Hoy oí

7 de junio, en un país lejos de Colombia

«El acento [colombiano] me encanta» me dijo la camarera mientras yo pagaba la cuenta de lo que había comido. Para contrariarla, yo le dije de la manera más cortés que en Colombia había muchos acentos. Y después me supo mal ese desplante innecesario. No porque hubiera sido maleducado con ella, sino porque en el fondo yo sé que ambas cosas son ciertas: el acento colombiano es muchos, es plural; y, afuera es posible reconocer que alguien viene de Colombia cuando habla, aun cuando se provenga de regiones distintas del país. En todo caso, ella me dio un halago y yo, por no oír bien lo que me había dicho, por oír mal y rápido, le devolví una contrariedad. Ella fue generosa, yo reaccionario.

*

En una conferencia internacional, por ejemplo, uno se puede entretener adivinando —a veces con acierto y a veces errando— las nacionalidades de los panelistas mientras se les escucha hablar. En este caso, en el que quiero contar, era obvio. La panelista había titulado su presentación con algo que incluía la palabra Bogotá, pero aun si la hubiera titulado diferente, yo sabía de qué parte del mundo hablaba mientras hablaba, mientras la oía hablar. Ella trabajaba en un alto nivel del sector público que no voy a mencionar, y su presentación era además muy interesante y articulada, sobre cuidados y comunidades sostenibles, sobre coordinación de sectores e infraestructuras a favor de la igualdad en la capital. Los asistentes la escuchábamos con atención, asintiendo y tomando notas de vez en cuando.

Un par de días después la vi afuera de otro auditorio, esta vez ambos esperábamos entrar como parte de la audiencia. Me acerqué para saludarla, me pareció lo más lógico que si dos colombianos se encuentran fuera de Colombia, que por lo menos se saluden, se digan de que ciudad vienen, se congratulen por las presentaciones, si es que fueron buenas, como en su caso lo había sido. Mientras caminaba hacia ella me di cuenta que no estaba sola. Otra mujer la acompañaba, las dos estaban hablando y mientras yo me acercaba a ella(s) sin poder inteligir lo que conversaban, dudé sobre el tipo de relación que había entre las dos ¿profesional o sentimental? Y si estaban discutiendo sobre algo del trabajo, de la conferencia, del país donde estábamos, o algo más, algo personal, porque había en la manera en la que se comunicaban una tensión extralingüística, o a mí me lo pareció.

Mi saludo fue efusivo y quizá con muchas palabras. La colombiana me contestó cordialmente. Pero donde yo esperaba que la conversación despegara hubo un silencio carrasposo, un estábamos-más cómodas-antes-de-que-tú-llegaras. Reparé en la otra mujer, que era muy guapa, y que no había dicho nada, no había contestado mi saludo. (¿Era también colombiana?). Pensé que si la miraba sería ella la que diría algo, incluso un comentario sobre el clima o la ciudad, un lugar común de deferencia, small talk. Me di cuenta que se fijaba en mí con una mirada extraña, y en esa mirada se fue decantando un gesto que me descolocó y que me hizo confirmar que sí, que era colombiana: la gesticulación nefasta del ninguneo, del engreimiento segregante. Yo remendé esa incomodidad torpemente y dije que tenía que irme ⁠—lo cual era falso porque todos seguíamos esperando que abrieran el mismo auditorio para entrar a la misma charla⁠—. Así que simplemente me despedí y antes de irme vi que la mujer, sin articular nunca ninguna palabra, sin dejar de mirarme, hizo un gesto más. El rictus en posición de burla. 

Me hice a un lado, me senté en el borde de un muro bajo, hice carrizo y moví aceleradamente el pie que quedaba colgando. Esperé que abrieran el auditorio. Qué demora, pensaba. Qué hija de puta esta vieja, pensaba. Qué malestar reconocer a un colombiano, a una colombiana, por un gesto displicente. Qué país clasista, menos mal ya no vivo allá, pensaba. Y en mis pensamientos, que pasaban como carros a toda velocidad, había furia y tristeza. Alguien abre el auditorio. Nunca más las volví a ver.

*

La conferencia se terminó al cabo de tres días y yo tuve tiempo libre para descubrir la ciudad, en la que nunca había estado. Caminé y multipliqué las cuadras y el domingo encontré una librería, un pequeño oasis. Me senté a tomar un café. A mi lado estaban sentados tres amigos, dos chicos y una chica, a lo Y tú mamá también, pensé, porque no lograba captar la naturaleza de los vínculos entre ellos, entre uno de los manes y la mujer, entre la mujer con respecto a los dos hombres, entre los dos hombres mismos. Pero no había tensión entre ellos, solo un misterioso fluir chispeante.

Los oigo hablar mientras espero mi café, los oigo hablar para densificar mis teorías sobre el tipo de relación que hay entre los tres ⁠—⁠soy entrometido y novelero, qué le vamos a hacer⁠—, los oigo hablar y el sonido de sus voces me envuelve, es sobre todo ella quien habla, quien le da contornos a la conversación, su voz, su musicalidad, su ritmo, esos destellos de identidad. Los oigo hablar y me doy cuenta que, también, son colombianos, extranjeros en este país lejano. Y es después de que descubro de dónde vienen que oigo decirle a ella «la historia de Colombia es una historia triste», y comienzo a sentirme más y más atraído, y estoy a punto de decir algo, de insertarme en esa conversación, de la que estoy lejos porque ocurre en otra mesa, pero lo suficientemente cerca para no necesitar gritar para que se me oiga. Me contengo, y sigo oyendo, no profiero y prefiero oír: «el Magdalena fue el río que organizó el país».

Los oigo hablar sobre ríos, sobre historias, sobre internet, sobre teorías, sobre escribir, sobre sus sueños, y también sobre sus pesadillas, sobre becas y aspiraciones a estudios en otros países, sobre explorar, investigar, leer, conocer el mundo, sobre lo chévere que sería que a uno le pagaran por leer y escribir. Oigo su deseo. Oigo su sed. Y en ellos me parece oírme también a mí mismo, mi voz colombiana que oigo solo en mi mente, que no se atreve a emitir ningún sonido. Los escucho con el magnetismo invertido de cuerpos que se atraen y se repelen. Me ven y los veo mirarme. ¿Un instante relampagueante de reconocimiento? Ellos no paran de hablar, y yo no pronuncio ni una palabra. Yo oigo.

*

En Colombia empezamos las frases diciendo Oye —y en donde voseamos oíme— para romper el silencio, y a veces las terminamos diciendo ¿Oyó? para enfatizarlas, para subrayar lo que acabamos de decir: Oye, te quiero decir algo…; lo quiero mucho ¿oyó? Y en ocasiones retorcemos todavía más ese verbo y empleamos el pretérito oíste para llamar la atención sobre algo, como si  lo que vamos a decir ya se hubiera dicho y por lo tanto oído. Y me pregunto si en esas muletillas del lenguaje oral no hay una gran petición profunda por oírnos, por que nuestra voces sean fuertes y claras y por que haya alguien que nos oiga, que nos quiera oír. (Y aquí habría que retar esa falsa creencia de que escuchar es oír con atención y que oír es algo solo superficial o no sé qué tontería). Oír como el acto que completa la voz, como lo que en verdad, al percibirla, crea la realidad. Oír las voces, sus ritmos, sus pausas, sus musicalidades, sus entonaciones y sus declives, sus timbres, sus muletillas, sus deseos y su sed. Oír como antídoto de los gestos clasistas, oír —y ser conciente de ser oyente, de ese derecho y de esa responsabilidad— como gesto anti-clasista.

A los tres chicos que hay a mi lado, yo les oigo hablar y eso me gusta. Oírles me hace bien. Y luego se van. Se van sus voces. Y en el silencio que queda yo trato de acordarme de las voces de mis amigos, de la gente que quiero, las voces que hace mucho tiempo no escucho y quisiera oír otra vez, las voces que ya no escucharé más. Sus voces removieron en mí otras voces. Sonidos, ecos y murmullos como un río ascendente de voces, el torrente de la oralidad. Como el río que me traspasa y me organiza. Lo fundante es la voz, lo organizativo es el oído.

*

En el aeropuerto antes de irme de esa ciudad lejana, vuelvo a pensar en las dos mujeres de la conferencia, en los chicos de la mesa del lado en el café, en Colombia dispersa y diáspora. Se me viene a la mente un recuerdo más, el último sobre el que escribiré hoy, y uno que no ocurrió durante la conferencia, sino en otro lugar, en otro momento. En una calle de una ciudad triste, un hombre gritaba en un megáfono, lamentaba las muertes de compatriotas en las marchas del 2021. «¡Ellos viven en nuestras voces!», dijo después de pronunciar los nombres y apellidos de los muertos. Yo estaba ahí y creo que eso es lo más enigmáticamente poético y políticamente poderoso que oí decir a un colombiano en mucho tiempo.

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