Dramática: apuntes de un novelero

Cuando me recomendaron La casa de las flores (2018) de Manolo Caro ya había escuchado algunos comentarios positivos sobre la producción de Netflix. Cuando me dijeron que era una parodia a la telenovela latinoamericana, me alerté y fruncí el ceño porque como género textual y popular, la telenovela me infunde respeto y fascinación. Decidí ver el primer capítulo, que me atrapó únicamente por la banda sonora y por los guiños a Amanda, Yuri y Gloria, debidamente honradas en la serie. Ahora, de alguna manera que no puedo explicar de manera racional, marqué en mi calendario el 23 de abril con el estreno de la tercera temporada.

Digo que no puedo explicarlo porque no la encuentro especial. No la veo por su propuesta narrativa, que cae rápidamente en lo inverosímil y lo truculento, y a la que le sobran subtramas, personajes. Tampoco es pionera de nada ni transgresora como algunos dicen. Baste ver que el personaje trans principal lo interpreta un actor cis, y que los personajes trans secundarios siguen siendo seres del gueto y la oscuridad, del cabaret. A su manera, y con destinos más o menos aventurados, reivindicadores y airosos, Los pecados de Inés de Hinojosa (1988), Xica da Silva (1996), Cartas de amor (1997) y Mirada de mujer (1997) ya habían puesto en escena representaciones arriesgadas —pero legítimas, necesarias— de la familia, marcado convenciones sociales e intrépidamente introducido preguntas sobre género, sexualidad, identidad, sobre aquello que sale (dolorosamente) de la norma… 

Pero tratemos de definir lo que sí es La casa de las flores. Sí es una comedia negra, gracias sustancialmente al trabajo notorio de Cecilia Suárez. Sí, al exagerar las convenciones de un género es válido decir que es una parodia. Es una artefacto pop, es decir, juguetón, masivo, banal. Tiene algo que quisieran muchas de las comedias de Netflix o las comedias en general y es el poder penetrar en la cultura popular e insertar personajes en ella (ol-vi-dé-can-ce-lar-el-ma-ria-chi) y la posibilidad de revisitar arquetipos culturales: la villana-amada, el galán y sus identidades. Es generalmente en este plano, el del “arte pop-ular”, que es posible la normalización de otros valores, o al menos discontinuar formas de representación inaportantes y dañinas. Y en este sentido la serie no se ha equivocado (ni tampoco asumido un rol pedagógico que no le corresponde).

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Lo que yo encuentro llamativo, lo que me ha hecho escribir estos apuntes, es que hemos menospreciado la telenovela como género. No la hemos expandido ni actualizado ni problematizado. No le hemos hecho preguntas ni la hemos reimaginado. Directamente la parodiamos. Hemos equiparado lo melodramático a lo espectacular, a lo cursi, al mal gusto. Hemos sustraído o sustituido de ello lo –dramático (las representaciones posibles de las vidas de sus protagonistas) por lo cómico. Hemos ignorado en ella lo social en favor de lo pintoresco. Y en ello hemos hecho del género un género bastardo. Hemos confinado la telenovela al aislamiento de lo irrisorio y lo banal, la hemos vaciado de su contenido a expensas de espectacularizarla como producto de entretenimiento burgués.

Me molesta que, para referirse a la serie, los medios digan, presenten como un descubrimiento, que existe un mercado telenovelero. (Lo que ya sabíamos hace décadas). Esta aseveración superflua no indaga por qué la serie y el género tienen un índice alto de pregnancia en audiencias jóvenes, lo que aporta evidencia de la intergeneracionalidad de la telenovela, y en países de habla no hispana, como Italia o Polonia, por poner dos ejemplos aleatorios pero interesantes. Si vamos a usar el vocabulario rancio del marketing, recordemos que las novelas de antaño encontraban sus audiencias en segmentos de la población de nivel socioeconómico medio-bajo. Producciones posteriores y ciertamente La casa de la flores parecieran encontrar sus espectadores en otras capas de la sociedad, aquellas que en todo caso tengan Netflix. (El lector debe saber que un poco más de la mitad de la población en México tiene acceso a Internet de alta velocidad).

¿Cuál es la naturaleza de la telenovela y dónde empieza a transgredir las convenciones de las realidades que representa?

Algo parecido hemos hecho con la música romántica en español, que nos parece kitsch y grasa, y que hemos, de manera machista, asociado a espacios domésticos feminizados. Manolo Caro nos recuerda que ambos géneros comparten un universo de signos y significaciones, y que estos condicen el sentido de una realidad que no terminamos de percibir. Una disgresión poco original: ¿No son muchas canciones románticas una suerte de telenovela sintetizada y contenida en algunos minutos? Un apunte que es una postulación: la telenovela (y su pariente mayor, la música romántica) tiene algunas llaves para entender mejor lo “normal”, para nombrarlo, pero sobre todo, para entrever sus anversos. Sus símbolos nos dan pistas para observar y desafiar lo dominante, lo hegemónico, pero también para afirmar lo otro. Si lo queer es un posicionamiento frente a la realidad (y no un atributo identitario), entonces ¿no se juegan la telenovela y la música romántica en el campo de las iconografías de lo normativo, pero también de lo posible?  

Por último, La casa de las flores pareciera recordarnos que son posibles y prolíferas las cocreaciones hispanoamericanas. ¿Por qué tiene que ser un gigante anglo el que venga a recordárnoslo?

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Breve biografía bibliográfica

No te he dado ni rostro, ni lugar alguno que sea propiamente tuyo, ni tampoco ningún don que te sea particular, ¡oh Adán!, con el fin de que tu rostro, tu lugar y tus dones seas tú quien los desee, los conquiste y de ese modo los poseas por ti mismo.

Pico della Mirandola

Oratio de hominis dignitate

Prólogo de Opus Nigrum

  

 

El día que anunciaron el confinamiento por Covid-19 yo cumplía treinta y dos años. La orden preventiva de resguardarse me encontraba a 800 kilómetros de casa. Lo meditamos y ponderamos opciones. Interrumpimos a nuestro pesar el viaje, la celebración, el fin de semana. Nos metimos en el carro y nos devolvimos con los ánimos contrariados, pero anhelando volver a casa. No hablamos en el camino, apenas palabras dichas a medias. Las siete horas de viaje las llené con música. No tanto para llenar el silencio del carro, sino para acallar unas voces abismales que me recordaban que el mundo afuera era vulnerable e incierto, que estaba cambiando, mostrándonos algo. Además de la música, tenía un libro en mis manos. Desde hace unos años tengo la costumbre de llevar libros conmigo. Lo apretaba. 

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13 de marzo de 2020. Primer día de confinamiento.

Mi primer contacto con Opus Nigrum fue en la universidad, a mis veinte años. Era parte del currículum de Introducción a la literatura francesa, una materia que, a pesar de la gravedad y el respeto que inspirara su maestra, Blanca Nora, yo no me tomaba muy en serio. Para mí esa no fue una buena época. Yo lidiaba con otros temas: la enfermedad en la familia, mi sexualidad extraña y un tardío reconocimiento de mi lugar socioeconómico en la sociedad, el despertar de una cierta conciencia de clase. La novela histórica y la literatura moderna francesa no me convocaban. Por desinterés pero también por escasez de otros medios, fui práctico y frugal. Presté el libro de la biblioteca. Me aseguré que fuera la versión en español, lo que contradecía todo el propósito del curso, y fotocopié solo la segunda parte (que se titula La vida inmóvil). Leí las fotocopias y escribí el reporte en el mejor francés que pude, confiando más en el diccionario Larousse que en mis propias ideas. He olvidado lo que escribí, cada palabra, y si pensaba si eso que había escrito era bueno o no. Lo que no olvido —y este es quizás el único registro que tengo de la clase— es a Blanca Nora decir, en el momento en el que me devolvía el trabajo evaluado: “Su ensayo no es el mejor, pero hay algo en él muy suyo”. 

 

Doce años pasaron y jamás volví a enterarme de Marguerite Yourcenar. Hasta que un día la volví a ver en una lavandería. Ese tórrido julio yo estaba en Barcelona por un curso de verano. Caminé por Sants, donde me hospedaba, buscando dónde lavar mi ropa. No tuve que caminar mucho hasta encontrar una lavandería autoservicio, ese lugar raro que me sigue pareciendo a la vez encantador e incómodo. (Los colombianos podremos compartir (y carecer de) muchas cosas, pero ¿una máquina lavadora?). Como tantas sorpresas me llevé en esa ciudad, en la entrada había un estante enclenque con libros. Mientras mi ropa giraba en espiral, me detuve a ojearlos. Uno en particular sobresalía porque no tenía título en su tapa, que era de empastadura textil gris, quizás tarlatana, con esa calidad de las cosas bellas pasadas. Lo abrí y en la segunda página leí: Marguerite Yourcenar. Memorias de Adriano. Recordé a Blanca Nora. Me recordé a mí mismo a los veinte años.

 

Empecé a hojear el libro. Tenía además algo que me fascina: marcas. Resaltados, subrayados, garabatos trazados con mucha fuerza y poco pulso en algunas de sus páginas. Lo que Abad Faciolince llama “una pequeña biografía” de ese lector o de esa lectora. Esta edición se había publicado en 1989 —veintiún años después de su publicación original en francés, L’Œuvre au noir— como parte de una serie llamada “Narradores del Mundo” del Círculo de Lectores. Fue además traducido del francés al español por Julio Cortázar. Era un espécimen no despreciable ¿cómo podría haber llegado a esa lavandería de Sants? Tomé esa interrogación con tufillo de indignación como una autorización, como si viera, sin haber leído una sola página, un valor que emanaba del libro y que yo debía salvaguardar. Lo cerré y me lo llevé conmigo. Ropa limpia y un buen clásico. (Habitantes de Sants: espero regresar algún día y reparar el robo, dejar otro buen libro en retorno).

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Retrato de Antinoo. Período adrianeo tardío (130-138 d.C.)

Mi curso se terminó como se terminó el verano. Me fui de Barcelona y Memorias de Adriano tuvo un lugar especial, imperial, en mi biblioteca en casa. Tampoco lo leí entonces. Esta vez ya no por desinterés sino porque siempre había algo entre el libro y yo: compromisos, deadlines, otros libros, la vida, qué sé yo. O quizás porque tendría que esperar un poco más hasta que la voz de Yourcenar me encontrara a mí.

 

Algunos meses después de ese verano, dos semanas antes de cumplir treinta y dos años, estaba en la casa de un amigo. Habíamos quedado para cenar. Por las operaciones lúdicas y sorprendentes de la conversación, y porque mi amigo es un conversador entrenado, llegamos a hablar de Brujas, la ciudad belga, y de la Escuela Flamenca, también de Brueghel, el Bosco, y de un libro que él había leído y que me recomendaba ampliamente para entender mejor ese otro fresco renacentista: Opus Nigrum. Lo sacó de su propia biblioteca y me lo prestó. Este va a ser el libro que lea para mi cumpleaños, le dije.

 

Lo empaqué en mi bolsa de viaje, para tenerlo a mano y leerlo en los ratos libres, pero la vida me tenía otros planes y llegamos al punto de anclaje de esta breve biografía. Justo después de empezarlo a leer tuve que aislarme en casa porque un virus se propagaba aceleradamente por los cinco continentes. Para combatir la incertidumbre, me propuse para el encierro leer a Yourcenar en las horas de tedio. Opus Nigrum y Memorias de Adriano. Los dos. Leerlos era de alguna manera un proyecto y un mandato. Si la espera es larga, que sea literaria.

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Libro prestado. Yourcenar, M. (2003). Opus Nigrum. Madrid: Suma de Letras.

Fue así como pasé muchas horas cautivado por la sensibilidad epistemológica de Zenón. Ese personaje hecho de referencias y guiños a Paracelso, a Campanella, a Leonardo. Pero también construido a punta de pulso y poesía. Opus Nigrum es, entre muchas otras cosas, un libro sobre el momento bisagra entre dos episodios históricos: el crepúsculo oscurantista de la Edad Media y la conciencia incipiente de una era en la que la humanidad renacía. Yourcenar lo explica mejor: “sigue aún discutiéndose si esta expresión [Opus Nigrum] se aplicaba a experiencias audaces sobre la materia o si se entendía como un símbolo de las pruebas del espíritu que se libera de rutinas y prejuicios”. Yo mismo me preguntaba si el libro no era en sí, por antonomasia, un símbolo del cambio en mi vida, en el mundo, que se viralizaba, se transmutaba al tiempo que yo pasaba las páginas. Solo hasta ahora (y no doce años atrás), leerlo tenía (ese) sentido. 

 

Al pasarlas, de los pliegues entre páginas de Memorias de Adriano caían pequeños granos sobre el escritorio. Cuando los quise inspeccionar me di cuenta que eran arena. Tenía algo de los arrecifes de Barcelona en casa. Sobre los subrayados de esos otros lectores anteriores a mí, hice lo propio y marqué los míos. Mi propia breve biografía anotada en los márgenes de ese clásico colosal. Aunque sea cliché, qué le vamos a hacer, en el aislamiento, ambos libros (como tantos otros) me permitieron escapar a otras patrias, deslizarme por mundos vertiginosos aun viviendo la vida inmóvil. Pero sobre todo, me dieron algo todavía mucho más importante que el distanciamiento social: un acercamiento a mí mismo.

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Marcas. Pequeñas biografías bibliográficas.

Las tribulaciones de mis veinte años, las palabras de Blanca Nora, los amores y tristezas interinos, Barcelona y sus vapores y voluptuosidades, la experiencia vital, y ahora incluso la angustia de un mundo pandémico. Todo me ayudó a comprender apenas un poco más, un poco mejor, por qué tuve que esperar tanto para leer, de verdad, a Yourcenar. Para escuchar su voz brotar desde la eternidad. “La vida me aclaró los libros”.

 

Vamos a casa. El día termina con un resplandor sedante que yo miro desde la ventanilla del carro. Cierro los ojos y desde adentro de mis párpados siento la tibieza de una lágrima. Aprieto el libro. Es mi amuleto.

 

La vorágine vuelve

“Ligarse a la patria es vincularse al universo y a la vida”

– José Eustasio Rivera

Hoy leí que en Colombia marcharon más de doscientas mil personas para protestar contra el gobierno. Vi en una foto de la noticia una pancarta que decía: “Nos quitaron hasta el miedo”. Por el álgebra del azar, ese mismo día pasé por una librería y vi en los apilados de segunda una edición de La vorágine de José Eustasio Rivera. Colombia cifrada en palabras. Compré el libro por 1,50 euros —menos de lo que cuesta un café—, más por el orgullo de no verlo languidecer en una librería extranjera que por ganas de leerlo. Pero luego, cuando estoy de regreso en mi casa, decido abrirlo, solo para ojearlo (me digo), para complacerme en el olor del papel viejo, pero en el prólogo leo esta cita de Rafael Maya y entonces todo cambia:

Defendamos la obra de Rivera porque constituye una preciosa parte de nuestro patrimonio moral, y porque ella sola contiene más elementos de soberanía nacional que la ficción misma del Estado.

Esta frase, que me parece rotunda en su vigencia, me llama poderosamente a leer el libro —tiene que ser este, ahora, y no otro, siento—, así que paso la página para comenzar la lectura en serio, sin saber que la siguiente frase, la primera del texto, me afectará aún más y me obligará a cerrar el libro por un instante —Colombia de lejos; Colombia tan lejos— y luego abrirlo de nuevo para ya no cerrarlo más: 

Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia.

Estas son las palabras que escoge Rivera para comenzar su relato, un libro que empezó a escribir veintiséis años antes que estallara el periodo de La Violencia en el país, y que publicó ochenta y dos años antes de que se firmaran los Acuerdos de Paz. En casi un siglo de vida de la obra, se habrá teorizado abastanza sobre el clásico colombiano, ya lo sé. Y sé también que mucho más se dirá en unos años, cuando en 2024 cumpla su centenario de publicación. Pero no me adelanto tanto y solo me pregunto qué encontraré en el libro en este momento de vorágine y vértigo por el que atraviesa Colombia.

Es ese plano de lectura —el único en el que puedo pensar ahora, el de actualidad sociopolítica— sobre el que voy a leer La vorágine como un libro de denuncia y enunciación. Lo primero es menos difícil de explicar: al estilo de las crónicas de Indias, Rivera relata con estupor las atrocidades cometidas contra los pueblos indígenas y campesinos en zonas limítrofes de una Colombia que apenas comenzaba a delinearse geográficamente en el cambio de siglo. A través de la voz de Arturo Cova, el autor condena la destrucción por parte de las caucherías y del extractivismo desaforado, la fiebre del “oro blanco”, que dejaron daños irreparables en Vichada, Inírida, Vaupés y Guaviare (y tantos otros lugares más), y lamenta, casi haciéndolas suyas, las marcas de la desolación en pueblos, mujeres, familias y otros ecosistemas:

El árbol, castrado antiguamente por los gomeros, era un siringo enorme, cuya corteza quedó llena de cicatrices, gruesas, protuberantes, tumefactas… (p.158)

Así, el libro es una fábula —adelantada a su tiempo— del libre comercio irregulado, aquel en el que prevalece el rédito productivista por encima de la dignidad humana; un relato de advertencia de lo que puede pasar cuando los gobernantes solo son meros empresarios, o peor aún, cuando son cómplices de los para-Estados, de los que dirá: “Funes es un sistema, un estado de alma, es la sed de oro, es la envidia sórdida. Muchos son Funes, aunque lleve uno solo el nombre fatídico” (p.232) porque “en Colombia pasan cosillas reveladoras de algo muy grave, de subterránea complicidad” (p.169). 

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Pero lo que más me sorprende de leer La vorágine ahora es encontrar un acto de enunciación. Lo que se cuenta —y denuncia— será igual de importante como el lugar desde el que se escribe, desde donde se enuncia. Nunca relatado desde la perspectiva de un extranjero (como en El río de Wade Davis o incluso en El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad), La vorágine es el lamento de un colombiano —en una época en la que era aún mucho más difícil saber qué quiere decir ser colombiano—, que al constatar que “a esta pobre patria no la conocen sus propios hijos, ni siquiera sus geógrafos” (p.245), enuncia una identidad colectiva compartida, a la que pertenece, y a la que descubre en la danza, en el dolor, en el fuego, y a la que ya jamás podrá ser indiferente: 

Tendido de codos sobre el arenal, aurirrojo por las luminarias, miraba yo la singular fiesta, complacido de que mis compañeros giraran ebrios en la danza. Así olvidarían sus pesadumbres y le sonreirían a la vida otra vez siquiera. Mas, a poco, advertí que gritaban como la tribu, y que su lamento acusaba la misma pena recóndita, cual si a todos les devorara el alma un solo dolor. Su queja tenía la desesperación de las razas vencidas, y era semejante a mi sollozo, ese sollozo de mis aflicciones que suele repercutir en mi corazón aunque lo disimulen los labios. (p.112)

Y más adelante, contemplando el silencio de la selva, me parece que se refería a los colombianos y no a los árboles cuando dice:

[Q]uejábanse de la mano que los hería, del hacha que los derribaba, siempre condenados a retoñar, a florecer, a gemir, a perpetuar, sin fecundarse, su especie formidable, incomprendida. (p.114)

Lo que no es una conjetura mía, es lo que leo en la página 144, algo que Rivera pensó de nosotros antes de que pasara todo esto que nos está pasando: “dicen que [los colombianos] somos insurrectos y volvedores”. En páginas como esta, tengo que detenerme a pensar, otra vez, en Colombia, en lo que significa ser colombiano. Esto es en realidad lo que Rivera se propone: hacernos pensar en el país como problema, como causa, como identidad, como patrimonio, como valor, porque, en sus propias palabras: “ligarse a la patria es vincularse al universo y a la vida”. 

Casi sin darme cuenta llego a las últimas páginas del libro, al término o al comienzo, no queda claro, del viaje homérico de Cova, al clímax en el que el protagonista dejará de huir de los peligros que lo acechan, y en un acto de valentía mirará a los ojos su destino, lo enfrentará y, “cual sordo zumbido de ramajes en la tormenta”, presentirá que la vorágine lo encontrará y lo devorará. Esa vorágine, su verdad, su fuerza, su furia, su herida, su misterio, su potencia de creación, vendrá también por mí; vendrá, temprano o tarde, por ti. No le tengamos miedo nunca más.

 

 Edición de referencia

Rivera, J.E. (1997). La vorágine. Bogotá: Presidencia de la República.

Murió Camilo Sesto

Murió Camilo Sesto. Lo sé por redes sociales. Lo leo en titulares de prensa. Pero solo me doy cuenta que murió Camilo Sesto cuando hablo con mi mamá por teléfono. Vivimos hace ya muchos años en ciudades lejanas. Me llama para saludar, para preguntar si ya es invierno. Y en medio de las preguntas de rigor, me cuenta que murió el cantante de Melina. Y decir esto en voz alta la apesadumbra. Me confiesa que lloró cuando vio las noticias. La conversación cambia de tono. Me habla con nostalgia de esa generación de cantantes, de lo lindo que era Camilo Sesto, de la euforia de sus amigas cuando salía un disco suyo, y de un exnovio que le dedicó alguna vez una canción y que le prometió que sus sueños, tarde o temprano, se cumplirían. No le da vergüenza contarme que lloró sola. No busca lástima ni reconfortarse. Antes de despedirnos, yo le pregunto si tiene alguna canción preferida, y en respuesta, mi madre hace algo a lo que casi nunca se atreve: canta. Entona y tararea. Yo escucho al otro lado de la línea. Me dice que ya estuvo bueno de hablar, que seguro tengo mucho por hacer, que ella debe seguir con sus cosas. Colgamos y un hilo de aire con su voz queda flotando en mi casa. El verso se evanesce.

Vivir así es morir de amor
Y por amor tengo el alma herida
Por amor, por amor, no quiero más vida que su vida
melancolía…

Yo hago la cena o lavo la ropa, alguna tarea doméstica. Lavo los platos. Cuando termino me sirvo una copa de vino y guiado por el eco abismal de una balada que me sé de memoria pero de cuyo título no me puedo acordar, busco en YouTube “Camilo Sesto”. Escucho una, dos canciones, alguna versión en vivo. Pienso en España, pero me doy cuenta que la interpretación que veo es en algún lugar de Suramérica. Pienso en casa, en todas mis vidas pasadas. Me acuerdo de cosas que yo pensaba que ya no estaban más en mí. Urgo en la memoria algo que no sé qué es. De repente lo encuentro: una nota, un arreglo musical, no sé, un cambio mínimo en la tesitura me conmueve, resquebraja el plomo que llevo adentro, y siento ganas de llorar. No sé nombrar ese sentimiento, pero sé muy bien que no es tristeza, y tampoco me esfuerzo demasiado en buscar la palabra adecuada. Me parece que en el afán por nombrar no voy a permitirme sentir eso que siento y me voy a tropezar con un término equivocado, con la trampa lexical con la que a veces el idioma nos engaña.

Pienso que la única educación sentimental que se me ofreció —y que le fue ofrecida a mi mamá— nos fue transmitida por esa música. Me doy cuenta que ambos compartimos un imaginario emocional, un sistema sentimental. Y mi inteligencia se juega en discernir entre sensibilidad y sensiblería. Todo lo que musicalmente me gustó después de la balada romántica amplió mi espectro cultural, refinó mi estética personal, determinó mi ámbito social, expandió mi vida interior, pero solo esa canción melódica —que me sé de memoria pero de cuyo título no me puedo acordar— formó mi aparato amatorio, le dio espesor y profundidad a mis sentimientos, pero también me condenó a la desavenencia de, a veces, como esta noche cuando escucho El amor de mi vida en completa oscuridad, despeñarme por el barranco absurdo del llanto sin motivos. No ese llanto desconsolado e infantil que deforma los rasgos de la cara, ni el llanto rabioso y enceguecedor que desgarra las entrañas. Todo lo contrario. Es un llanto tranquilo, apaciguado, silencioso. Un llanto solitario sin sollozos, que me da cierto regocijo extraño, que me limpia por dentro. Para evocar a sus padres, muchos dirán que son sangre de su sangre; yo, de mi madre, diré que soy lágrima de sus lágrimas. Otros dirán que de sus padres heredaron la estatura, el estatus o el temperamento; yo tendré los sentimientos y siempre a Camilo Sesto, siempre la música.

 

Doces de marzo

Palermo coquetea dos veces

CUANDO PASA POR LA VITRINA lo detiene la fuerza magnética de una chaqueta exhibida en un maniquí sin rostro. Se la quiere comprar, pero no sabe si tendrá el dinero. Qué gastos podría recortar este mes… Llama Ana. Es para preguntar que a las ocho o a las nueve. A las ocho para que llegues a las nueve. Risas. En Honduras al 4400. Que no, que no hay problema si Diego va. Ana dice chévere, chao. Le encanta su acento de Barquisimeto, siempre lo pone de buen humor. Entra a la tienda. Decide ir al restaurante caminando, para aprovechar la brisa que empieza a correr por la ciudad, que ardió en verano y que ahora empieza a refrescarse, como una piel insolada sobre la que se aplica un paliativo hecho de aire y oxígeno. Hay fila en el restaurante, pero Rafael se encargó de toda la logística. Van a cenar fondue en un lugar nuevo de Palermo Soho. Siempre hay lugares nuevos en Palermo Soho. Rafael y Luis ya están en la mesa bebiendo vino. Nico y Agustina no tardan en llegar. Y en menos de una hora, Andrés, Carolina, Adrián, Maya y Andrés H se unen a la mesa, que Rafael había reservado ocho días atrás. Ana y Diego llegan de último. Chistes gastados sobre la noción de tiempo latinoamericana. Risas. Le gusta sentirse rodeado por sus amigos. Casi todos, como él, llegaron a Buenos Aires de otros países: Ana viene de Venezuela, Agustina de Chile, Rafael y Luis de Brasil, Andrés y Carolina de Colombia, Adrián de España. Incluso Nicolás y Maya, argentinos, tienen pasaportes italiano y croata respectivamente. Así es Buenos Aires, el tapiz plateado de destinos trashumantes. Dividen la cuenta entre once. El fulgor de la fiesta se quiere manifestar. Caminan hacia Niceto, Nico sabe de un lugar. El boliche está detrás de una puerta enorme de metal. Adentro todo está recubierto de un negro aterciopelado, de una negrura espesa y sensual. Líneas de fuga fosforescentes irrumpen en la oscuridad, amplificando las luces tornasoladas de un láser que se mueve al ritmo de la música. Los reflectores parpadean a toda velocidad, organizando el tiempo como en una secuencia de fotogramas, haciendo que los cuerpos danzantes se ralenticen, se muevan en una cadencia que no existe en la vida exterior. Las melenas se sacuden, los pies cambian rápidamente de lugar, la proximidad le da un matiz íntimo y a la vez anónimo a esa descarga que es bailar. No son las luces, sino los cuerpos transpirados lo que brilla. Alguien que está cerca lo mira. Le gusta que nadie hable, que todos bailen. Es otra forma de comunicarse. Se vuelve a encontrar con los ojos que hace un momento lo veían. Siente calor. No es el calor tórrido de enero, es la termodinámica furiosa de los cuerpos en movimiento ¿Cómo te llamás? –TEN. Cómo. MAR-TÍN ¿Y vos? Cómo. (¡¿)CÓMO(?!). Te lo escribo en el celular. Dale. Me gusta como bailás… Ana lo tira de un brazo, sacándolo de la frecuencia. Nos vamos ya. Qué pasó. Diego me cagó. Lo encontré con otra. Chamushero. Ana se va, abriéndose paso entre la multitud eufórica. Él la persigue. Salen del boliche a la frescura de la madrugada. Ana llora. Nos vamos ya. No me va a ver así. Pero, ¿y si hablan? La estábamos pasando bien… Nos vamos YA ¡Taxi! Ana está temblando. Aunque sabe que no es por el frío, él se quita la chaqueta nueva y se la ofrece, arropándole los hombros desnudos. Le dice que se calme, que le cuente bien que pasó. El llanto de Ana no para, pero ya no son lágrimas iracundas, sino una tristeza desbordada que necesita salir, por tanto amor, por tanta angustia, por tanto quilombo, por tanta ciudad. Perdón, yo no quería ser el centro de atención. No pasa nada. La abraza. Ella reposa su cabeza en su hombro y él le besa el pelo y le arregla algunos cabellos detrás de la oreja. En qué momento construyeron tanta confianza. Por fin, un taxi. Viajan en silencio. Él la mira de vez en cuando. Ella llora sin musitar palabra. Él mira por la ventana. Le clava los ojos a un texto de neón de una vitrina que se va quedando atrás del auto. Le gusta la tipografía con que está escrito. En Buenos Aires aprendió a prestarle atención a la tipografía con que se escriben las cosas. El aviso dice POWER. La W del medio parece los colmillos de un animal carnívoro. Deja a Ana en casa, bañada en llanto, puteando en venezolano. Sigue en el taxi hasta su casa y después de pagar los 100 pesos, ese despilfarro grotesco de dinero, se da cuenta que no tiene su celular. Se toca todos los bolsillos. Confirma que lo perdió. Lo primero que piensa es que no tendrá dinero para comprar otro teléfono. Lo segundo es que jamás volverá a saber de Martín. Inserta la llave en la cerradura de la puerta, pero oye un sonido. Mira hacia un lado, la calle está vacía. En realidad no fue un sonido, fue un silencio lo que escuchó, y en esta ciudad el silencio es algo imposible, algo abstracto, un recurso no renovable precioso, agotado. Quisiera tomar una foto. Buenos Aires así, tan sola, tan callada, tan bella, tan tarde, tan susceptible. Pero aun si tuviera cómo, no podría capturar lo que quiere retener de ese momento. No tiene celular, no tiene chaqueta, no tiene plata. Solo tiene las manos vacías y esa ciudad, que lo ha conquistado, en frente.

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Mochileros

LA NOCHE LOS ENCONTRÓ con la carpa a medio armar. Habían tardado demasiado en escoger el sitio para acampar porque ambos tuvieron ideas diferentes sobre cuál era el mejor lugar para pasar la noche. Cuando él dijo que allí, el otro le contestó que mejor buscaran la planicie. Y después de un rato, él insistió en buscar un lugar más cerca al río. Caminaron más, en silencio. No solo no decidirse por un lugar los retrasó en armar el campamento. Los distrajo además la luz anaranjada que se proyectaba sobre las cumbres del paisaje andino, que ambos miraron desde el valle con asombro y una idea compartida —sin saberlo— de no haber visto antes esa luz austral en ningún otro lugar. Alumbrados por los últimos rayos del sol, los cerros parecían enormes piedras preciosas. Y ellos vieron con admiración esas piedras perder su brillo, como si se tratase de un ritual para saludar la noche cordillerana. Una vez estuvo hecha la carpa, comieron pan, algún enlatado y yogurt en la oscuridad callada del bosque. Hablaron de glaciares y de cambio climático, de los viajes del Che y de cine latinoamericano. Se rieron de lo malos que eran ambos en “echar dedo” para pedir un aventón. Nadie les había parado en una semana. El susurro de los pinos les hizo sentir frío, y decidieron ir a dormir temprano. Al final del día, venían de caminar kilómetros con las mochilas al hombro y mañana tendrían que estar sí o sí en el siguiente destino que habían marcado en la agendita gastada en la que tenían todas sus notas de viaje. El cansancio los hizo caer en un sueño profundo, custodiado por los álamos y las fieras nocturnas de la cuenca. A la mitad del descanso, él sintió una sensación helada que lo despertó alarmado. Llovía tremendamente. El agua se había filtrado al interior de la carpa y todas sus cosas estaban ensopadas, casi flotando. Él se despertó también, recalibrando su consciencia, como quien tiene que recordar el lugar donde se encuentra. La lluvia torrencial golpeaba la carpa con tanta fuerza que parecía que la fuese a derrumbar. Abrieron los cierres y salieron a la intemperie brutal. A él le sorprendió la claridad de la madrugada. Él se sintió confundido por no saber qué hacer. A esa hora de la noche, a dónde irían, qué tan seguro era caminar a esa hora en un lugar que no conocían, a quién pedirían ayuda, pero ayuda para qué, ¿para que dejara de llover?… Se había empezado a preocupar, pero la borrasca y una imagen le removieron la zozobra. Él estaba de cara a la montaña, como en la tarde cuando vieron el atardecer, tan empapado como él, tenía los ojos cerrados y los brazos abiertos, como queriendo abrazar el agua que brotaba a borbotones del cielo. Pensó que quería recordar ese momento como el principio de una vida mochilera por el continente. Él, en cambio, pensó que inmerecida era la suerte de compartir esa lluvia sagrada que había bautizado volcanes y vivificado el monte, con él. Y aún así, era suya esa suerte.

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Ultimátum

SUBIÓ POR LAS ESCALERAS ínfimas de una torre del que leyó era el cuarto templo cristiano más grande del mundo. Le costó ascender por ese pasillo estrechísimo de peldaños en espiral, por el que difícilmente dos personas pasaban al mismo tiempo. Había leído además que la catedral había tomado seis siglos en ser erigida, y pensó que debía caminar con mayor consciencia de aquella información, a pesar de la estrechez, a pesar de los turistas. Arriba, en la terraza, la luz del día y la amplitud del espacio fueron recompensa a la claustrofobia por la que acababa de pagar 10 euros. El cielo no estaba del todo despejado y las nubes dibujaban sombras asimétricas sobre el tejado colosal del Duomo di Milano. Lo recorrió con asombro, cautivado por las estatuas casi flotantes de esa acrópolis de mármol. De toda esa gran ola monumental petrificada, la imagen de San Sebastián fue la que más le impresionó. Entendió lo que un autor colombiano —cuyo nombre no recordaba— quiso decir cuando escribió que incluso en su martirio, San Sebastián enseñaba algo sobre la armonía, la belleza, la entereza. Desde uno de los descansos del pináculo pudo ver hacia uno de los costados de la plaza principal, donde minúsculas siluetas humanas se movían en un flujo disparejo, como partículas disparadas hacia distintos centros de gravitación. Pensó en las vidas de esas personas que veía transitando la plaza. Cuáles de ellas estarían contentas a pesar de la nubosidad en un día de primavera, quiénes llevarían adentro la losa pesada de una tristeza guardada, quiénes estarían en el vilo crepitante de tener que tomar una decisión difícil, qué destinos estaban a punto de encontrarse, de cambiar. Sintió hambre, y le abrumó la idea de tener que caminar tanto como le fuera posible para salir del radio de la zona, para poder comer algo a un precio razonable. Lejos de la longitud de onda turista, decidió caminar más despacio, prestando atención a las fachadas granas, rosas, amarillas y pasteles que adornaban las calles adoquinadas de Brera. Un risotto allo zafferano, per favore. Milán le hacía bien. La energía de la ciudad le sumergía en una ilusión cosmopolita y le daba una emoción constante de que algo estaba a punto de suceder. Cuando el almuerzo llegó se dio cuenta que era la única persona en el lugar que estaba sola, y eso no le pareció tan terrible, aunque admitió para sí que echaba de menos su compañía. Miró el teléfono. Ningún mensaje nuevo, ninguna notificación. En Medellín era temprano, siete horas antes que Milán, como si aquí se estuviese en un futuro próximo desde el cual se pudiera ver primero las cosas, los acontecimientos. Pagó los 14 euros por la comida y una copa de vino, negándose a calcular el monto en pesos colombianos. Aunque ya hacía un mes que vivía en Italia por su trabajo, le costaba quitarse el hábito de multiplicar y poner ceros y dolorosas unidades de mil a equivalencias que no valía la pena hacer, pero que él seguía sumando y multiplicando en su cabeza. Malas mañas. La tarde se precipitaba hacia nubarrones de agua. De repente la gente aceleró el paso, con su prisa citadina, con su temor a la lluvia, sin interrumpir sus conversaciones telefónicas en movimiento, con la infatigable elegancia lombarda. Él también buscó un lugar para resguardarse de la llovizna y para tomar un café. No tuvo que caminar mucho para encontrar un sitio, y una vez dentro, escogió la ventana para volver a ver gente pasar, su pasatiempo preferido por esos días. En el último sorbo del espresso, deseó que no hubiera un océano entre los dos, que el amor fuera más sencillo, o por lo menos, que esta tarde estuviera ahí con él, viendo transeúntes. Pero la nostalgia no le apabulló el corazón, al contrario, le ratificó cuánto le gustaba este momento de su vida, y tuvo la sospecha instantánea y pasajera, casi como la duración de un relámpago, de haber vivido un día feliz ese día. Pensó en el ultimátum de su última conversación. No le gustaba sentirse contra las cuerdas de una disyuntiva impuesta. No le gustaba esa terquedad binaria de simplificar la realidad a tener que escoger entre dos opciones irreconciliables. Pero entendió que quizás todo eso hacía parte de vivir en este tiempo. Para su generación, el mundo se había encogido en distancias, pero el universo afectivo se había complejizado en extensiones inabarcables. Dudando sobre cuál sería la mejor ruta para regresar a casa, decidió caminar, esperando que en ese deambular las respuestas aparecieran como prefiguraciones dibujadas por el ritmo de sus pasos. Solvitur ambulando. Después de una hora larga de andar, llegó al apartamento de la calle Ricciarelli. Sus compañeros de piso no estaban. La noche comenzaba para ellos afuera, quizás en el bullicio joven de Navigli, pero él había preferido quedarse y disfrutar de esa quietud contenta que trae quedarse en casa un sábado a la noche. Quizás releería a Burgos Cantor —recordó el nombre—. Un mensaje en el móvil: “¿Estás? Me gustaría hablar… ¿No te parece?” Sintió pereza de tener que cambiar su noche de libros por Skype, pero algo dentro de sí le dijo que era momento. Cuando escuchó hola del otro lado, supo además que no tendría tiempo de hablar sobre las esculturas aéreas de la catedral, ni sobre San Sebastián, ni sobre lo que había almorzado, ni sobre esa tarde tranquila de ver gente pasar. Esa noche se dirían otras palabras, más difíciles, esas palabras que ejecutan lo que nombran, que desunen lo que enuncian. Esa noche habría que encontrar en la promesa de la honestidad el valor para romperse el corazón, esa catedral interior que a él le costaba visitar.

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Nuevas patologías

LO DESPERTÓ LA CERTEZA de que el dolor era real, no era soñado. Sin encender ninguna luz se dirigió al baño, y arrodillado, con las luces apagadas, vomitó una sustancia amarga mientras se aferraba con ambas manos a su vientre. Fueron muchas arcadas de porquerías y bilis, y en cada una tuvo que hacer más fuerza que en la anterior. Se agarró de las paredes, dejó que su cuerpo se comportara de maneras involuntarias y reprimió una pulsión rara de llorar. Las venas de sus sienes palpitaban fuerte, y sobre ellas empezaron a aparecer gotas de sudor frío, una manifestación que a él le pareció una mala señal, como si esa sudoración súbita le advirtiera que su cuerpo podría irse en picada en cualquier momento. Cuando sintió que su estómago se quedó vacío, cerró los ojos y repasó lo que había comido ese día sin poder identificar una causa de intoxicación o algo particularmente sospechoso que hubiera entrado en su organismo y que lo tuviera ahora contra las fauces cortopunzantes de ese dolor abdominal. Sintió la náusea subir de nuevo por su diafragma hasta su cabeza como una oleada incontenible. El mundo alrededor se desenfocó… Se tiró en la cama, deseando que la horizontalidad de su cuerpo le trajera un poco de alivio, pero acurrucado sobre el colchón sintió que se hundía en un agujero obscuro que descendía en espiral, como Scottie Ferguson en Vértigo, a la angustia de sentirse desarticulado de su propio cuerpo. “Los dolores del alma son mucho más llevaderos que los dolores del cuerpo”, pensó. Y deseó recordar este pensamiento cuando se hubiera recuperado, porque quizá al otro lado de este revés de salud tendría una nueva perspectiva sobre los problemas que le aquejaban en su vida diaria. Pero, y qué tal si este dolor no se va. Qué tal si empeora. Recordó esa conversación azarosa de almuerzo con colegas en la que se habló de nuevas superbacterias y enfermedades gástricas mortales, nuevas viejas formas de morir en el siglo xxi. Admitió que era una idea fatalista y trató de pensar en otra cosa, pero fracasó espectacularmente en convencerse de que estaría mejor en la mañana. El sudor no paraba, y las sábanas empezaban a humedecerse en el deshielo de sus escalofríos. Eran las 2.33 AM. Descartó la idea de llamar a alguien. Esperaría un poco más antes de ir al hospital. Solo quería que el dolor pasara. El dolor y la noche, que pasaran, por favor. Que en la noche los dolores son más intensos y parecen sentirse hasta en el alma. Le fue insoportable quedarse en la cama. Se levantó y abrió la ventana de su habitación. El viento frío de afuera le refrescó el malestar por un instante. La ciudad estaba en su hora más tranquila, y en su desvelo él era ajeno a esa calma colectiva. Las luces de enfrente estaban todas apagadas, y una ráfaga de envidia lo asaltó al imaginar los cuerpos que en ese edificio vecino dormían plácidamente. Descubrió que le temía a la enfermedad. Un miedo nuevo que él todavía no sabía navegar. Y a esa edad, en la que tantas verdades crujen y se resquebrajan, la esquela de la mortalidad le parecía más real y más inminente que ninguna otra. Otra vez las ganas de llorar. Otra vez la idea necia de morir solo. Otra vez la náusea.

 

Múcura

Gracias, Agustín

SE DESPERTÓ sin tener que apagar ninguna alarma a su alrededor, con la sutileza natural y tranquila de un cuerpo que quiere entrar de nuevo en el torrente de la consciencia. Una luz nítida se amplificaba por toda la habitación a través de las cortinas de organdí y rebotaba en paredes blancas sobre las que se proyectaban las siluetas delicadas de las persianas bordadas. Tiempo después entendería que esas noches de descanso reparador serían un lujo no siempre accesible para él. Miró la cama contigua, vacía, impecable en todos los pliegues de las sábanas recién dobladas. Salió a buscar algo para desayunar. Era temprano, pero el bar del hotel ya estaba abierto. El aroma a café le revitalizó los sentidos. Con la taza humeante, se recostó en un chinchorro tejido a leer algo que un amigo le había recomendado, pero que a él todavía no le atrapaba. Se dio cuenta que su madre se bañaba en el mar. A ella le gustaba ir en esas primeras horas de la mañana, en las que no había gente, a zambullirse en la marea tranquila. Con un gesto que él entendió de inmediato, su madre le invitaba a meterse al agua, que parecía fría y nueva, como recién vertida toda sobre esta parte del planeta. Levantando el libro, él le respondió con un gesto de “no, gracias, estoy leyendo”, y cerró el ademán con una sonrisa para su madre, con quien estaba agradecido por haber decidido acompañarlo en ese viaje improvisto, un tanto ilógico, a un archipiélago del Caribe en mitad de marzo. Después de muchos años de vivir afuera, volver a casa le hacía ilusión, a pesar de la incomprensión —e incluso estupefacción— con que sus amigos habían reaccionado cuando él les contó que estaba de vuelta en Colombia, de manera indefinida, sin tiquete de regreso. Volvió al libro, pero un párrafo después lo encontró otra digresión. Recordó haber leído que Manuel Puig vivió con su madre cerca a una costa mexicana en los años ochentas, antes de morir. La imagen le fue ambivalente, pero le gustó pensarse, aunque solo circunstancialmente, en una situación parecida a la de ese autor argentino que él había leído con tanto agrado en la universidad. Volvió a mirar hacia el mar, ese paisaje tranquilo y ondulante revestido de azul, que en un día nublado como hoy a él le parecía lo más semejante a la melancolía. En el movimiento pendular de la hamaca se sintió uno con el vaivén de las palmeras africanas y las olas turquesas, que se rompían en el playa con la delicadeza de todas las cosas que sanan. Cerró los ojos. Ya habría tiempo para leer. Después de almuerzo se unió a un pequeño grupo de turistas para una caminata ecológica alrededor de la isla, que se recorría casi completamente en 45 minutos. María, la guía, era una mujer joven de rasgos finos y del color del bronce, con un acento costeño que a él le parecía a la vez alegre y arrullador. Mientras caminaban, les contaba a los huéspedes sobre el pasado indígena del lugar, sobre los planes de ecoturismo que actualmente se desarrollaban, el abastecimiento energético a partir de paneles solares, el sistema de compostaje con el que cuidaban el suelo de la isla… Casi al final del recorrido hicieron una pausa frente a un manglar enorme, vegetación que abunda en la zona. María hablaba sobre ecosistemas, pero él se quedó mirando ese bosque tropical que lo rodeaba ya sin escucharla. En ese jardín salvaje, insular, rizomático, que no era del todo terrestre ni del todo acuático, vió pasar imágenes de momentos, lugares y personas, y detrás, la comparsa de sus propios sentimientos, los buenos y los malos, el peso de sus decisiones, el escarlata de sus heridas —las abiertas y las cicatrizadas— las luces de sus descubrimientos más personales. Sintió alegría y tristeza al mismo tiempo de estar ahí, en ese diorama selvático en el que se proyectaba su vida. Supo que ser adulto era también pensar una cosa y sentir otra, saber caminar con esa contrariedad entre las manos y aprender a ver en los intersticios de esas contradicciones las verdades del corazón. Caminó despacio de vuelta a la habitación, donde le esperaba una sorpresa. Mientras él caminaba por la isla, su madre había colgado guirnaldas de las paredes y un letrero de papel recortado que decía en colores vivos “Feliz cumpleaños”, y había puesto sobre la cama una pequeña torta de chocolate, que él nunca supo a ciencia cierta de dónde salió.

 

*

Hoy no hubo atardecer porque las nubes habían cubierto el cielo y parecía un día sin sol. Todo se dejaba arropar por un velo tenue. Caía la noche tropical. No faltaba mucho para la cena. Caminaron hacia el comedor al aire libre. Qué privilegio era comer así, sobre el césped y frente al mar. Esta noche había bastante gente. Una familia trataba de alimentar a sus cuatro hijos al tiempo que los niños jugaban, gritándose cosas y sintiendo la urgencia de dejar la mesa para saltar, para ir a explorar mundos que solo existían en sus imaginaciones. Dos extranjeros rubiesísimos tomaban dos copas de vino mientras con sus dedos trazaban líneas sobre un mapa. Su madre le hablaba de cuando ella era joven y no conocía aún el mar. “Yo le tengo mucho miedo”, decía, “bueno, respeto”, se autocorregía. En frente suyo había un pareja que se miraba con la complicidad de quienes han encontrado un compañero de vida, y más allá, una señora de edad avanzada hacía la sobremesa solitaria de caminar descalza sobre la arena. Los recuerdos que le sobrevinieron en la tarde en el manglar querían volver, pero él sintió la necesidad inaplazable de vivir solo ese momento y nada más. Se sintió sosegado por la tibieza de ese instante breve, en el que todo pareció tener sentido, incluso lo inexplicable, y en el que encontró belleza y misterio en las historias de su madre, en el océano nocturno, en el sonido de la noche, en el divagar inconcluso de su vida, en las palabras que habitaban solo en su interior, en su soledad.  

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Bruselas, Ginebra 2019

Ver la música: Breve repaso a la videografía de Bomba Estéreo

En los últimos cinco años Colombia ha exportado más música que nunca, en una época de verdadero auge musical que parece no palidecer. Sin embargo, esta proliferación de cantantes, bandas, ritmos y subgéneros no necesariamente ha implicado un despertar del videoclip como medio artístico. Shakira, Maluma o J-Balvin reposan de manera sexy en el pedestal de los videos más vistos en YouTube, pero sus videografías suelen no ser interesantes, comprobando que no necesariamente la factura de un proyecto audiovisual está subordinada al presupuesto disponible.

Bomba Estéreo, que nada con destreza en los meandros de lo no totalmente mainstream no totalmente indie, es una banda que se la ha jugado de manera audaz y acertada por consolidar no solo un carrera musical sino además una propuesta estética. Aquí repaso algunos videos de su corpus audiovisual.

En la era Estalla

Antes de los grammys y el glamour, incluso antes de ser la Bomba Estéreo que conocemos, la banda ya curioseaba con los potenciales del lenguaje visual. Con «Ritmika» (2002), una canción que nadie conoce, Bomba Estéreo experimenta con imágenes y textos superpuestos para interrogar un relato de una realidad social. Para 2010, y ya con una canción impregnada en el imaginario colectivo de Colombia y alrededores, «Fuego» del álbum Estalla (2008) anuncia dos tropos visuales de la banda que acompañarán casi todos sus videos: el paisaje samario colombiano y el calor tórrido caribeño.

En la era Elegancia tropical

En Elegancia tropical (2013), en mi opinión el mejor álbum del dúo, es más evidente el deseo por comunicar no solo en el plano musical sino además en el visual. «Pure Love» y «El alma y el cuerpo» son ya trabajos audiovisuales profesionales, de alta calidad. En el primero hay un pulso por contar historias que quieren ser contadas, y el segundo define la imagen inequívoca de Bomba: un ser emergiendo del/sumergido en el agua.

En la era Amanecer

Amanecer (2015) es quizás el disco que consolidó la internacionalización de Bomba Estéreo. Aquí el dúo colombiano plantea dos propuestas en el plano visual: la primera es mostrar lo local al mundo: «Somos dos», por ejemplo, es una bella oda a la pareja y al Tayrona. La segunda es más política: «Soy yo», un himno contagioso sobre la importancia de ser uno mismo, se la juega por mostrar imágenes que tienen algo para decir sobre el bullying, el feminismo, las comunidades inmigrantes en Estados Unidos… Dirigido por el danés Torben Kjelstrup y hecho éxito viral gracias a la interpretación de Sarai Isaura González como máster de la flauta y el amor propio a los 11 años, «Soy yo» es un parteaguas en la carrera de Bomba. El guiño a «No Rain» de Blind Melon hacia el final del video hace de la canción un trabajo audiovisual perfecto.

En la era Ayo

En 2017 la banda va por más, lanza Ayo y sorprende con el primer sencillo, «Duele», del director Sam Mason, un video que abraza un enfoque cinematográfico para la música que la banda ya no soltará más. Este enfoque no solo significa una dirección de fotografía, producción y postproducción más robustas, sino además una sensibilidad visual inquieta: el video cuenta con una respiración surrealista, con al menos dos almodovárazos —el teléfono de disco descolgado, la extrapolación del dolor en el rojo (del tomate)— y con un leve tinte a Hitchcock en su espiral vertiginoso. La propuesta visual continúa buscando asideros distintos en «Internacionales», «Química» y «Amar así», todos sencillos del mismo disco, todas pequeñas historias/búsquedas audiovisuales.

Inciso: paradójicamente, el video más visto en YouTube de la banda, después de «Soy yo», es «To my love» (35 millones de vistas), una canción del Amanecer, que nunca fue sencillo, pero que por los caprichos de la música se viralizó en 2018 en internet y en discotecas. Allí, en la pista de baile, es donde pertenece esta canción, y no vale la pena detenerse en el video, que pareciera haber ocurrido más por asesoría comercial que por sed creativa.

De vuelta al Ayo, el siete de agosto de 2018 Bomba Estéreo estrena «Amar así», un videoclip en formato hiperpanorámico dirigido por el colombiano Iván Wild. Va de soldados que cohabitan una isla desierta del Caribe, donde parece no haber nada salvo la disciplina militar y la corporalidad de los cadetes, que viven en la repetición de sus formaciones y entrenamientos, en el tedio de la nada que es la misma siempre, en el calor exasperante de la tarde en esa parte del mundo. La primera vez que vemos el video pareciera que fuese a estallar a lo Apocalypse Now, pero no, la historia se va para otro lado, el lado queer de Bomba, en el que dos hombres se besan con miedo y ternura. La imagen es potente: hombre con hombre, blanco con negro, sargento con raso. Que el video se haya lanzado por decisión de la banda el día de la posesión de la nueva presidencia en Colombia, no es un dato menor. Bomba Estéreo quiere pronunciarse artísticamente frente a un gobierno conservador a ultranza. Es un gesto pequeño pero a la vez un acto político contestatario.

Bomba Estéreo parece sentirse más ella misma cuando integra el lenguaje sonoro con el audiovisual. Es una banda que, aunque se le complique reinventarse en una industria salvaje, sabe conjugar elementos artísticos locales, autóctonos e identitarios, sin caer en exoticismos para turistas globales; es una banda que va encontrando una posicionalidad política que no cae en panfletismos; es una banda que entra por los pies, por los oídos, por los ojos, por el corazón, de la que siempre quiero escuchar y ver más. Eso es mantener prendido el fuego.

Foto: Mike Reyes. Videos: Canal oficial de Bomba Estéreo en YouTube.

La insoportable vacuidad de Sense8

A pesar del tedio de la primera temporada, le di una segunda oportunidad a Sense8, la historia de ocho ciudadanos globales interconectados telepáticamente y destinados a vivir una experiencia extracorporal y suprahumana. Pero aunque esa premisa tenga cierto encanto, la serie original de Netflix tampoco cumple su promesa en la segunda temporada, y a pesar de las buenas intenciones, el tratamiento superficial de los temas centrales la hace incluso caer en la trampa de repetir discursos excluyentes.

Pero empecemos por algo bueno. La fotografía de Sense8 es extraordinaria. Por ejemplo, el primer episodio de la segunda temporada abre con una escena submarina de proporciones y belleza cinematográficas (bonus además por la elección musical que acompaña esta escena). También cuidadas con mucho esmero son las escenas de acción, coreografías que comprueban la destreza maestra de las Wachowski en el género. Y más allá del impacto visual del que Sense8 dispone, la serie no es tímida en abordar temáticas aún tabú en la televisión, logrando instalar una sensibilidad genuina y empática frente a las personas transgénero, por ejemplo, en parte gracias al excelente trabajo actoral de Jamie Clayton (Nomi). Otro ejemplo punzante es el que se intentó desarrollar con la historia de Capheus (interpretado por Toby Onwumere en la segunda temporada), un conductor de bus llamado a ser representante político de un partido progresista en Kenya, donde, por cierto, la orientación sexual sigue siendo un tema espinoso y un foco de estigmatización.

Sense8 le hace frente a estos temas de la agenda política mundial con tacto y sin miedo, pero entonces ¿por qué se accidenta tan estrepitosamente contra ella misma?

Trivializar la comunidad LGBTI

Yo sé que a todos nos gustó el homoerotismo de Sense8. Sin embargo, debo decir que no me parece que Sense8 sea el aliado LGBTI que cree ser. Lo que yo encontré en muchos episodios fue un exacerbado abuso de clichés relacionados a la homosexualidad y a la cultura que de esta subyace. Lito (Miguel Ángel Silvestre), un actor gay que sufre y disfruta la asunción de su propia sexualidad, desaprovecha todas las oportunidades que derivan de este conflicto y nos presenta una paleta de actitudes y roles que es predecible a la vez que desesperante, y que en ocasiones raya en lo paródico. El episodio en el que Marc Jacobs hace un cameo me causó escozor: ¿Todavía queremos mostrar la diversidad del mundo LGBTI limitada a un grupo eufórico de gente semidesnuda?

A mí me parece que ser aliado de una comunidad es estar a la altura de la misma y ser capaz de ofrecer una propuesta creativa que desafíe los estereotipos normalmente asociados a ella. Pero Sense8 no logra esto ni de lejos. Al menos no con Lito, que es una representación reiterativa y mal dibujada de ese conjunto de estereotipos solapados de hombre gay definido por su encanto corporal griego. La serie nos invita a ser valientes al mismo tiempo que perpetúa una imagen desacertada y dañina de la cultura gay, si se me permite utilizar ese término en esos términos. Netflix es mucho mejor que eso. O por lo menos así lo quiero creer yo cuando veo largometrajes como Oriented o Loev, o inclusive series como Please Like Me, todos productos distribuidos por Netflix, y en mi opinión apuestas mucho más constructivas frente al tema de identidad sexual.

Simplificar la multiculturalidad

Es cierto que en el gran esquema de Sense8 hay un marco discursivo que quiere proyectar la inclusión y la empatía como ejes esenciales de la experiencia humana. Pero al momento de traducir esa gran premisa en las historias entrelazadas de los personajes, las buenas intenciones se diluyen rápido por la trivialidad sistemática con la que se tratan temas como la diversidad.

El enfoque simplista de la serie muestra la multiculturalidad como una selección (monolingüe) de especímenes bellos atraídos hasta el punto de sincronizar una orgía, como la del capítulo 6 de la temporada 1. Los matices, las complementariedades, las tensiones, las idiosincrasias, las contraposiciones, e incluso las contradicciones que posibilitan, complejizan y enriquecen la diversidad cultural las habrá de tratar otra serie, porque Sense8 preferió pasar de largo con el artificio comercial de hiper-sexualizarlo todo.

Sense8 quiere transgredir narrativas sci-fi pero no elabora una mitología medianamente interesante. Quiere desarrollar personajes complejos pero, salvo a Nomi, a ninguno le alcanza mínimamente para proponer personalidades intrincadas. Quiere abarcar muchos temas de nuestro tiempo, pero no plantea preguntas profundas. Quiere afiliarse a muchas causas—la de la sexualidad liberada, la de la armonía multirracial, la de la diferencia valorada—pero es tan superflua en todo su abordaje que se atropella ella misma con todas las banderas que quiere cargar, y es tan insustancial en la historia que cuenta, que si uno quitase la sensualidad física de los ocho homo sensoriums, quedaría un vacío por el que se escurre cualquier intento de trama. Una televisión vacía. La nada misma.

¿A vos qué tal te pareció Sense8? ¿Estás en desacuerdo con lo que pienso? Escribí tus comentarios y contame qué tal te pareció la serie.