia superara a la original era inconcebible.

Tratando de explicarme a mí mismo por qué prefería la copia, me di cuenta que la música está en las notas, en el ritmo y en la melodía, pero sobre todo está en nosotros, como el idioma que hablamos. Es aquello que nuestra experiencia de vida construye e interioriza. (Y es curioso que en italiano oír sea sentire, así que en ese idioma maravilloso uno siente las canciones). La música está presente en el cuerpo humano, no solo porque entra a través de los oídos, sino porque hay algo en nosotros, en nuestra configuración corporal, temporal, psíquica, emocional, que se activa cuando escuchamos una canción, su armonía y su tonalidad. Cuando la sentimos. O dicho mejor y como lo leí hace unos años: «Lo más que [la música] puede hacer en las personas es confirmar situaciones que ya existen».

Descubrir que la música es también una industria dominada por los mercados y sus estratagemas será siempre una herida en mí del sistema. Pero también un aprendizaje: en los dobleces de las versiones, las canciones no se anulan, ni se suceden, ni compiten entre ellas. Se superponen. Capas de voces y de reversionamientos hacen más tupido y potente el tapiz de la música, enriquecen la experiencia de escuchar algo que nos conmueve, algo que está cerca, pero que también viene de muy lejos, de lugares insospechados. Preguntarse por el origen es necio, ahondar en sus efectos, en los sentimientos que se despiertan, es el misterio más bonito. Javiera Mena, que por cierto hizo en 2006 un cover de Yo no te pido la luna de Daniela Romo (1984), que a su vez re-versionó Non voglio mica la luna de Fiordalisio (1984), lo explica mejor:

Me acuerdo de ti

Con las canciones de la radio

Tantas canciones buenas.

*CRIES IN SPANISH*

Shakira en imágenes o del eterno retorno a 1998

Hace poco hice algo que se hace cada vez menos por estos días. Me senté una noche entera a ver videoclips. Simulando estar viendo Mtv y confiando más en mi instinto para elegir que en las recomendaciones algorítmicas de YouTube, pasé no sé cuánto tiempo viéndolos uno tras otro hasta que llegué a uno en particular: Nada (2018) de Shakira. El video me ratificó dos cosas: que el videoclip es un género audiovisual en decadencia y que la videografía de Shakira es espantosa. Y escojo la palabra “espantosa” con mucho cuidado y aquí voy a intentar argumentar por qué hay distintos niveles de espanto en su producción. Y no, no tiene nada que ver con que Shakira le haya vendido su alma al diablo.

Algo lindo (y quizás peligroso) de YouTube es que nos permite pasar al siguiente video si el que vemos no nos gusta y ver el que nos gusta tantas veces como queramos. Yo estaba a punto de pasar al siguiente video, pero un fotograma me atrapó: hacia el segundo catorce Shakira hace un gesto que metaforiza una ausencia: abre una nevera vacía. Esos pocos segundos del video fueron suficientes para darme cuenta que la misma escena ya la había visto en otro video de Shakira, solo que veinte años atrás. Y me preguntaba: ¿qué quiere hacer Shakira reproduciendo exactamente la misma imagen?

Tú (1998); Nada (2018)

Para responder mi pregunta, tuve que ver toda su videografía. Para mi sorpresa constaté que Shakira se repite. Mucho y en diferentes formas. Y en cada repetición hay algo nuevo y a la vez algo que pareciera querer volver al pasado, a una imagen originaria. Una de estas imágenes, por ejemplo, es la del agua. En escenografía, simulada o digitalizada, sumergida en las profundidades del Mediterráneo o del mar Caribe, Shakira tiene un aspecto fantasmático, y también es eso lo que quiero decir cuando digo que en en sus videos hay algo de espanto, el espíritu de las cosas pasadas de Dickens.

No creo (1999); Suerte (2001); Trap (2018)

Tus rutinas de piel y tus ganas de huir

Otro de los tropos visuales más frecuentes es la huida. A veces de la policía, como en Ciega sordomuda (1998) y a veces de maquillistas y peluqueros, como en Que me quedes tú (2002). A veces huidas semicómicas, como en Empire (2014), y a veces poéticas, como en No (2007). Muchas veces la pulsión de escapar no es tan explícita: Shakira no corre, pero parece atrapada: entre muros que la encierran, detrás de mallas metálicas o adentro de una jaula dorada, donde se lame las garras. Y solo una vez ha sido prisión su propio cuerpo, que quiere liberarse de las opresiones domésticas para, simplemente, comerse el barrio antes de irse a dormir.

Se quiere, se mata (1997); Loba (2009)

Mucho se podría decir del tratamiento del cuerpo en la videografía de Shakira. Es obvio que de él ha hecho un instrumento y una mercancía. Es cierto que es un cuerpo exhibido y sobresexualizado, muchas veces para ser visto por hombres, como queda registrado en muchos videos, pero también es un cuerpo solitario, salvaje, danzante, entrenado. A veces sucio, a veces totemizado. Un cuerpo expuesto y al mismo tiempo cubierto, semidesnudo a la vez que revestido (de velos, de brea, de un barniz dorado).

La tortura (2005); Perro fiel (2017)

Como una estatua de sal en un mausoleo de cristal

Shakira no nos dejará un gran legado iconográfico que estudiar. A lo mucho, valoraremos cada vez más algunos pocos videos suyos que miraremos con emoción, cariño y curiosidad semiológica. El resto es mucha croma malaprovechada, abuso de fórmulas comerciales y excesivo cameo de deportistas (de distintas ligas y disciplinas). Sin embargo, hay (al menos) dos elementos visuales que resaltan cuando se mira toda su producción audiovisual en retrospectiva. No podré escribir mucho sobre ellos, pero considérense rescatados aquí por un aficionado profeso. El primero es el pelo. O debo decir la peluca. Porque Shakira usa muchas y porque en ella el pelo es una máscara. Y la máscara es un leitmotif en su videografía. Con una melena rosada o con su propio pelo tinturado, Shakira crea personajes enmascarados, postizos, artificiales. En Ciega, sordomuda (1998), casi como una imagen que profetiza (el fantasma del futuro), la escena del camuflaje en la vitrina condensa todo el potencial estético de la máscara: Shakira rubia, ficticia, performática.

Pies descalzos, sueños blancos (1997); Hips Don’t Lie (2007)

El segundo elemento es el espejo, y un gusto por mirarse y multiplicarse. Si la peluca en Shakira es la mascarada, el espejo es el segundo grado de artificialidad. Una imagen de Shakira que nos hace creer que la Shakira “real” es la del reflejo y no la de carne y hueso.

Un poco de amor (1997); Chantaje (2017); Te dejo Madrid (2002); Las de la intuición (2007)

Pero también los espejos le sirven para mirar hacia atrás. Son retrovisores. Yo tengo la impresión de que en los videos de Shakira hay una mirada que contempla el pasado con añoranza, un eterno retorno a un lugar al que ya no se puede volver, una Shakira que ve una Shakira que ya no existe. La máscara que ya no se puede remover jamás. Viéndola verse en un espejo, en la pantalla también me parece ver algo de mí, quizás mi propio lugar mitológico, del que nunca estoy muy seguro cuándo dejé o si estuve allí, pero por el que siento un deseo imposible de volver. Y suena esa canción que dice que hoy es un día de aquellos en que miro hacia el cielo, tratando de descifrar el que estés. Y esa canción me gusta.

Dramática: apuntes de un novelero

Cuando me recomendaron La casa de las flores (2018) de Manolo Caro ya había escuchado algunos comentarios positivos sobre la producción de Netflix. Cuando me dijeron que era una parodia a la telenovela latinoamericana, me alerté y fruncí el ceño porque como género textual y popular, la telenovela me infunde respeto y fascinación. Decidí ver el primer capítulo, que me atrapó únicamente por la banda sonora y por los guiños a Amanda, Yuri y Gloria, debidamente honradas en la serie. Ahora, de alguna manera que no puedo explicar de manera racional, marqué en mi calendario el 23 de abril con el estreno de la tercera temporada.

Digo que no puedo explicarlo porque no la encuentro especial. No la veo por su propuesta narrativa, que cae rápidamente en lo inverosímil y lo truculento, y a la que le sobran subtramas, personajes. Tampoco es pionera de nada ni transgresora como algunos dicen. Baste ver que el personaje trans principal lo interpreta un actor cis, y que los personajes trans secundarios siguen siendo seres del gueto y la oscuridad, del cabaret. A su manera, y con destinos más o menos aventurados, reivindicadores y airosos, Los pecados de Inés de Hinojosa (1988), Xica da Silva (1996), Cartas de amor (1997) y Mirada de mujer (1997) ya habían puesto en escena representaciones arriesgadas —pero legítimas, necesarias— de la familia, marcado convenciones sociales e intrépidamente introducido preguntas sobre género, sexualidad, identidad, sobre aquello que sale (dolorosamente) de la norma… 

Pero tratemos de definir lo que sí es La casa de las flores. Sí es una comedia negra, gracias sustancialmente al trabajo notorio de Cecilia Suárez. Sí, al exagerar las convenciones de un género es válido decir que es una parodia. Es una artefacto pop, es decir, juguetón, masivo, banal. Tiene algo que quisieran muchas de las comedias de Netflix o las comedias en general y es el poder penetrar en la cultura popular e insertar personajes en ella (ol-vi-dé-can-ce-lar-el-ma-ria-chi) y la posibilidad de revisitar arquetipos culturales: la villana-amada, el galán y sus identidades. Es generalmente en este plano, el del “arte pop-ular”, que es posible la normalización de otros valores, o al menos discontinuar formas de representación inaportantes y dañinas. Y en este sentido la serie no se ha equivocado (ni tampoco asumido un rol pedagógico que no le corresponde).

unnamed

Lo que yo encuentro llamativo, lo que me ha hecho escribir estos apuntes, es que hemos menospreciado la telenovela como género. No la hemos expandido ni actualizado ni problematizado. No le hemos hecho preguntas ni la hemos reimaginado. Directamente la parodiamos. Hemos equiparado lo melodramático a lo espectacular, a lo cursi, al mal gusto. Hemos sustraído o sustituido de ello lo –dramático (las representaciones posibles de las vidas de sus protagonistas) por lo cómico. Hemos ignorado en ella lo social en favor de lo pintoresco. Y en ello hemos hecho del género un género bastardo. Hemos confinado la telenovela al aislamiento de lo irrisorio y lo banal, la hemos vaciado de su contenido a expensas de espectacularizarla como producto de entretenimiento burgués.

Me molesta que, para referirse a la serie, los medios digan, presenten como un descubrimiento, que existe un mercado telenovelero. (Lo que ya sabíamos hace décadas). Esta aseveración superflua no indaga por qué la serie y el género tienen un índice alto de pregnancia en audiencias jóvenes, lo que aporta evidencia de la intergeneracionalidad de la telenovela, y en países de habla no hispana, como Italia o Polonia, por poner dos ejemplos aleatorios pero interesantes. Si vamos a usar el vocabulario rancio del marketing, recordemos que las novelas de antaño encontraban sus audiencias en segmentos de la población de nivel socioeconómico medio-bajo. Producciones posteriores y ciertamente La casa de la flores parecieran encontrar sus espectadores en otras capas de la sociedad, aquellas que en todo caso tengan Netflix. (El lector debe saber que un poco más de la mitad de la población en México tiene acceso a Internet de alta velocidad).

¿Cuál es la naturaleza de la telenovela y dónde empieza a transgredir las convenciones de las realidades que representa?

Algo parecido hemos hecho con la música romántica en español, que nos parece kitsch y grasa, y que hemos, de manera machista, asociado a espacios domésticos feminizados. Manolo Caro nos recuerda que ambos géneros comparten un universo de signos y significaciones, y que estos condicen el sentido de una realidad que no terminamos de percibir. Una disgresión poco original: ¿No son muchas canciones románticas una suerte de telenovela sintetizada y contenida en algunos minutos? Un apunte que es una postulación: la telenovela (y su pariente mayor, la música romántica) tiene algunas llaves para entender mejor lo “normal”, para nombrarlo, pero sobre todo, para entrever sus anversos. Sus símbolos nos dan pistas para observar y desafiar lo dominante, lo hegemónico, pero también para afirmar lo otro. Si lo queer es un posicionamiento frente a la realidad (y no un atributo identitario), entonces ¿no se juegan la telenovela y la música romántica en el campo de las iconografías de lo normativo, pero también de lo posible?  

Por último, La casa de las flores pareciera recordarnos que son posibles y prolíferas las cocreaciones hispanoamericanas. ¿Por qué tiene que ser un gigante anglo el que venga a recordárnoslo?

194d43b3a2edf285507dd231501aa5eb

 

Breve biografía bibliográfica

No te he dado ni rostro, ni lugar alguno que sea propiamente tuyo, ni tampoco ningún don que te sea particular, ¡oh Adán!, con el fin de que tu rostro, tu lugar y tus dones seas tú quien los desee, los conquiste y de ese modo los poseas por ti mismo.

Pico della Mirandola

Oratio de hominis dignitate

Prólogo de Opus Nigrum

  

 

El día que anunciaron el confinamiento por Covid-19 yo cumplía treinta y dos años. La orden preventiva de resguardarse me encontraba a 800 kilómetros de casa. Lo meditamos y ponderamos opciones. Interrumpimos a nuestro pesar el viaje, la celebración, el fin de semana. Nos metimos en el carro y nos devolvimos con los ánimos contrariados, pero anhelando volver a casa. No hablamos en el camino, apenas palabras dichas a medias. Las siete horas de viaje las llené con música. No tanto para llenar el silencio del carro, sino para acallar unas voces abismales que me recordaban que el mundo afuera era vulnerable e incierto, que estaba cambiando, mostrándonos algo. Además de la música, tenía un libro en mis manos. Desde hace unos años tengo la costumbre de llevar libros conmigo. Lo apretaba. 

IMG_20200314_185003_590.jpg

13 de marzo de 2020. Primer día de confinamiento.

Mi primer contacto con Opus Nigrum fue en la universidad, a mis veinte años. Era parte del currículum de Introducción a la literatura francesa, una materia que, a pesar de la gravedad y el respeto que inspirara su maestra, Blanca Nora, yo no me tomaba muy en serio. Para mí esa no fue una buena época. Yo lidiaba con otros temas: la enfermedad en la familia, mi sexualidad extraña y un tardío reconocimiento de mi lugar socioeconómico en la sociedad, el despertar de una cierta conciencia de clase. La novela histórica y la literatura moderna francesa no me convocaban. Por desinterés pero también por escasez de otros medios, fui práctico y frugal. Presté el libro de la biblioteca. Me aseguré que fuera la versión en español, lo que contradecía todo el propósito del curso, y fotocopié solo la segunda parte (que se titula La vida inmóvil). Leí las fotocopias y escribí el reporte en el mejor francés que pude, confiando más en el diccionario Larousse que en mis propias ideas. He olvidado lo que escribí, cada palabra, y si pensaba si eso que había escrito era bueno o no. Lo que no olvido —y este es quizás el único registro que tengo de la clase— es a Blanca Nora decir, en el momento en el que me devolvía el trabajo evaluado: “Su ensayo no es el mejor, pero hay algo en él muy suyo”. 

 

Doce años pasaron y jamás volví a enterarme de Marguerite Yourcenar. Hasta que un día la volví a ver en una lavandería. Ese tórrido julio yo estaba en Barcelona por un curso de verano. Caminé por Sants, donde me hospedaba, buscando dónde lavar mi ropa. No tuve que caminar mucho hasta encontrar una lavandería autoservicio, ese lugar raro que me sigue pareciendo a la vez encantador e incómodo. (Los colombianos podremos compartir (y carecer de) muchas cosas, pero ¿una máquina lavadora?). Como tantas sorpresas me llevé en esa ciudad, en la entrada había un estante enclenque con libros. Mientras mi ropa giraba en espiral, me detuve a ojearlos. Uno en particular sobresalía porque no tenía título en su tapa, que era de empastadura textil gris, quizás tarlatana, con esa calidad de las cosas bellas pasadas. Lo abrí y en la segunda página leí: Marguerite Yourcenar. Memorias de Adriano. Recordé a Blanca Nora. Me recordé a mí mismo a los veinte años.

 

Empecé a hojear el libro. Tenía además algo que me fascina: marcas. Resaltados, subrayados, garabatos trazados con mucha fuerza y poco pulso en algunas de sus páginas. Lo que Abad Faciolince llama “una pequeña biografía” de ese lector o de esa lectora. Esta edición se había publicado en 1989 —veintiún años después de su publicación original en francés, L’Œuvre au noir— como parte de una serie llamada “Narradores del Mundo” del Círculo de Lectores. Fue además traducido del francés al español por Julio Cortázar. Era un espécimen no despreciable ¿cómo podría haber llegado a esa lavandería de Sants? Tomé esa interrogación con tufillo de indignación como una autorización, como si viera, sin haber leído una sola página, un valor que emanaba del libro y que yo debía salvaguardar. Lo cerré y me lo llevé conmigo. Ropa limpia y un buen clásico. (Habitantes de Sants: espero regresar algún día y reparar el robo, dejar otro buen libro en retorno).

tumblr_mcyel5aZFn1ra0i34o1_500

Retrato de Antinoo. Período adrianeo tardío (130-138 d.C.)

Mi curso se terminó como se terminó el verano. Me fui de Barcelona y Memorias de Adriano tuvo un lugar especial, imperial, en mi biblioteca en casa. Tampoco lo leí entonces. Esta vez ya no por desinterés sino porque siempre había algo entre el libro y yo: compromisos, deadlines, otros libros, la vida, qué sé yo. O quizás porque tendría que esperar un poco más hasta que la voz de Yourcenar me encontrara a mí.

 

Algunos meses después de ese verano, dos semanas antes de cumplir treinta y dos años, estaba en la casa de un amigo. Habíamos quedado para cenar. Por las operaciones lúdicas y sorprendentes de la conversación, y porque mi amigo es un conversador entrenado, llegamos a hablar de Brujas, la ciudad belga, y de la Escuela Flamenca, también de Brueghel, el Bosco, y de un libro que él había leído y que me recomendaba ampliamente para entender mejor ese otro fresco renacentista: Opus Nigrum. Lo sacó de su propia biblioteca y me lo prestó. Este va a ser el libro que lea para mi cumpleaños, le dije.

 

Lo empaqué en mi bolsa de viaje, para tenerlo a mano y leerlo en los ratos libres, pero la vida me tenía otros planes y llegamos al punto de anclaje de esta breve biografía. Justo después de empezarlo a leer tuve que aislarme en casa porque un virus se propagaba aceleradamente por los cinco continentes. Para combatir la incertidumbre, me propuse para el encierro leer a Yourcenar en las horas de tedio. Opus Nigrum y Memorias de Adriano. Los dos. Leerlos era de alguna manera un proyecto y un mandato. Si la espera es larga, que sea literaria.

20200401_214818.jpg

Libro prestado. Yourcenar, M. (2003). Opus Nigrum. Madrid: Suma de Letras.

Fue así como pasé muchas horas cautivado por la sensibilidad epistemológica de Zenón. Ese personaje hecho de referencias y guiños a Paracelso, a Campanella, a Leonardo. Pero también construido a punta de pulso y poesía. Opus Nigrum es, entre muchas otras cosas, un libro sobre el momento bisagra entre dos episodios históricos: el crepúsculo oscurantista de la Edad Media y la conciencia incipiente de una era en la que la humanidad renacía. Yourcenar lo explica mejor: “sigue aún discutiéndose si esta expresión [Opus Nigrum] se aplicaba a experiencias audaces sobre la materia o si se entendía como un símbolo de las pruebas del espíritu que se libera de rutinas y prejuicios”. Yo mismo me preguntaba si el libro no era en sí, por antonomasia, un símbolo del cambio en mi vida, en el mundo, que se viralizaba, se transmutaba al tiempo que yo pasaba las páginas. Solo hasta ahora (y no doce años atrás), leerlo tenía (ese) sentido. 

 

Al pasarlas, de los pliegues entre páginas de Memorias de Adriano caían pequeños granos sobre el escritorio. Cuando los quise inspeccionar me di cuenta que eran arena. Tenía algo de los arrecifes de Barcelona en casa. Sobre los subrayados de esos otros lectores anteriores a mí, hice lo propio y marqué los míos. Mi propia breve biografía anotada en los márgenes de ese clásico colosal. Aunque sea cliché, qué le vamos a hacer, en el aislamiento, ambos libros (como tantos otros) me permitieron escapar a otras patrias, deslizarme por mundos vertiginosos aun viviendo la vida inmóvil. Pero sobre todo, me dieron algo todavía mucho más importante que el distanciamiento social: un acercamiento a mí mismo.

Untitled-1

Marcas. Pequeñas biografías bibliográficas.

Las tribulaciones de mis veinte años, las palabras de Blanca Nora, los amores y tristezas interinos, Barcelona y sus vapores y voluptuosidades, la experiencia vital, y ahora incluso la angustia de un mundo pandémico. Todo me ayudó a comprender apenas un poco más, un poco mejor, por qué tuve que esperar tanto para leer, de verdad, a Yourcenar. Para escuchar su voz brotar desde la eternidad. “La vida me aclaró los libros”.

 

Vamos a casa. El día termina con un resplandor sedante que yo miro desde la ventanilla del carro. Cierro los ojos y desde adentro de mis párpados siento la tibieza de una lágrima. Aprieto el libro. Es mi amuleto.

 

La vorágine vuelve

“Ligarse a la patria es vincularse al universo y a la vida”

– José Eustasio Rivera

Hoy leí que en Colombia marcharon más de doscientas mil personas para protestar contra el gobierno. Vi en una foto de la noticia una pancarta que decía: “Nos quitaron hasta el miedo”. Por el álgebra del azar, ese mismo día pasé por una librería y vi en los apilados de segunda una edición de La vorágine de José Eustasio Rivera. Colombia cifrada en palabras. Compré el libro por 1,50 euros —menos de lo que cuesta un café—, más por el orgullo de no verlo languidecer en una librería extranjera que por ganas de leerlo. Pero luego, cuando estoy de regreso en mi casa, decido abrirlo, solo para ojearlo (me digo), para complacerme en el olor del papel viejo, pero en el prólogo leo esta cita de Rafael Maya y entonces todo cambia:

Defendamos la obra de Rivera porque constituye una preciosa parte de nuestro patrimonio moral, y porque ella sola contiene más elementos de soberanía nacional que la ficción misma del Estado.

Esta frase, que me parece rotunda en su vigencia, me llama poderosamente a leer el libro —tiene que ser este, ahora, y no otro, siento—, así que paso la página para comenzar la lectura en serio, sin saber que la siguiente frase, la primera del texto, me afectará aún más y me obligará a cerrar el libro por un instante —Colombia de lejos; Colombia tan lejos— y luego abrirlo de nuevo para ya no cerrarlo más: 

Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia.

Estas son las palabras que escoge Rivera para comenzar su relato, un libro que empezó a escribir veintiséis años antes que estallara el periodo de La Violencia en el país, y que publicó ochenta y dos años antes de que se firmaran los Acuerdos de Paz. En casi un siglo de vida de la obra, se habrá teorizado abastanza sobre el clásico colombiano, ya lo sé. Y sé también que mucho más se dirá en unos años, cuando en 2024 cumpla su centenario de publicación. Pero no me adelanto tanto y solo me pregunto qué encontraré en el libro en este momento de vorágine y vértigo por el que atraviesa Colombia.

Es ese plano de lectura —el único en el que puedo pensar ahora, el de actualidad sociopolítica— sobre el que voy a leer La vorágine como un libro de denuncia y enunciación. Lo primero es menos difícil de explicar: al estilo de las crónicas de Indias, Rivera relata con estupor las atrocidades cometidas contra los pueblos indígenas y campesinos en zonas limítrofes de una Colombia que apenas comenzaba a delinearse geográficamente en el cambio de siglo. A través de la voz de Arturo Cova, el autor condena la destrucción por parte de las caucherías y del extractivismo desaforado, la fiebre del “oro blanco”, que dejaron daños irreparables en Vichada, Inírida, Vaupés y Guaviare (y tantos otros lugares más), y lamenta, casi haciéndolas suyas, las marcas de la desolación en pueblos, mujeres, familias y otros ecosistemas:

El árbol, castrado antiguamente por los gomeros, era un siringo enorme, cuya corteza quedó llena de cicatrices, gruesas, protuberantes, tumefactas… (p.158)

Así, el libro es una fábula —adelantada a su tiempo— del libre comercio irregulado, aquel en el que prevalece el rédito productivista por encima de la dignidad humana; un relato de advertencia de lo que puede pasar cuando los gobernantes solo son meros empresarios, o peor aún, cuando son cómplices de los para-Estados, de los que dirá: “Funes es un sistema, un estado de alma, es la sed de oro, es la envidia sórdida. Muchos son Funes, aunque lleve uno solo el nombre fatídico” (p.232) porque “en Colombia pasan cosillas reveladoras de algo muy grave, de subterránea complicidad” (p.169). 

20191126_160253

Pero lo que más me sorprende de leer La vorágine ahora es encontrar un acto de enunciación. Lo que se cuenta —y denuncia— será igual de importante como el lugar desde el que se escribe, desde donde se enuncia. Nunca relatado desde la perspectiva de un extranjero (como en El río de Wade Davis o incluso en El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad), La vorágine es el lamento de un colombiano —en una época en la que era aún mucho más difícil saber qué quiere decir ser colombiano—, que al constatar que “a esta pobre patria no la conocen sus propios hijos, ni siquiera sus geógrafos” (p.245), enuncia una identidad colectiva compartida, a la que pertenece, y a la que descubre en la danza, en el dolor, en el fuego, y a la que ya jamás podrá ser indiferente: 

Tendido de codos sobre el arenal, aurirrojo por las luminarias, miraba yo la singular fiesta, complacido de que mis compañeros giraran ebrios en la danza. Así olvidarían sus pesadumbres y le sonreirían a la vida otra vez siquiera. Mas, a poco, advertí que gritaban como la tribu, y que su lamento acusaba la misma pena recóndita, cual si a todos les devorara el alma un solo dolor. Su queja tenía la desesperación de las razas vencidas, y era semejante a mi sollozo, ese sollozo de mis aflicciones que suele repercutir en mi corazón aunque lo disimulen los labios. (p.112)

Y más adelante, contemplando el silencio de la selva, me parece que se refería a los colombianos y no a los árboles cuando dice:

[Q]uejábanse de la mano que los hería, del hacha que los derribaba, siempre condenados a retoñar, a florecer, a gemir, a perpetuar, sin fecundarse, su especie formidable, incomprendida. (p.114)

Lo que no es una conjetura mía, es lo que leo en la página 144, algo que Rivera pensó de nosotros antes de que pasara todo esto que nos está pasando: “dicen que [los colombianos] somos insurrectos y volvedores”. En páginas como esta, tengo que detenerme a pensar, otra vez, en Colombia, en lo que significa ser colombiano. Esto es en realidad lo que Rivera se propone: hacernos pensar en el país como problema, como causa, como identidad, como patrimonio, como valor, porque, en sus propias palabras: “ligarse a la patria es vincularse al universo y a la vida”. 

Casi sin darme cuenta llego a las últimas páginas del libro, al término o al comienzo, no queda claro, del viaje homérico de Cova, al clímax en el que el protagonista dejará de huir de los peligros que lo acechan, y en un acto de valentía mirará a los ojos su destino, lo enfrentará y, “cual sordo zumbido de ramajes en la tormenta”, presentirá que la vorágine lo encontrará y lo devorará. Esa vorágine, su verdad, su fuerza, su furia, su herida, su misterio, su potencia de creación, vendrá también por mí; vendrá, temprano o tarde, por ti. No le tengamos miedo nunca más.

 

 Edición de referencia

Rivera, J.E. (1997). La vorágine. Bogotá: Presidencia de la República.

Murió Camilo Sesto

Murió Camilo Sesto. Lo sé por redes sociales. Lo leo en titulares de prensa. Pero solo me doy cuenta que murió Camilo Sesto cuando hablo con mi mamá por teléfono. Vivimos hace ya muchos años en ciudades lejanas. Me llama para saludar, para preguntar si ya es invierno. Y en medio de las preguntas de rigor, me cuenta que murió el cantante de Melina. Y decir esto en voz alta la apesadumbra. Me confiesa que lloró cuando vio las noticias. La conversación cambia de tono. Me habla con nostalgia de esa generación de cantantes, de lo lindo que era Camilo Sesto, de la euforia de sus amigas cuando salía un disco suyo, y de un exnovio que le dedicó alguna vez una canción y que le prometió que sus sueños, tarde o temprano, se cumplirían. No le da vergüenza contarme que lloró sola. No busca lástima ni reconfortarse. Antes de despedirnos, yo le pregunto si tiene alguna canción preferida, y en respuesta, mi madre hace algo a lo que casi nunca se atreve: canta. Entona y tararea. Yo escucho al otro lado de la línea. Me dice que ya estuvo bueno de hablar, que seguro tengo mucho por hacer, que ella debe seguir con sus cosas. Colgamos y un hilo de aire con su voz queda flotando en mi casa. El verso se evanesce.

Vivir así es morir de amor
Y por amor tengo el alma herida
Por amor, por amor, no quiero más vida que su vida
melancolía…

Yo hago la cena o lavo la ropa, alguna tarea doméstica. Lavo los platos. Cuando termino me sirvo una copa de vino y guiado por el eco abismal de una balada que me sé de memoria pero de cuyo título no me puedo acordar, busco en YouTube “Camilo Sesto”. Escucho una, dos canciones, alguna versión en vivo. Pienso en España, pero me doy cuenta que la interpretación que veo es en algún lugar de Suramérica. Pienso en casa, en todas mis vidas pasadas. Me acuerdo de cosas que yo pensaba que ya no estaban más en mí. Urgo en la memoria algo que no sé qué es. De repente lo encuentro: una nota, un arreglo musical, no sé, un cambio mínimo en la tesitura me conmueve, resquebraja el plomo que llevo adentro, y siento ganas de llorar. No sé nombrar ese sentimiento, pero sé muy bien que no es tristeza, y tampoco me esfuerzo demasiado en buscar la palabra adecuada. Me parece que en el afán por nombrar no voy a permitirme sentir eso que siento y me voy a tropezar con un término equivocado, con la trampa lexical con la que a veces el idioma nos engaña.

Pienso que la única educación sentimental que se me ofreció —y que le fue ofrecida a mi mamá— nos fue transmitida por esa música. Me doy cuenta que ambos compartimos un imaginario emocional, un sistema sentimental. Y mi inteligencia se juega en discernir entre sensibilidad y sensiblería. Todo lo que musicalmente me gustó después de la balada romántica amplió mi espectro cultural, refinó mi estética personal, determinó mi ámbito social, expandió mi vida interior, pero solo esa canción melódica —que me sé de memoria pero de cuyo título no me puedo acordar— formó mi aparato amatorio, le dio espesor y profundidad a mis sentimientos, pero también me condenó a la desavenencia de, a veces, como esta noche cuando escucho El amor de mi vida en completa oscuridad, despeñarme por el barranco absurdo del llanto sin motivos. No ese llanto desconsolado e infantil que deforma los rasgos de la cara, ni el llanto rabioso y enceguecedor que desgarra las entrañas. Todo lo contrario. Es un llanto tranquilo, apaciguado, silencioso. Un llanto solitario sin sollozos, que me da cierto regocijo extraño, que me limpia por dentro. Para evocar a sus padres, muchos dirán que son sangre de su sangre; yo, de mi madre, diré que soy lágrima de sus lágrimas. Otros dirán que de sus padres heredaron la estatura, el estatus o el temperamento; yo tendré los sentimientos y siempre a Camilo Sesto, siempre la música.

 

Doces de marzo

Palermo coquetea dos veces

CUANDO PASA POR LA VITRINA lo detiene la fuerza magnética de una chaqueta exhibida en un maniquí sin rostro. Se la quiere comprar, pero no sabe si tendrá el dinero. Qué gastos podría recortar este mes… Llama Ana. Es para preguntar que a las ocho o a las nueve. A las ocho para que llegues a las nueve. Risas. En Honduras al 4400. Que no, que no hay problema si Diego va. Ana dice chévere, chao. Le encanta su acento de Barquisimeto, siempre lo pone de buen humor. Entra a la tienda. Decide ir al restaurante caminando, para aprovechar la brisa que empieza a correr por la ciudad, que ardió en verano y que ahora empieza a refrescarse, como una piel insolada sobre la que se aplica un paliativo hecho de aire y oxígeno. Hay fila en el restaurante, pero Rafael se encargó de toda la logística. Van a cenar fondue en un lugar nuevo de Palermo Soho. Siempre hay lugares nuevos en Palermo Soho. Rafael y Luis ya están en la mesa bebiendo vino. Nico y Agustina no tardan en llegar. Y en menos de una hora, Andrés, Carolina, Adrián, Maya y Andrés H se unen a la mesa, que Rafael había reservado ocho días atrás. Ana y Diego llegan de último. Chistes gastados sobre la noción de tiempo latinoamericana. Risas. Le gusta sentirse rodeado por sus amigos. Casi todos, como él, llegaron a Buenos Aires de otros países: Ana viene de Venezuela, Agustina de Chile, Rafael y Luis de Brasil, Andrés y Carolina de Colombia, Adrián de España. Incluso Nicolás y Maya, argentinos, tienen pasaportes italiano y croata respectivamente. Así es Buenos Aires, el tapiz plateado de destinos trashumantes. Dividen la cuenta entre once. El fulgor de la fiesta se quiere manifestar. Caminan hacia Niceto, Nico sabe de un lugar. El boliche está detrás de una puerta enorme de metal. Adentro todo está recubierto de un negro aterciopelado, de una negrura espesa y sensual. Líneas de fuga fosforescentes irrumpen en la oscuridad, amplificando las luces tornasoladas de un láser que se mueve al ritmo de la música. Los reflectores parpadean a toda velocidad, organizando el tiempo como en una secuencia de fotogramas, haciendo que los cuerpos danzantes se ralenticen, se muevan en una cadencia que no existe en la vida exterior. Las melenas se sacuden, los pies cambian rápidamente de lugar, la proximidad le da un matiz íntimo y a la vez anónimo a esa descarga que es bailar. No son las luces, sino los cuerpos transpirados lo que brilla. Alguien que está cerca lo mira. Le gusta que nadie hable, que todos bailen. Es otra forma de comunicarse. Se vuelve a encontrar con los ojos que hace un momento lo veían. Siente calor. No es el calor tórrido de enero, es la termodinámica furiosa de los cuerpos en movimiento ¿Cómo te llamás? –TEN. Cómo. MAR-TÍN ¿Y vos? Cómo. (¡¿)CÓMO(?!). Te lo escribo en el celular. Dale. Me gusta como bailás… Ana lo tira de un brazo, sacándolo de la frecuencia. Nos vamos ya. Qué pasó. Diego me cagó. Lo encontré con otra. Chamushero. Ana se va, abriéndose paso entre la multitud eufórica. Él la persigue. Salen del boliche a la frescura de la madrugada. Ana llora. Nos vamos ya. No me va a ver así. Pero, ¿y si hablan? La estábamos pasando bien… Nos vamos YA ¡Taxi! Ana está temblando. Aunque sabe que no es por el frío, él se quita la chaqueta nueva y se la ofrece, arropándole los hombros desnudos. Le dice que se calme, que le cuente bien que pasó. El llanto de Ana no para, pero ya no son lágrimas iracundas, sino una tristeza desbordada que necesita salir, por tanto amor, por tanta angustia, por tanto quilombo, por tanta ciudad. Perdón, yo no quería ser el centro de atención. No pasa nada. La abraza. Ella reposa su cabeza en su hombro y él le besa el pelo y le arregla algunos cabellos detrás de la oreja. En qué momento construyeron tanta confianza. Por fin, un taxi. Viajan en silencio. Él la mira de vez en cuando. Ella llora sin musitar palabra. Él mira por la ventana. Le clava los ojos a un texto de neón de una vitrina que se va quedando atrás del auto. Le gusta la tipografía con que está escrito. En Buenos Aires aprendió a prestarle atención a la tipografía con que se escriben las cosas. El aviso dice POWER. La W del medio parece los colmillos de un animal carnívoro. Deja a Ana en casa, bañada en llanto, puteando en venezolano. Sigue en el taxi hasta su casa y después de pagar los 100 pesos, ese despilfarro grotesco de dinero, se da cuenta que no tiene su celular. Se toca todos los bolsillos. Confirma que lo perdió. Lo primero que piensa es que no tendrá dinero para comprar otro teléfono. Lo segundo es que jamás volverá a saber de Martín. Inserta la llave en la cerradura de la puerta, pero oye un sonido. Mira hacia un lado, la calle está vacía. En realidad no fue un sonido, fue un silencio lo que escuchó, y en esta ciudad el silencio es algo imposible, algo abstracto, un recurso no renovable precioso, agotado. Quisiera tomar una foto. Buenos Aires así, tan sola, tan callada, tan bella, tan tarde, tan susceptible. Pero aun si tuviera cómo, no podría capturar lo que quiere retener de ese momento. No tiene celular, no tiene chaqueta, no tiene plata. Solo tiene las manos vacías y esa ciudad, que lo ha conquistado, en frente.

944829_484952641624217_868563670_n

Mochileros

LA NOCHE LOS ENCONTRÓ con la carpa a medio armar. Habían tardado demasiado en escoger el sitio para acampar porque ambos tuvieron ideas diferentes sobre cuál era el mejor lugar para pasar la noche. Cuando él dijo que allí, el otro le contestó que mejor buscaran la planicie. Y después de un rato, él insistió en buscar un lugar más cerca al río. Caminaron más, en silencio. No solo no decidirse por un lugar los retrasó en armar el campamento. Los distrajo además la luz anaranjada que se proyectaba sobre las cumbres del paisaje andino, que ambos miraron desde el valle con asombro y una idea compartida —sin saberlo— de no haber visto antes esa luz austral en ningún otro lugar. Alumbrados por los últimos rayos del sol, los cerros parecían enormes piedras preciosas. Y ellos vieron con admiración esas piedras perder su brillo, como si se tratase de un ritual para saludar la noche cordillerana. Una vez estuvo hecha la carpa, comieron pan, algún enlatado y yogurt en la oscuridad callada del bosque. Hablaron de glaciares y de cambio climático, de los viajes del Che y de cine latinoamericano. Se rieron de lo malos que eran ambos en “echar dedo” para pedir un aventón. Nadie les había parado en una semana. El susurro de los pinos les hizo sentir frío, y decidieron ir a dormir temprano. Al final del día, venían de caminar kilómetros con las mochilas al hombro y mañana tendrían que estar sí o sí en el siguiente destino que habían marcado en la agendita gastada en la que tenían todas sus notas de viaje. El cansancio los hizo caer en un sueño profundo, custodiado por los álamos y las fieras nocturnas de la cuenca. A la mitad del descanso, él sintió una sensación helada que lo despertó alarmado. Llovía tremendamente. El agua se había filtrado al interior de la carpa y todas sus cosas estaban ensopadas, casi flotando. Él se despertó también, recalibrando su consciencia, como quien tiene que recordar el lugar donde se encuentra. La lluvia torrencial golpeaba la carpa con tanta fuerza que parecía que la fuese a derrumbar. Abrieron los cierres y salieron a la intemperie brutal. A él le sorprendió la claridad de la madrugada. Él se sintió confundido por no saber qué hacer. A esa hora de la noche, a dónde irían, qué tan seguro era caminar a esa hora en un lugar que no conocían, a quién pedirían ayuda, pero ayuda para qué, ¿para que dejara de llover?… Se había empezado a preocupar, pero la borrasca y una imagen le removieron la zozobra. Él estaba de cara a la montaña, como en la tarde cuando vieron el atardecer, tan empapado como él, tenía los ojos cerrados y los brazos abiertos, como queriendo abrazar el agua que brotaba a borbotones del cielo. Pensó que quería recordar ese momento como el principio de una vida mochilera por el continente. Él, en cambio, pensó que inmerecida era la suerte de compartir esa lluvia sagrada que había bautizado volcanes y vivificado el monte, con él. Y aún así, era suya esa suerte.

10413348_566154610170686_7066276182163468096_n (1)

Ultimátum

SUBIÓ POR LAS ESCALERAS ínfimas de una torre del que leyó era el cuarto templo cristiano más grande del mundo. Le costó ascender por ese pasillo estrechísimo de peldaños en espiral, por el que difícilmente dos personas pasaban al mismo tiempo. Había leído además que la catedral había tomado seis siglos en ser erigida, y pensó que debía caminar con mayor consciencia de aquella información, a pesar de la estrechez, a pesar de los turistas. Arriba, en la terraza, la luz del día y la amplitud del espacio fueron recompensa a la claustrofobia por la que acababa de pagar 10 euros. El cielo no estaba del todo despejado y las nubes dibujaban sombras asimétricas sobre el tejado colosal del Duomo di Milano. Lo recorrió con asombro, cautivado por las estatuas casi flotantes de esa acrópolis de mármol. De toda esa gran ola monumental petrificada, la imagen de San Sebastián fue la que más le impresionó. Entendió lo que un autor colombiano —cuyo nombre no recordaba— quiso decir cuando escribió que incluso en su martirio, San Sebastián enseñaba algo sobre la armonía, la belleza, la entereza. Desde uno de los descansos del pináculo pudo ver hacia uno de los costados de la plaza principal, donde minúsculas siluetas humanas se movían en un flujo disparejo, como partículas disparadas hacia distintos centros de gravitación. Pensó en las vidas de esas personas que veía transitando la plaza. Cuáles de ellas estarían contentas a pesar de la nubosidad en un día de primavera, quiénes llevarían adentro la losa pesada de una tristeza guardada, quiénes estarían en el vilo crepitante de tener que tomar una decisión difícil, qué destinos estaban a punto de encontrarse, de cambiar. Sintió hambre, y le abrumó la idea de tener que caminar tanto como le fuera posible para salir del radio de la zona, para poder comer algo a un precio razonable. Lejos de la longitud de onda turista, decidió caminar más despacio, prestando atención a las fachadas granas, rosas, amarillas y pasteles que adornaban las calles adoquinadas de Brera. Un risotto allo zafferano, per favore. Milán le hacía bien. La energía de la ciudad le sumergía en una ilusión cosmopolita y le daba una emoción constante de que algo estaba a punto de suceder. Cuando el almuerzo llegó se dio cuenta que era la única persona en el lugar que estaba sola, y eso no le pareció tan terrible, aunque admitió para sí que echaba de menos su compañía. Miró el teléfono. Ningún mensaje nuevo, ninguna notificación. En Medellín era temprano, siete horas antes que Milán, como si aquí se estuviese en un futuro próximo desde el cual se pudiera ver primero las cosas, los acontecimientos. Pagó los 14 euros por la comida y una copa de vino, negándose a calcular el monto en pesos colombianos. Aunque ya hacía un mes que vivía en Italia por su trabajo, le costaba quitarse el hábito de multiplicar y poner ceros y dolorosas unidades de mil a equivalencias que no valía la pena hacer, pero que él seguía sumando y multiplicando en su cabeza. Malas mañas. La tarde se precipitaba hacia nubarrones de agua. De repente la gente aceleró el paso, con su prisa citadina, con su temor a la lluvia, sin interrumpir sus conversaciones telefónicas en movimiento, con la infatigable elegancia lombarda. Él también buscó un lugar para resguardarse de la llovizna y para tomar un café. No tuvo que caminar mucho para encontrar un sitio, y una vez dentro, escogió la ventana para volver a ver gente pasar, su pasatiempo preferido por esos días. En el último sorbo del espresso, deseó que no hubiera un océano entre los dos, que el amor fuera más sencillo, o por lo menos, que esta tarde estuviera ahí con él, viendo transeúntes. Pero la nostalgia no le apabulló el corazón, al contrario, le ratificó cuánto le gustaba este momento de su vida, y tuvo la sospecha instantánea y pasajera, casi como la duración de un relámpago, de haber vivido un día feliz ese día. Pensó en el ultimátum de su última conversación. No le gustaba sentirse contra las cuerdas de una disyuntiva impuesta. No le gustaba esa terquedad binaria de simplificar la realidad a tener que escoger entre dos opciones irreconciliables. Pero entendió que quizás todo eso hacía parte de vivir en este tiempo. Para su generación, el mundo se había encogido en distancias, pero el universo afectivo se había complejizado en extensiones inabarcables. Dudando sobre cuál sería la mejor ruta para regresar a casa, decidió caminar, esperando que en ese deambular las respuestas aparecieran como prefiguraciones dibujadas por el ritmo de sus pasos. Solvitur ambulando. Después de una hora larga de andar, llegó al apartamento de la calle Ricciarelli. Sus compañeros de piso no estaban. La noche comenzaba para ellos afuera, quizás en el bullicio joven de Navigli, pero él había preferido quedarse y disfrutar de esa quietud contenta que trae quedarse en casa un sábado a la noche. Quizás releería a Burgos Cantor —recordó el nombre—. Un mensaje en el móvil: “¿Estás? Me gustaría hablar… ¿No te parece?” Sintió pereza de tener que cambiar su noche de libros por Skype, pero algo dentro de sí le dijo que era momento. Cuando escuchó hola del otro lado, supo además que no tendría tiempo de hablar sobre las esculturas aéreas de la catedral, ni sobre San Sebastián, ni sobre lo que había almorzado, ni sobre esa tarde tranquila de ver gente pasar. Esa noche se dirían otras palabras, más difíciles, esas palabras que ejecutan lo que nombran, que desunen lo que enuncian. Esa noche habría que encontrar en la promesa de la honestidad el valor para romperse el corazón, esa catedral interior que a él le costaba visitar.

IMG_4421

Nuevas patologías

LO DESPERTÓ LA CERTEZA de que el dolor era real, no era soñado. Sin encender ninguna luz se dirigió al baño, y arrodillado, con las luces apagadas, vomitó una sustancia amarga mientras se aferraba con ambas manos a su vientre. Fueron muchas arcadas de porquerías y bilis, y en cada una tuvo que hacer más fuerza que en la anterior. Se agarró de las paredes, dejó que su cuerpo se comportara de maneras involuntarias y reprimió una pulsión rara de llorar. Las venas de sus sienes palpitaban fuerte, y sobre ellas empezaron a aparecer gotas de sudor frío, una manifestación que a él le pareció una mala señal, como si esa sudoración súbita le advirtiera que su cuerpo podría irse en picada en cualquier momento. Cuando sintió que su estómago se quedó vacío, cerró los ojos y repasó lo que había comido ese día sin poder identificar una causa de intoxicación o algo particularmente sospechoso que hubiera entrado en su organismo y que lo tuviera ahora contra las fauces cortopunzantes de ese dolor abdominal. Sintió la náusea subir de nuevo por su diafragma hasta su cabeza como una oleada incontenible. El mundo alrededor se desenfocó… Se tiró en la cama, deseando que la horizontalidad de su cuerpo le trajera un poco de alivio, pero acurrucado sobre el colchón sintió que se hundía en un agujero obscuro que descendía en espiral, como Scottie Ferguson en Vértigo, a la angustia de sentirse desarticulado de su propio cuerpo. “Los dolores del alma son mucho más llevaderos que los dolores del cuerpo”, pensó. Y deseó recordar este pensamiento cuando se hubiera recuperado, porque quizá al otro lado de este revés de salud tendría una nueva perspectiva sobre los problemas que le aquejaban en su vida diaria. Pero, y qué tal si este dolor no se va. Qué tal si empeora. Recordó esa conversación azarosa de almuerzo con colegas en la que se habló de nuevas superbacterias y enfermedades gástricas mortales, nuevas viejas formas de morir en el siglo xxi. Admitió que era una idea fatalista y trató de pensar en otra cosa, pero fracasó espectacularmente en convencerse de que estaría mejor en la mañana. El sudor no paraba, y las sábanas empezaban a humedecerse en el deshielo de sus escalofríos. Eran las 2.33 AM. Descartó la idea de llamar a alguien. Esperaría un poco más antes de ir al hospital. Solo quería que el dolor pasara. El dolor y la noche, que pasaran, por favor. Que en la noche los dolores son más intensos y parecen sentirse hasta en el alma. Le fue insoportable quedarse en la cama. Se levantó y abrió la ventana de su habitación. El viento frío de afuera le refrescó el malestar por un instante. La ciudad estaba en su hora más tranquila, y en su desvelo él era ajeno a esa calma colectiva. Las luces de enfrente estaban todas apagadas, y una ráfaga de envidia lo asaltó al imaginar los cuerpos que en ese edificio vecino dormían plácidamente. Descubrió que le temía a la enfermedad. Un miedo nuevo que él todavía no sabía navegar. Y a esa edad, en la que tantas verdades crujen y se resquebrajan, la esquela de la mortalidad le parecía más real y más inminente que ninguna otra. Otra vez las ganas de llorar. Otra vez la idea necia de morir solo. Otra vez la náusea.

 

Múcura

Gracias, Agustín

SE DESPERTÓ sin tener que apagar ninguna alarma a su alrededor, con la sutileza natural y tranquila de un cuerpo que quiere entrar de nuevo en el torrente de la consciencia. Una luz nítida se amplificaba por toda la habitación a través de las cortinas de organdí y rebotaba en paredes blancas sobre las que se proyectaban las siluetas delicadas de las persianas bordadas. Tiempo después entendería que esas noches de descanso reparador serían un lujo no siempre accesible para él. Miró la cama contigua, vacía, impecable en todos los pliegues de las sábanas recién dobladas. Salió a buscar algo para desayunar. Era temprano, pero el bar del hotel ya estaba abierto. El aroma a café le revitalizó los sentidos. Con la taza humeante, se recostó en un chinchorro tejido a leer algo que un amigo le había recomendado, pero que a él todavía no le atrapaba. Se dio cuenta que su madre se bañaba en el mar. A ella le gustaba ir en esas primeras horas de la mañana, en las que no había gente, a zambullirse en la marea tranquila. Con un gesto que él entendió de inmediato, su madre le invitaba a meterse al agua, que parecía fría y nueva, como recién vertida toda sobre esta parte del planeta. Levantando el libro, él le respondió con un gesto de “no, gracias, estoy leyendo”, y cerró el ademán con una sonrisa para su madre, con quien estaba agradecido por haber decidido acompañarlo en ese viaje improvisto, un tanto ilógico, a un archipiélago del Caribe en mitad de marzo. Después de muchos años de vivir afuera, volver a casa le hacía ilusión, a pesar de la incomprensión —e incluso estupefacción— con que sus amigos habían reaccionado cuando él les contó que estaba de vuelta en Colombia, de manera indefinida, sin tiquete de regreso. Volvió al libro, pero un párrafo después lo encontró otra digresión. Recordó haber leído que Manuel Puig vivió con su madre cerca a una costa mexicana en los años ochentas, antes de morir. La imagen le fue ambivalente, pero le gustó pensarse, aunque solo circunstancialmente, en una situación parecida a la de ese autor argentino que él había leído con tanto agrado en la universidad. Volvió a mirar hacia el mar, ese paisaje tranquilo y ondulante revestido de azul, que en un día nublado como hoy a él le parecía lo más semejante a la melancolía. En el movimiento pendular de la hamaca se sintió uno con el vaivén de las palmeras africanas y las olas turquesas, que se rompían en el playa con la delicadeza de todas las cosas que sanan. Cerró los ojos. Ya habría tiempo para leer. Después de almuerzo se unió a un pequeño grupo de turistas para una caminata ecológica alrededor de la isla, que se recorría casi completamente en 45 minutos. María, la guía, era una mujer joven de rasgos finos y del color del bronce, con un acento costeño que a él le parecía a la vez alegre y arrullador. Mientras caminaban, les contaba a los huéspedes sobre el pasado indígena del lugar, sobre los planes de ecoturismo que actualmente se desarrollaban, el abastecimiento energético a partir de paneles solares, el sistema de compostaje con el que cuidaban el suelo de la isla… Casi al final del recorrido hicieron una pausa frente a un manglar enorme, vegetación que abunda en la zona. María hablaba sobre ecosistemas, pero él se quedó mirando ese bosque tropical que lo rodeaba ya sin escucharla. En ese jardín salvaje, insular, rizomático, que no era del todo terrestre ni del todo acuático, vió pasar imágenes de momentos, lugares y personas, y detrás, la comparsa de sus propios sentimientos, los buenos y los malos, el peso de sus decisiones, el escarlata de sus heridas —las abiertas y las cicatrizadas— las luces de sus descubrimientos más personales. Sintió alegría y tristeza al mismo tiempo de estar ahí, en ese diorama selvático en el que se proyectaba su vida. Supo que ser adulto era también pensar una cosa y sentir otra, saber caminar con esa contrariedad entre las manos y aprender a ver en los intersticios de esas contradicciones las verdades del corazón. Caminó despacio de vuelta a la habitación, donde le esperaba una sorpresa. Mientras él caminaba por la isla, su madre había colgado guirnaldas de las paredes y un letrero de papel recortado que decía en colores vivos “Feliz cumpleaños”, y había puesto sobre la cama una pequeña torta de chocolate, que él nunca supo a ciencia cierta de dónde salió.

 

*

Hoy no hubo atardecer porque las nubes habían cubierto el cielo y parecía un día sin sol. Todo se dejaba arropar por un velo tenue. Caía la noche tropical. No faltaba mucho para la cena. Caminaron hacia el comedor al aire libre. Qué privilegio era comer así, sobre el césped y frente al mar. Esta noche había bastante gente. Una familia trataba de alimentar a sus cuatro hijos al tiempo que los niños jugaban, gritándose cosas y sintiendo la urgencia de dejar la mesa para saltar, para ir a explorar mundos que solo existían en sus imaginaciones. Dos extranjeros rubiesísimos tomaban dos copas de vino mientras con sus dedos trazaban líneas sobre un mapa. Su madre le hablaba de cuando ella era joven y no conocía aún el mar. “Yo le tengo mucho miedo”, decía, “bueno, respeto”, se autocorregía. En frente suyo había un pareja que se miraba con la complicidad de quienes han encontrado un compañero de vida, y más allá, una señora de edad avanzada hacía la sobremesa solitaria de caminar descalza sobre la arena. Los recuerdos que le sobrevinieron en la tarde en el manglar querían volver, pero él sintió la necesidad inaplazable de vivir solo ese momento y nada más. Se sintió sosegado por la tibieza de ese instante breve, en el que todo pareció tener sentido, incluso lo inexplicable, y en el que encontró belleza y misterio en las historias de su madre, en el océano nocturno, en el sonido de la noche, en el divagar inconcluso de su vida, en las palabras que habitaban solo en su interior, en su soledad.  

DSCN8454

Bruselas, Ginebra 2019

Disritmia salsera

«¡Oh! ¿Qué será? ¿Qué será?»

De mis años de estudiante universitario recuerdo poco. Pero dos cosas retengo en la memoria a pesar del tiempo: la música que acompañó aquella época párvula y los amores imaginarios de ese pasado irreconocible. Escuchábamos mucha música en inglés, sobre todo rock. Los viernes íbamos a Bantú, un bar estrecho y desangelado que quedaba cerca a la universidad. Muchas veces era imposible encontrar un lugar adentro, así que elegíamos la acera de la calle para sentarnos a tomar una o dos cervezas, y el callejón, por el que casi nunca pasaban carros, se llenaba de humo de cigarrillo, de una densidad bohemia, de canciones de Oasis, Radiohead, The Cure, The Verve, Blur.  

Otras veces, esos tantos viernes después de clase, alguien ofrecía su casa para tomar algo y comenzar el fin de semana. De manera tácita se designaba a alguien para que pusiera la música, que casi siempre era la clave principal para que la fiesta fuera considerada una buena rumba o no. Mis amigos intercambiaban CDs MP3 con cientos de canciones de muchos géneros: electrónica, house, R&B, pop, rock en español. Había engravados en esos discos cierta nostalgia temprana por los noventas, la época en la que la mayoría de nosotros fuimos adolescentes, y también una extraña tendencia a incluir música bailable, “un momento tropical”, como decía Mónica, una chica que recuerdo por su sofisticación femenina. Esos dos espacios: la calle y las fiestas con mis amigos fueron una gran escuela musical para mí durante esos años borrascosos de juventud.

Una noche, en casa de Luz, una amiga, Verónica alzó su vaso de ron para pedir la palabra en medio de la algarabía y dijo «Ponete Mi sueño o algo de Willie». Esa es la primera vez que tengo conciencia de haber escuchado a Willie Colón, cuya música seguramente había oído ya muchísimas veces. Con esa lucidez primera, esa noche me fueran dadas dos verdades: una sobre mi sexualidad y otra sobre la música.

Mi sueño es una canción escrita originalmente por Martinho Jose Ferreira en portugués, idioma en el se titula Disritmia. En su versión salsa tiene unas trompetas heráldicas y unos arreglos extraordinarios, además de un lirismo difícil de encontrar en las letras del género, y que Willie Colón supo trasladar al español con la sensibilidad retórica con la que los versos fueron escritos en su lengua original. La canción tiene un estribillo estridente y virtuoso en el que se destacan a la vez que se ensamblan aires, cuerdas y percusiones. Fue en ese pasaje sin letra cuando noté que Carlos estaba sentado frente a mí, moviendo los pies al ritmo de la canción y haciendo con las manos gestos sutiles que simulaban tocar la guitarra que sonaba de fondo.  

Era un compañero de clase enigmático. Mayor que la mayoría de nosotros, porque ya había terminado una carrera, trabajado, viajado, y ahora había decidido estudiar de nuevo. Casi nunca se le veía después de clase, por eso me sorprendió verlo sentado en un mueble de la casa de Luz esa noche de faenas estudiantiles. Conocía tan bien la canción y su juego de movimientos era tan preciso y sincronizado con la música que por un instante pareció que fuera de sus manos moviéndose en el aire y no del estéreo de donde emanaban esos sonidos portentosos. Cuando desprendí la mirada de ese pequeño acto de encantamiento me di cuenta que me miraba. «¿Te gusta la salsa?», me preguntó, encontrándome fuera de base. Yo le dije que no tanto, y a él se le dibujó una sonrisa que yo no alcancé a interpretar.

Se acercó a mí, desprendiéndose de la silla y estirando el cuerpo, que cambió de eje cuando puso una mano en mi rodilla. Como si me quisiera decir un secreto, su boca se volvió a abrir para decirme: «Ese álbum es muy bueno». Erizado por esa proximidad de los cuerpos, yo apenas tuve tiempo de pensar en lo que había dicho, y sobre todo en lo cerca que estaba. Inclinado en diagonal sobre mí, me di cuenta que Carlos alargaba la otra mano para alcanzar su vaso de ron, que reposaba sobre la mesa justo a mi lado. Cuando lo agarró se replegó sobre sí y me quitó la mano de la pierna. Sin que yo pudiera responder nada, lo vi levantarse y adentrarse en el tumulto de personas que bailaban en una sala demasiado pequeña para tantos cuerpos. Yo me quedé en el mueble electrizado por ese breve instante de un erotismo nuevo, mientras Willie Colón pedía ser pacificado por el aguardiente de un amor profundo.

Me tomó muchos años descubrir que «Fantasmas» (1981), donde se incluye Mi sueño, no solo fue el disco de mejores ventas de la FANIA hasta el momento, sino que fue un disco que implicó un punto de quiebre en la manera de entender y producir música latina. Es un corpus musical experimental, de una ingeniería exquisita, de naturaleza sinfónica y coral. Es sobre todo una obra heterogénea, en la que Willie Colón le apostó a la convergencia de ideas, de ritmos, de geografías, y por extensión, de mitologías locales, de tramas conceptuales, de sentires. «Fantasmas» es un símbolo iconoclasta, es más que salsa, es una disrupción creativa del boogaloo. Es a la vez la fuerza creadora de Chico Buarque, la poética tanguera de Eladia Blázquez, la sensualidad expandida de Martihno da Vila. Es un opus magnum de remix y fusión.

A Carlos no lo vi nunca más en mi vida. No volvió a la universidad después del primer semestre. Nunca fuimos amigos en Facebook, que para la época era algo anacrónico. Nunca supe nada de él, hasta que muchos años después de habernos graduado, en una reunión de compañeros de clase, me atreví a preguntar qué habría sido de su vida. El ritmo de la conversación se interrumpió con mi pregunta y en una seriedad típica de adultos, me contaron que Carlos había muerto hacía un par de años. Una anormalidad crónica en su metabolismo lo precipitó a su muerte en sus tempranos treinta años. Se cambió el tema rápidamente con la facilidad de las anécdotas banales, y yo me llevé a la boca un sorbo de mi trago. Me supo a metal.

***

Hace poco leí que para Stravinsky, la música nos es dada con el único objeto de establecer un orden en las cosas, incluyendo de manera especial, la relación que existe entre el ser humano y el tiempo. En ese momento en Medellín, cuando tenía menos de veinte años, yo era incapaz de establecer cualquier mínimo de orden en mi vida. La música me fue dada para otras cosas, a veces creo que con el único objeto de presentir que el mundo sensual y el mundo sentimental a veces están más cercanos el uno del otro de lo que parece. Esas horas nocturnas de humareda en las que yo era tan joven y todo me parecía nuevo, esas horas bohemias y taciturnas de dark salsa en mi ciudad, ese brillo que Carlos irradiaba solo con su presencia y que dejaba como una estela evanescente por donde pasaba, esa bella cadencia de los cuerpos entregados al baile, esas tumbas que retumban como ecos que tasan la Vida y la Muerte, vienen a visitarme de vez en cuando en noches como esta, vienen como rumores que susurran en las alcobas versos de trova. Son mis fantasmas.

MI0001302214