Doces de marzo

Palermo coquetea dos veces

CUANDO PASA POR LA VITRINA lo detiene la fuerza magnética de una chaqueta exhibida en un maniquí sin rostro. Se la quiere comprar, pero no sabe si tendrá el dinero. Qué gastos podría recortar este mes… Llama Ana. Es para preguntar que a las ocho o a las nueve. A las ocho para que llegues a las nueve. Risas. En Honduras al 4400. Que no, que no hay problema si Diego va. Ana dice chévere, chao. Le encanta su acento de Barquisimeto, siempre lo pone de buen humor. Entra a la tienda. Decide ir al restaurante caminando, para aprovechar la brisa que empieza a correr por la ciudad, que ardió en verano y que ahora empieza a refrescarse, como una piel insolada sobre la que se aplica un paliativo hecho de aire y oxígeno. Hay fila en el restaurante, pero Rafael se encargó de toda la logística. Van a cenar fondue en un lugar nuevo de Palermo Soho. Siempre hay lugares nuevos en Palermo Soho. Rafael y Luis ya están en la mesa bebiendo vino. Nico y Agustina no tardan en llegar. Y en menos de una hora, Andrés, Carolina, Adrián, Maya y Andrés H se unen a la mesa, que Rafael había reservado ocho días atrás. Ana y Diego llegan de último. Chistes gastados sobre la noción de tiempo latinoamericana. Risas. Le gusta sentirse rodeado por sus amigos. Casi todos, como él, llegaron a Buenos Aires de otros países: Ana viene de Venezuela, Agustina de Chile, Rafael y Luis de Brasil, Andrés y Carolina de Colombia, Adrián de España. Incluso Nicolás y Maya, argentinos, tienen pasaportes italiano y croata respectivamente. Así es Buenos Aires, el tapiz plateado de destinos trashumantes. Dividen la cuenta entre once. El fulgor de la fiesta se quiere manifestar. Caminan hacia Niceto, Nico sabe de un lugar. El boliche está detrás de una puerta enorme de metal. Adentro todo está recubierto de un negro aterciopelado, de una negrura espesa y sensual. Líneas de fuga fosforescentes irrumpen en la oscuridad, amplificando las luces tornasoladas de un láser que se mueve al ritmo de la música. Los reflectores parpadean a toda velocidad, organizando el tiempo como en una secuencia de fotogramas, haciendo que los cuerpos danzantes se ralenticen, se muevan en una cadencia que no existe en la vida exterior. Las melenas se sacuden, los pies cambian rápidamente de lugar, la proximidad le da un matiz íntimo y a la vez anónimo a esa descarga que es bailar. No son las luces, sino los cuerpos transpirados lo que brilla. Alguien que está cerca lo mira. Le gusta que nadie hable, que todos bailen. Es otra forma de comunicarse. Se vuelve a encontrar con los ojos que hace un momento lo veían. Siente calor. No es el calor tórrido de enero, es la termodinámica furiosa de los cuerpos en movimiento ¿Cómo te llamás? –TEN. Cómo. MAR-TÍN ¿Y vos? Cómo. (¡¿)CÓMO(?!). Te lo escribo en el celular. Dale. Me gusta como bailás… Ana lo tira de un brazo, sacándolo de la frecuencia. Nos vamos ya. Qué pasó. Diego me cagó. Lo encontré con otra. Chamushero. Ana se va, abriéndose paso entre la multitud eufórica. Él la persigue. Salen del boliche a la frescura de la madrugada. Ana llora. Nos vamos ya. No me va a ver así. Pero, ¿y si hablan? La estábamos pasando bien… Nos vamos YA ¡Taxi! Ana está temblando. Aunque sabe que no es por el frío, él se quita la chaqueta nueva y se la ofrece, arropándole los hombros desnudos. Le dice que se calme, que le cuente bien que pasó. El llanto de Ana no para, pero ya no son lágrimas iracundas, sino una tristeza desbordada que necesita salir, por tanto amor, por tanta angustia, por tanto quilombo, por tanta ciudad. Perdón, yo no quería ser el centro de atención. No pasa nada. La abraza. Ella reposa su cabeza en su hombro y él le besa el pelo y le arregla algunos cabellos detrás de la oreja. En qué momento construyeron tanta confianza. Por fin, un taxi. Viajan en silencio. Él la mira de vez en cuando. Ella llora sin musitar palabra. Él mira por la ventana. Le clava los ojos a un texto de neón de una vitrina que se va quedando atrás del auto. Le gusta la tipografía con que está escrito. En Buenos Aires aprendió a prestarle atención a la tipografía con que se escriben las cosas. El aviso dice POWER. La W del medio parece los colmillos de un animal carnívoro. Deja a Ana en casa, bañada en llanto, puteando en venezolano. Sigue en el taxi hasta su casa y después de pagar los 100 pesos, ese despilfarro grotesco de dinero, se da cuenta que no tiene su celular. Se toca todos los bolsillos. Confirma que lo perdió. Lo primero que piensa es que no tendrá dinero para comprar otro teléfono. Lo segundo es que jamás volverá a saber de Martín. Inserta la llave en la cerradura de la puerta, pero oye un sonido. Mira hacia un lado, la calle está vacía. En realidad no fue un sonido, fue un silencio lo que escuchó, y en esta ciudad el silencio es algo imposible, algo abstracto, un recurso no renovable precioso, agotado. Quisiera tomar una foto. Buenos Aires así, tan sola, tan callada, tan bella, tan tarde, tan susceptible. Pero aun si tuviera cómo, no podría capturar lo que quiere retener de ese momento. No tiene celular, no tiene chaqueta, no tiene plata. Solo tiene las manos vacías y esa ciudad, que lo ha conquistado, en frente.

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Mochileros

LA NOCHE LOS ENCONTRÓ con la carpa a medio armar. Habían tardado demasiado en escoger el sitio para acampar porque ambos tuvieron ideas diferentes sobre cuál era el mejor lugar para pasar la noche. Cuando él dijo que allí, el otro le contestó que mejor buscaran la planicie. Y después de un rato, él insistió en buscar un lugar más cerca al río. Caminaron más, en silencio. No solo no decidirse por un lugar los retrasó en armar el campamento. Los distrajo además la luz anaranjada que se proyectaba sobre las cumbres del paisaje andino, que ambos miraron desde el valle con asombro y una idea compartida —sin saberlo— de no haber visto antes esa luz austral en ningún otro lugar. Alumbrados por los últimos rayos del sol, los cerros parecían enormes piedras preciosas. Y ellos vieron con admiración esas piedras perder su brillo, como si se tratase de un ritual para saludar la noche cordillerana. Una vez estuvo hecha la carpa, comieron pan, algún enlatado y yogurt en la oscuridad callada del bosque. Hablaron de glaciares y de cambio climático, de los viajes del Che y de cine latinoamericano. Se rieron de lo malos que eran ambos en “echar dedo” para pedir un aventón. Nadie les había parado en una semana. El susurro de los pinos les hizo sentir frío, y decidieron ir a dormir temprano. Al final del día, venían de caminar kilómetros con las mochilas al hombro y mañana tendrían que estar sí o sí en el siguiente destino que habían marcado en la agendita gastada en la que tenían todas sus notas de viaje. El cansancio los hizo caer en un sueño profundo, custodiado por los álamos y las fieras nocturnas de la cuenca. A la mitad del descanso, él sintió una sensación helada que lo despertó alarmado. Llovía tremendamente. El agua se había filtrado al interior de la carpa y todas sus cosas estaban ensopadas, casi flotando. Él se despertó también, recalibrando su consciencia, como quien tiene que recordar el lugar donde se encuentra. La lluvia torrencial golpeaba la carpa con tanta fuerza que parecía que la fuese a derrumbar. Abrieron los cierres y salieron a la intemperie brutal. A él le sorprendió la claridad de la madrugada. Él se sintió confundido por no saber qué hacer. A esa hora de la noche, a dónde irían, qué tan seguro era caminar a esa hora en un lugar que no conocían, a quién pedirían ayuda, pero ayuda para qué, ¿para que dejara de llover?… Se había empezado a preocupar, pero la borrasca y una imagen le removieron la zozobra. Él estaba de cara a la montaña, como en la tarde cuando vieron el atardecer, tan empapado como él, tenía los ojos cerrados y los brazos abiertos, como queriendo abrazar el agua que brotaba a borbotones del cielo. Pensó que quería recordar ese momento como el principio de una vida mochilera por el continente. Él, en cambio, pensó que inmerecida era la suerte de compartir esa lluvia sagrada que había bautizado volcanes y vivificado el monte, con él. Y aún así, era suya esa suerte.

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Ultimátum

SUBIÓ POR LAS ESCALERAS ínfimas de una torre del que leyó era el cuarto templo cristiano más grande del mundo. Le costó ascender por ese pasillo estrechísimo de peldaños en espiral, por el que difícilmente dos personas pasaban al mismo tiempo. Había leído además que la catedral había tomado seis siglos en ser erigida, y pensó que debía caminar con mayor consciencia de aquella información, a pesar de la estrechez, a pesar de los turistas. Arriba, en la terraza, la luz del día y la amplitud del espacio fueron recompensa a la claustrofobia por la que acababa de pagar 10 euros. El cielo no estaba del todo despejado y las nubes dibujaban sombras asimétricas sobre el tejado colosal del Duomo di Milano. Lo recorrió con asombro, cautivado por las estatuas casi flotantes de esa acrópolis de mármol. De toda esa gran ola monumental petrificada, la imagen de San Sebastián fue la que más le impresionó. Entendió lo que un autor colombiano —cuyo nombre no recordaba— quiso decir cuando escribió que incluso en su martirio, San Sebastián enseñaba algo sobre la armonía, la belleza, la entereza. Desde uno de los descansos del pináculo pudo ver hacia uno de los costados de la plaza principal, donde minúsculas siluetas humanas se movían en un flujo disparejo, como partículas disparadas hacia distintos centros de gravitación. Pensó en las vidas de esas personas que veía transitando la plaza. Cuáles de ellas estarían contentas a pesar de la nubosidad en un día de primavera, quiénes llevarían adentro la losa pesada de una tristeza guardada, quiénes estarían en el vilo crepitante de tener que tomar una decisión difícil, qué destinos estaban a punto de encontrarse, de cambiar. Sintió hambre, y le abrumó la idea de tener que caminar tanto como le fuera posible para salir del radio de la zona, para poder comer algo a un precio razonable. Lejos de la longitud de onda turista, decidió caminar más despacio, prestando atención a las fachadas granas, rosas, amarillas y pasteles que adornaban las calles adoquinadas de Brera. Un risotto allo zafferano, per favore. Milán le hacía bien. La energía de la ciudad le sumergía en una ilusión cosmopolita y le daba una emoción constante de que algo estaba a punto de suceder. Cuando el almuerzo llegó se dio cuenta que era la única persona en el lugar que estaba sola, y eso no le pareció tan terrible, aunque admitió para sí que echaba de menos su compañía. Miró el teléfono. Ningún mensaje nuevo, ninguna notificación. En Medellín era temprano, siete horas antes que Milán, como si aquí se estuviese en un futuro próximo desde el cual se pudiera ver primero las cosas, los acontecimientos. Pagó los 14 euros por la comida y una copa de vino, negándose a calcular el monto en pesos colombianos. Aunque ya hacía un mes que vivía en Italia por su trabajo, le costaba quitarse el hábito de multiplicar y poner ceros y dolorosas unidades de mil a equivalencias que no valía la pena hacer, pero que él seguía sumando y multiplicando en su cabeza. Malas mañas. La tarde se precipitaba hacia nubarrones de agua. De repente la gente aceleró el paso, con su prisa citadina, con su temor a la lluvia, sin interrumpir sus conversaciones telefónicas en movimiento, con la infatigable elegancia lombarda. Él también buscó un lugar para resguardarse de la llovizna y para tomar un café. No tuvo que caminar mucho para encontrar un sitio, y una vez dentro, escogió la ventana para volver a ver gente pasar, su pasatiempo preferido por esos días. En el último sorbo del espresso, deseó que no hubiera un océano entre los dos, que el amor fuera más sencillo, o por lo menos, que esta tarde estuviera ahí con él, viendo transeúntes. Pero la nostalgia no le apabulló el corazón, al contrario, le ratificó cuánto le gustaba este momento de su vida, y tuvo la sospecha instantánea y pasajera, casi como la duración de un relámpago, de haber vivido un día feliz ese día. Pensó en el ultimátum de su última conversación. No le gustaba sentirse contra las cuerdas de una disyuntiva impuesta. No le gustaba esa terquedad binaria de simplificar la realidad a tener que escoger entre dos opciones irreconciliables. Pero entendió que quizás todo eso hacía parte de vivir en este tiempo. Para su generación, el mundo se había encogido en distancias, pero el universo afectivo se había complejizado en extensiones inabarcables. Dudando sobre cuál sería la mejor ruta para regresar a casa, decidió caminar, esperando que en ese deambular las respuestas aparecieran como prefiguraciones dibujadas por el ritmo de sus pasos. Solvitur ambulando. Después de una hora larga de andar, llegó al apartamento de la calle Ricciarelli. Sus compañeros de piso no estaban. La noche comenzaba para ellos afuera, quizás en el bullicio joven de Navigli, pero él había preferido quedarse y disfrutar de esa quietud contenta que trae quedarse en casa un sábado a la noche. Quizás releería a Burgos Cantor —recordó el nombre—. Un mensaje en el móvil: “¿Estás? Me gustaría hablar… ¿No te parece?” Sintió pereza de tener que cambiar su noche de libros por Skype, pero algo dentro de sí le dijo que era momento. Cuando escuchó hola del otro lado, supo además que no tendría tiempo de hablar sobre las esculturas aéreas de la catedral, ni sobre San Sebastián, ni sobre lo que había almorzado, ni sobre esa tarde tranquila de ver gente pasar. Esa noche se dirían otras palabras, más difíciles, esas palabras que ejecutan lo que nombran, que desunen lo que enuncian. Esa noche habría que encontrar en la promesa de la honestidad el valor para romperse el corazón, esa catedral interior que a él le costaba visitar.

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Nuevas patologías

LO DESPERTÓ LA CERTEZA de que el dolor era real, no era soñado. Sin encender ninguna luz se dirigió al baño, y arrodillado, con las luces apagadas, vomitó una sustancia amarga mientras se aferraba con ambas manos a su vientre. Fueron muchas arcadas de porquerías y bilis, y en cada una tuvo que hacer más fuerza que en la anterior. Se agarró de las paredes, dejó que su cuerpo se comportara de maneras involuntarias y reprimió una pulsión rara de llorar. Las venas de sus sienes palpitaban fuerte, y sobre ellas empezaron a aparecer gotas de sudor frío, una manifestación que a él le pareció una mala señal, como si esa sudoración súbita le advirtiera que su cuerpo podría irse en picada en cualquier momento. Cuando sintió que su estómago se quedó vacío, cerró los ojos y repasó lo que había comido ese día sin poder identificar una causa de intoxicación o algo particularmente sospechoso que hubiera entrado en su organismo y que lo tuviera ahora contra las fauces cortopunzantes de ese dolor abdominal. Sintió la náusea subir de nuevo por su diafragma hasta su cabeza como una oleada incontenible. El mundo alrededor se desenfocó… Se tiró en la cama, deseando que la horizontalidad de su cuerpo le trajera un poco de alivio, pero acurrucado sobre el colchón sintió que se hundía en un agujero obscuro que descendía en espiral, como Scottie Ferguson en Vértigo, a la angustia de sentirse desarticulado de su propio cuerpo. “Los dolores del alma son mucho más llevaderos que los dolores del cuerpo”, pensó. Y deseó recordar este pensamiento cuando se hubiera recuperado, porque quizá al otro lado de este revés de salud tendría una nueva perspectiva sobre los problemas que le aquejaban en su vida diaria. Pero, y qué tal si este dolor no se va. Qué tal si empeora. Recordó esa conversación azarosa de almuerzo con colegas en la que se habló de nuevas superbacterias y enfermedades gástricas mortales, nuevas viejas formas de morir en el siglo xxi. Admitió que era una idea fatalista y trató de pensar en otra cosa, pero fracasó espectacularmente en convencerse de que estaría mejor en la mañana. El sudor no paraba, y las sábanas empezaban a humedecerse en el deshielo de sus escalofríos. Eran las 2.33 AM. Descartó la idea de llamar a alguien. Esperaría un poco más antes de ir al hospital. Solo quería que el dolor pasara. El dolor y la noche, que pasaran, por favor. Que en la noche los dolores son más intensos y parecen sentirse hasta en el alma. Le fue insoportable quedarse en la cama. Se levantó y abrió la ventana de su habitación. El viento frío de afuera le refrescó el malestar por un instante. La ciudad estaba en su hora más tranquila, y en su desvelo él era ajeno a esa calma colectiva. Las luces de enfrente estaban todas apagadas, y una ráfaga de envidia lo asaltó al imaginar los cuerpos que en ese edificio vecino dormían plácidamente. Descubrió que le temía a la enfermedad. Un miedo nuevo que él todavía no sabía navegar. Y a esa edad, en la que tantas verdades crujen y se resquebrajan, la esquela de la mortalidad le parecía más real y más inminente que ninguna otra. Otra vez las ganas de llorar. Otra vez la idea necia de morir solo. Otra vez la náusea.

 

Múcura

Gracias, Agustín

SE DESPERTÓ sin tener que apagar ninguna alarma a su alrededor, con la sutileza natural y tranquila de un cuerpo que quiere entrar de nuevo en el torrente de la consciencia. Una luz nítida se amplificaba por toda la habitación a través de las cortinas de organdí y rebotaba en paredes blancas sobre las que se proyectaban las siluetas delicadas de las persianas bordadas. Tiempo después entendería que esas noches de descanso reparador serían un lujo no siempre accesible para él. Miró la cama contigua, vacía, impecable en todos los pliegues de las sábanas recién dobladas. Salió a buscar algo para desayunar. Era temprano, pero el bar del hotel ya estaba abierto. El aroma a café le revitalizó los sentidos. Con la taza humeante, se recostó en un chinchorro tejido a leer algo que un amigo le había recomendado, pero que a él todavía no le atrapaba. Se dio cuenta que su madre se bañaba en el mar. A ella le gustaba ir en esas primeras horas de la mañana, en las que no había gente, a zambullirse en la marea tranquila. Con un gesto que él entendió de inmediato, su madre le invitaba a meterse al agua, que parecía fría y nueva, como recién vertida toda sobre esta parte del planeta. Levantando el libro, él le respondió con un gesto de “no, gracias, estoy leyendo”, y cerró el ademán con una sonrisa para su madre, con quien estaba agradecido por haber decidido acompañarlo en ese viaje improvisto, un tanto ilógico, a un archipiélago del Caribe en mitad de marzo. Después de muchos años de vivir afuera, volver a casa le hacía ilusión, a pesar de la incomprensión —e incluso estupefacción— con que sus amigos habían reaccionado cuando él les contó que estaba de vuelta en Colombia, de manera indefinida, sin tiquete de regreso. Volvió al libro, pero un párrafo después lo encontró otra digresión. Recordó haber leído que Manuel Puig vivió con su madre cerca a una costa mexicana en los años ochentas, antes de morir. La imagen le fue ambivalente, pero le gustó pensarse, aunque solo circunstancialmente, en una situación parecida a la de ese autor argentino que él había leído con tanto agrado en la universidad. Volvió a mirar hacia el mar, ese paisaje tranquilo y ondulante revestido de azul, que en un día nublado como hoy a él le parecía lo más semejante a la melancolía. En el movimiento pendular de la hamaca se sintió uno con el vaivén de las palmeras africanas y las olas turquesas, que se rompían en el playa con la delicadeza de todas las cosas que sanan. Cerró los ojos. Ya habría tiempo para leer. Después de almuerzo se unió a un pequeño grupo de turistas para una caminata ecológica alrededor de la isla, que se recorría casi completamente en 45 minutos. María, la guía, era una mujer joven de rasgos finos y del color del bronce, con un acento costeño que a él le parecía a la vez alegre y arrullador. Mientras caminaban, les contaba a los huéspedes sobre el pasado indígena del lugar, sobre los planes de ecoturismo que actualmente se desarrollaban, el abastecimiento energético a partir de paneles solares, el sistema de compostaje con el que cuidaban el suelo de la isla… Casi al final del recorrido hicieron una pausa frente a un manglar enorme, vegetación que abunda en la zona. María hablaba sobre ecosistemas, pero él se quedó mirando ese bosque tropical que lo rodeaba ya sin escucharla. En ese jardín salvaje, insular, rizomático, que no era del todo terrestre ni del todo acuático, vió pasar imágenes de momentos, lugares y personas, y detrás, la comparsa de sus propios sentimientos, los buenos y los malos, el peso de sus decisiones, el escarlata de sus heridas —las abiertas y las cicatrizadas— las luces de sus descubrimientos más personales. Sintió alegría y tristeza al mismo tiempo de estar ahí, en ese diorama selvático en el que se proyectaba su vida. Supo que ser adulto era también pensar una cosa y sentir otra, saber caminar con esa contrariedad entre las manos y aprender a ver en los intersticios de esas contradicciones las verdades del corazón. Caminó despacio de vuelta a la habitación, donde le esperaba una sorpresa. Mientras él caminaba por la isla, su madre había colgado guirnaldas de las paredes y un letrero de papel recortado que decía en colores vivos “Feliz cumpleaños”, y había puesto sobre la cama una pequeña torta de chocolate, que él nunca supo a ciencia cierta de dónde salió.

 

*

Hoy no hubo atardecer porque las nubes habían cubierto el cielo y parecía un día sin sol. Todo se dejaba arropar por un velo tenue. Caía la noche tropical. No faltaba mucho para la cena. Caminaron hacia el comedor al aire libre. Qué privilegio era comer así, sobre el césped y frente al mar. Esta noche había bastante gente. Una familia trataba de alimentar a sus cuatro hijos al tiempo que los niños jugaban, gritándose cosas y sintiendo la urgencia de dejar la mesa para saltar, para ir a explorar mundos que solo existían en sus imaginaciones. Dos extranjeros rubiesísimos tomaban dos copas de vino mientras con sus dedos trazaban líneas sobre un mapa. Su madre le hablaba de cuando ella era joven y no conocía aún el mar. “Yo le tengo mucho miedo”, decía, “bueno, respeto”, se autocorregía. En frente suyo había un pareja que se miraba con la complicidad de quienes han encontrado un compañero de vida, y más allá, una señora de edad avanzada hacía la sobremesa solitaria de caminar descalza sobre la arena. Los recuerdos que le sobrevinieron en la tarde en el manglar querían volver, pero él sintió la necesidad inaplazable de vivir solo ese momento y nada más. Se sintió sosegado por la tibieza de ese instante breve, en el que todo pareció tener sentido, incluso lo inexplicable, y en el que encontró belleza y misterio en las historias de su madre, en el océano nocturno, en el sonido de la noche, en el divagar inconcluso de su vida, en las palabras que habitaban solo en su interior, en su soledad.  

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Bruselas, Ginebra 2019

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