Breve biografía bibliográfica

No te he dado ni rostro, ni lugar alguno que sea propiamente tuyo, ni tampoco ningún don que te sea particular, ¡oh Adán!, con el fin de que tu rostro, tu lugar y tus dones seas tú quien los desee, los conquiste y de ese modo los poseas por ti mismo.

Pico della Mirandola

Oratio de hominis dignitate

Prólogo de Opus Nigrum

  

 

El día que anunciaron el confinamiento por Covid-19 yo cumplía treinta y dos años. La orden preventiva de resguardarse me encontraba a 800 kilómetros de casa. Lo meditamos y ponderamos opciones. Interrumpimos a nuestro pesar el viaje, la celebración, el fin de semana. Nos metimos en el carro y nos devolvimos con los ánimos contrariados, pero anhelando volver a casa. No hablamos en el camino, apenas palabras dichas a medias. Las siete horas de viaje las llené con música. No tanto para llenar el silencio del carro, sino para acallar unas voces abismales que me recordaban que el mundo afuera era vulnerable e incierto, que estaba cambiando, mostrándonos algo. Además de la música, tenía un libro en mis manos. Desde hace unos años tengo la costumbre de llevar libros conmigo. Lo apretaba. 

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13 de marzo de 2020. Primer día de confinamiento.

Mi primer contacto con Opus Nigrum fue en la universidad, a mis veinte años. Era parte del currículum de Introducción a la literatura francesa, una materia que, a pesar de la gravedad y el respeto que inspirara su maestra, Blanca Nora, yo no me tomaba muy en serio. Para mí esa no fue una buena época. Yo lidiaba con otros temas: la enfermedad en la familia, mi sexualidad extraña y un tardío reconocimiento de mi lugar socioeconómico en la sociedad, el despertar de una cierta conciencia de clase. La novela histórica y la literatura moderna francesa no me convocaban. Por desinterés pero también por escasez de otros medios, fui práctico y frugal. Presté el libro de la biblioteca. Me aseguré que fuera la versión en español, lo que contradecía todo el propósito del curso, y fotocopié solo la segunda parte (que se titula La vida inmóvil). Leí las fotocopias y escribí el reporte en el mejor francés que pude, confiando más en el diccionario Larousse que en mis propias ideas. He olvidado lo que escribí, cada palabra, y si pensaba si eso que había escrito era bueno o no. Lo que no olvido —y este es quizás el único registro que tengo de la clase— es a Blanca Nora decir, en el momento en el que me devolvía el trabajo evaluado: “Su ensayo no es el mejor, pero hay algo en él muy suyo”. 

 

Doce años pasaron y jamás volví a enterarme de Marguerite Yourcenar. Hasta que un día la volví a ver en una lavandería. Ese tórrido julio yo estaba en Barcelona por un curso de verano. Caminé por Sants, donde me hospedaba, buscando dónde lavar mi ropa. No tuve que caminar mucho hasta encontrar una lavandería autoservicio, ese lugar raro que me sigue pareciendo a la vez encantador e incómodo. (Los colombianos podremos compartir (y carecer de) muchas cosas, pero ¿una máquina lavadora?). Como tantas sorpresas me llevé en esa ciudad, en la entrada había un estante enclenque con libros. Mientras mi ropa giraba en espiral, me detuve a ojearlos. Uno en particular sobresalía porque no tenía título en su tapa, que era de empastadura textil gris, quizás tarlatana, con esa calidad de las cosas bellas pasadas. Lo abrí y en la segunda página leí: Marguerite Yourcenar. Memorias de Adriano. Recordé a Blanca Nora. Me recordé a mí mismo a los veinte años.

 

Empecé a hojear el libro. Tenía además algo que me fascina: marcas. Resaltados, subrayados, garabatos trazados con mucha fuerza y poco pulso en algunas de sus páginas. Lo que Abad Faciolince llama “una pequeña biografía” de ese lector o de esa lectora. Esta edición se había publicado en 1989 —veintiún años después de su publicación original en francés, L’Œuvre au noir— como parte de una serie llamada “Narradores del Mundo” del Círculo de Lectores. Fue además traducido del francés al español por Julio Cortázar. Era un espécimen no despreciable ¿cómo podría haber llegado a esa lavandería de Sants? Tomé esa interrogación con tufillo de indignación como una autorización, como si viera, sin haber leído una sola página, un valor que emanaba del libro y que yo debía salvaguardar. Lo cerré y me lo llevé conmigo. Ropa limpia y un buen clásico. (Habitantes de Sants: espero regresar algún día y reparar el robo, dejar otro buen libro en retorno).

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Retrato de Antinoo. Período adrianeo tardío (130-138 d.C.)

Mi curso se terminó como se terminó el verano. Me fui de Barcelona y Memorias de Adriano tuvo un lugar especial, imperial, en mi biblioteca en casa. Tampoco lo leí entonces. Esta vez ya no por desinterés sino porque siempre había algo entre el libro y yo: compromisos, deadlines, otros libros, la vida, qué sé yo. O quizás porque tendría que esperar un poco más hasta que la voz de Yourcenar me encontrara a mí.

 

Algunos meses después de ese verano, dos semanas antes de cumplir treinta y dos años, estaba en la casa de un amigo. Habíamos quedado para cenar. Por las operaciones lúdicas y sorprendentes de la conversación, y porque mi amigo es un conversador entrenado, llegamos a hablar de Brujas, la ciudad belga, y de la Escuela Flamenca, también de Brueghel, el Bosco, y de un libro que él había leído y que me recomendaba ampliamente para entender mejor ese otro fresco renacentista: Opus Nigrum. Lo sacó de su propia biblioteca y me lo prestó. Este va a ser el libro que lea para mi cumpleaños, le dije.

 

Lo empaqué en mi bolsa de viaje, para tenerlo a mano y leerlo en los ratos libres, pero la vida me tenía otros planes y llegamos al punto de anclaje de esta breve biografía. Justo después de empezarlo a leer tuve que aislarme en casa porque un virus se propagaba aceleradamente por los cinco continentes. Para combatir la incertidumbre, me propuse para el encierro leer a Yourcenar en las horas de tedio. Opus Nigrum y Memorias de Adriano. Los dos. Leerlos era de alguna manera un proyecto y un mandato. Si la espera es larga, que sea literaria.

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Libro prestado. Yourcenar, M. (2003). Opus Nigrum. Madrid: Suma de Letras.

Fue así como pasé muchas horas cautivado por la sensibilidad epistemológica de Zenón. Ese personaje hecho de referencias y guiños a Paracelso, a Campanella, a Leonardo. Pero también construido a punta de pulso y poesía. Opus Nigrum es, entre muchas otras cosas, un libro sobre el momento bisagra entre dos episodios históricos: el crepúsculo oscurantista de la Edad Media y la conciencia incipiente de una era en la que la humanidad renacía. Yourcenar lo explica mejor: “sigue aún discutiéndose si esta expresión [Opus Nigrum] se aplicaba a experiencias audaces sobre la materia o si se entendía como un símbolo de las pruebas del espíritu que se libera de rutinas y prejuicios”. Yo mismo me preguntaba si el libro no era en sí, por antonomasia, un símbolo del cambio en mi vida, en el mundo, que se viralizaba, se transmutaba al tiempo que yo pasaba las páginas. Solo hasta ahora (y no doce años atrás), leerlo tenía (ese) sentido. 

 

Al pasarlas, de los pliegues entre páginas de Memorias de Adriano caían pequeños granos sobre el escritorio. Cuando los quise inspeccionar me di cuenta que eran arena. Tenía algo de los arrecifes de Barcelona en casa. Sobre los subrayados de esos otros lectores anteriores a mí, hice lo propio y marqué los míos. Mi propia breve biografía anotada en los márgenes de ese clásico colosal. Aunque sea cliché, qué le vamos a hacer, en el aislamiento, ambos libros (como tantos otros) me permitieron escapar a otras patrias, deslizarme por mundos vertiginosos aun viviendo la vida inmóvil. Pero sobre todo, me dieron algo todavía mucho más importante que el distanciamiento social: un acercamiento a mí mismo.

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Marcas. Pequeñas biografías bibliográficas.

Las tribulaciones de mis veinte años, las palabras de Blanca Nora, los amores y tristezas interinos, Barcelona y sus vapores y voluptuosidades, la experiencia vital, y ahora incluso la angustia de un mundo pandémico. Todo me ayudó a comprender apenas un poco más, un poco mejor, por qué tuve que esperar tanto para leer, de verdad, a Yourcenar. Para escuchar su voz brotar desde la eternidad. “La vida me aclaró los libros”.

 

Vamos a casa. El día termina con un resplandor sedante que yo miro desde la ventanilla del carro. Cierro los ojos y desde adentro de mis párpados siento la tibieza de una lágrima. Aprieto el libro. Es mi amuleto.

 

La vorágine vuelve

“Ligarse a la patria es vincularse al universo y a la vida”

– José Eustasio Rivera

Hoy leí que en Colombia marcharon más de doscientas mil personas para protestar contra el gobierno. Vi en una foto de la noticia una pancarta que decía: “Nos quitaron hasta el miedo”. Por el álgebra del azar, ese mismo día pasé por una librería y vi en los apilados de segunda una edición de La vorágine de José Eustasio Rivera. Colombia cifrada en palabras. Compré el libro por 1,50 euros —menos de lo que cuesta un café—, más por el orgullo de no verlo languidecer en una librería extranjera que por ganas de leerlo. Pero luego, cuando estoy de regreso en mi casa, decido abrirlo, solo para ojearlo (me digo), para complacerme en el olor del papel viejo, pero en el prólogo leo esta cita de Rafael Maya y entonces todo cambia:

Defendamos la obra de Rivera porque constituye una preciosa parte de nuestro patrimonio moral, y porque ella sola contiene más elementos de soberanía nacional que la ficción misma del Estado.

Esta frase, que me parece rotunda en su vigencia, me llama poderosamente a leer el libro —tiene que ser este, ahora, y no otro, siento—, así que paso la página para comenzar la lectura en serio, sin saber que la siguiente frase, la primera del texto, me afectará aún más y me obligará a cerrar el libro por un instante —Colombia de lejos; Colombia tan lejos— y luego abrirlo de nuevo para ya no cerrarlo más: 

Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia.

Estas son las palabras que escoge Rivera para comenzar su relato, un libro que empezó a escribir veintiséis años antes que estallara el periodo de La Violencia en el país, y que publicó ochenta y dos años antes de que se firmaran los Acuerdos de Paz. En casi un siglo de vida de la obra, se habrá teorizado abastanza sobre el clásico colombiano, ya lo sé. Y sé también que mucho más se dirá en unos años, cuando en 2024 cumpla su centenario de publicación. Pero no me adelanto tanto y solo me pregunto qué encontraré en el libro en este momento de vorágine y vértigo por el que atraviesa Colombia.

Es ese plano de lectura —el único en el que puedo pensar ahora, el de actualidad sociopolítica— sobre el que voy a leer La vorágine como un libro de denuncia y enunciación. Lo primero es menos difícil de explicar: al estilo de las crónicas de Indias, Rivera relata con estupor las atrocidades cometidas contra los pueblos indígenas y campesinos en zonas limítrofes de una Colombia que apenas comenzaba a delinearse geográficamente en el cambio de siglo. A través de la voz de Arturo Cova, el autor condena la destrucción por parte de las caucherías y del extractivismo desaforado, la fiebre del “oro blanco”, que dejaron daños irreparables en Vichada, Inírida, Vaupés y Guaviare (y tantos otros lugares más), y lamenta, casi haciéndolas suyas, las marcas de la desolación en pueblos, mujeres, familias y otros ecosistemas:

El árbol, castrado antiguamente por los gomeros, era un siringo enorme, cuya corteza quedó llena de cicatrices, gruesas, protuberantes, tumefactas… (p.158)

Así, el libro es una fábula —adelantada a su tiempo— del libre comercio irregulado, aquel en el que prevalece el rédito productivista por encima de la dignidad humana; un relato de advertencia de lo que puede pasar cuando los gobernantes solo son meros empresarios, o peor aún, cuando son cómplices de los para-Estados, de los que dirá: “Funes es un sistema, un estado de alma, es la sed de oro, es la envidia sórdida. Muchos son Funes, aunque lleve uno solo el nombre fatídico” (p.232) porque “en Colombia pasan cosillas reveladoras de algo muy grave, de subterránea complicidad” (p.169). 

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Pero lo que más me sorprende de leer La vorágine ahora es encontrar un acto de enunciación. Lo que se cuenta —y denuncia— será igual de importante como el lugar desde el que se escribe, desde donde se enuncia. Nunca relatado desde la perspectiva de un extranjero (como en El río de Wade Davis o incluso en El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad), La vorágine es el lamento de un colombiano —en una época en la que era aún mucho más difícil saber qué quiere decir ser colombiano—, que al constatar que “a esta pobre patria no la conocen sus propios hijos, ni siquiera sus geógrafos” (p.245), enuncia una identidad colectiva compartida, a la que pertenece, y a la que descubre en la danza, en el dolor, en el fuego, y a la que ya jamás podrá ser indiferente: 

Tendido de codos sobre el arenal, aurirrojo por las luminarias, miraba yo la singular fiesta, complacido de que mis compañeros giraran ebrios en la danza. Así olvidarían sus pesadumbres y le sonreirían a la vida otra vez siquiera. Mas, a poco, advertí que gritaban como la tribu, y que su lamento acusaba la misma pena recóndita, cual si a todos les devorara el alma un solo dolor. Su queja tenía la desesperación de las razas vencidas, y era semejante a mi sollozo, ese sollozo de mis aflicciones que suele repercutir en mi corazón aunque lo disimulen los labios. (p.112)

Y más adelante, contemplando el silencio de la selva, me parece que se refería a los colombianos y no a los árboles cuando dice:

[Q]uejábanse de la mano que los hería, del hacha que los derribaba, siempre condenados a retoñar, a florecer, a gemir, a perpetuar, sin fecundarse, su especie formidable, incomprendida. (p.114)

Lo que no es una conjetura mía, es lo que leo en la página 144, algo que Rivera pensó de nosotros antes de que pasara todo esto que nos está pasando: “dicen que [los colombianos] somos insurrectos y volvedores”. En páginas como esta, tengo que detenerme a pensar, otra vez, en Colombia, en lo que significa ser colombiano. Esto es en realidad lo que Rivera se propone: hacernos pensar en el país como problema, como causa, como identidad, como patrimonio, como valor, porque, en sus propias palabras: “ligarse a la patria es vincularse al universo y a la vida”. 

Casi sin darme cuenta llego a las últimas páginas del libro, al término o al comienzo, no queda claro, del viaje homérico de Cova, al clímax en el que el protagonista dejará de huir de los peligros que lo acechan, y en un acto de valentía mirará a los ojos su destino, lo enfrentará y, “cual sordo zumbido de ramajes en la tormenta”, presentirá que la vorágine lo encontrará y lo devorará. Esa vorágine, su verdad, su fuerza, su furia, su herida, su misterio, su potencia de creación, vendrá también por mí; vendrá, temprano o tarde, por ti. No le tengamos miedo nunca más.

 

 Edición de referencia

Rivera, J.E. (1997). La vorágine. Bogotá: Presidencia de la República.